¡Paren la guerra!, pide el pacifismo ante las desgarradoras imágenes de los cientos de miles de refugiados sirios. ¡Desarme ya!, se insiste desde posiciones que presumo bienintencionadas, para a continuación reprochar a occidente y a los americanos la responsabilidad de prácticamente todos los conflictos. Ni Bachar el Assad ni las alimañas de ISIS, Daesh, Estado Islámico o como quiera que se llamen esta sarta de asesinos tienen a la postre culpa alguna. La culpa es nuestra, por venderles armas.
Solo hay dos maneras de parar una guerra: rindiéndose o ganándola. La primera opción, camuflada de buenismo, es la que, a la postre, están proponiendo esta clase de pacifistas. La segunda es la única viable.
Descarten por ahora la de convencer a los contendientes, ni a los malos ni a los malísimos. —Señor yihadista, si es tan amable ¿puede hacer el favor de dejar de crucificar hombres, mujeres y niños cristianos o chiíes, de destruir patrimonio de la humanidad y de decapitar periodistas occidentales? Me atrevería a asegurar que no va a funcionar.
Tampoco funciona como solución definitiva, por lo que se ve, la opción de los bombardeos sin mancharse la ropa que defiende Obama. Desgraciadamente, esta guerra la tendremos que ganar como todas, sobre el terreno, sufriendo bajas entre los ‘buenos’. Con cobertura de la ONU o sin ella, Occidente ya se prepara para lo inevitable: Poner a la barbarie en su sitio, es decir en el infierno.



