La luz del atardecer

Me gustan las ciudades al atardecer, con esa luz tan peculiar y especial que nos dice que poco a poco se va acabando ya el día.

Ahora, en el ecuador de la primavera, esa misma luz es ya un poco más clara y prolongada que en marzo o en abril, y de un color purpúreo o violáceo algo distinto, una circunstancia entre lumínica y sensorial que parece incitarnos a salir un poco más de casa, de las redes sociales o del despacho.

Estos días de mediados de mayo empiezan a ser ya ideales, cuando no llueve, para celebrar las primeras fiestas sofisticadas del año al aire libre, quizás junto al mar o tal vez en el jardín de algún palacio, con velas o pequeñas lucecitas de colores decorándolo todo, y con música algo nostálgica en directo, en el marco de elegantes y selectos ambientes.

Otra opción también muy interesante para quienes seguramente nunca llegaremos a ser invitados a esas fiestas puede ser la de quedar con nuestra familia o con nuestras amistades para ir a cenar, tomar una copa o un helado, o charlar tranquilamente mientras paseamos un poco por aquí y un poco por allá.

La luz del atardecer sigue siendo igualmente muy hermosa cuando, en lugar de contemplarla en directo, la podemos observar o descubrir en un cuadro, en una fotografía, en una película o en un poema.

«Con su cálida capa floreada/ de púrpura la tarde languidece,/ todo el cielo de luces resplandece/ y matiza de tonos la mirada./ La luz desaparece fatigada,/ el brillo de los campos se oscurece/ y a la luna temprana le parece/ el horizonte bella llamarada», escribió sobre el crepúsculo el poeta Luis Calama Rodríguez en este precioso soneto.

Esa misma sensación la podemos experimentar también, si somos cinéfilos, al ver una de las mejores y más hermosas secuencias de la nueva versión de Sabrinaque dirigió en 1995 el gran Sydney Pollack. En dicha secuencia, la protagonista (Julia Ormond) le escribía una carta a su padre al atardecer, sentada en una pequeña y coqueta cafetería de París.

«En la acera de enfrente alguien toca ‘La vie en rose’. La tocan para los turistas, pero siempre me sorprende que me conmueva. Sólo en París, donde la luz es rosa, puede tener sentido esa canción. La llevaré conmigo cuando vaya a casa. Y de ahora en adelante la llevaré siempre conmigo a donde quiera que vaya», anotaba Sabrina, mientras una luz profundamente melancólica iba envolviendo toda la ciudad.

El final de la película —un final feliz— se resolvía, como no podía ser de otra forma, también en París, en las últimas horas de otro hermoso y maravilloso día en la ciudad de la luz.

Posiblemente, la mayoría de nosotros no llegue a culminar nunca una romántica historia de amor junto al Sena al caer la tarde ni a disfrutar de una copa de vino blanco en el barrio de Pigalle antes de que caiga el sol, pero esa evidencia casi cartesiana no debería de afligirnos en principio en exceso, pues todas las ciudades pueden acabar siendo finalmente más o menos propicias para el deseo, el placer o la pasión.

Vivamos en el lugar en que vivamos, o en el que estemos de paso, todas las horas del día —no sólo las del crepúsculo— deberían de ser siempre buenas para poder amar, aprender, soñar, perdonar, creer, añorar, mirar, disfrutar o sentir. Todas las horas del día deberían de ser siempre buenas para poder querer, anhelar o vivir.

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