¿Hacia dónde nos dirigimos?

Cuando en el verano 2018  abordé la lectura  de 21 lecciones para el siglo XXI, de Yuval Noah Harari, entendí que la humanidad necesitaba reflexionar mucho más en serio sobre las principales cuestiones que colorean  nuestra  época. Vivimos en un mundo muy desordenado, ‘extraviado’, con ‘la sensación  de estar perdido’, ‘de no saber qué hacer’ (cf. Amin Maalouf, El laberinto de los extraviados, Alianza, 2024) ni hacia dónde dirigirse. Se entremezclan aspectos tecnológicos, políticos, religiosos, sociales, que frustran la realidad de una convivencia humana digna. Algunos de especial gravedad, como la pobreza, la emigración, la libertad e igualdad, la guerra y el terrorismo, el cambio climático, la sanidad, la educación. La indiferencia, la complicidad  y, a veces, hasta la estupidez  de los humanos aparecen como protagonistas

Los acontecimientos de todo tipo se suceden a diario. Pero, ¿cuál es su significado más profundo? Necesitamos obtener claridad. Y,  para ello, urge la reflexión a fin de saber cómo actuar en el orden personal y colectivo. ¿Qué ha ocurrido y está ocurriendo, ahora mismo, en el mundo y cuál es el mensaje liberador, que necesitamos?

En los inicios del s. XXI, el liberalismo también está en ‘apuros’ (Harari). La crisis de la democracia liberal, no nos engañemos, tiene raíces mucho más profundas que la aparición de Trump. Llevamos mucho tiempo empeñados en juegos ideológicos, la mayoría del pasado, y que han resultado destructivos. En este momento, en el que “la tecnología y el autoritarismo prometen ser más eficaces que la democracia” (Joan Subirats, ‘El País’, 6.05.26), todo aparece  turbador, preocupante y, a veces, hasta apocalíptico  (Para una visión general, cf. Daniel Innerarity, Gestionando el colapso, en ‘El País’, 6.05.26, pág. 13 y Delgado, Tecnocesarismo, MD). Estamos alertados y no hay excusa alguna que justifique la sumisión voluntaria al autócrata de turno, que solemos exhibir. No mires para otro lado. Contempla la realidad de esta España doliente y tendrás clara la perspectiva que nos amenaza.

En relación con el otro polo de la ecuación que nos intimida, el debate no solo concierne a la tecnología. También aquí todos estamos implicados.  Lo que se juega es el significado mismo de lo humano. Como ha subrayado Spadaro (El reto de León XIV, en RD), la tentación, deslumbrados por los ‘artilugios’ que nos regala la tecnología,  radica  en consentir la reducción del ser humano  a datos y algoritmos. La persona humana, sin embargo, es mucho más: es su libertad, su conciencia, su decisión, su misterio y su intimidad, su solidaridad.

En la 58ª Jornada mundial de las comunicaciones sociales, 24.01.2024 y en  la Conferencia internacional sobre ‘La IA  y  el paradigma tecnocrático’, 22.06.2024, Francisco, con su ‘dinamismo’ y ‘apertura’ de siempre,  dejó plantadas varias semillas trascendentales: 

La primera la expresó con esta pregunta: “¿estamos seguros de querer seguir llamando ‘inteligencia’ a lo que no es? Es una provocación. Pensemos en ello, y preguntémonos si el mal uso de esta palabra tan importante, tan humana, no es ya una rendición al poder tecnocrático”. ¿Acaso no estamos ante “una máquina de estadística? ¿Acaso no se olvida la gente de que, “cuando conversa con  ChatGPT,  hay una sola persona con cerebro en esa conversación” (Alan Daitch). ¡Piénsalo!

La segunda la formuló  también con esta otra pregunta:”¿Para qué sirve la IA? ¿Sirve para satisfacer las necesidades de la humanidad, para mejorar el bienestar y el desarrollo integral de las personas, o sirve para enriquecer y aumentar el ya elevado poder de unos pocos gigantes tecnológicos a pesar de los peligros para la humanidad? Y esta es la cuestión de fondo”. ¡Su respuesta es definitoria!

La tercera la hizo consistir en una llamamiento por la ética de la IA. Fue el papa Francisco quien acuñó la necesidad de una ‘Algor-ética’: “la idea de que los algoritmos deben ser diseñados bajo principios de transparencia, inclusión, responsabilidad e imparcialidad”.  La técnica no es neutral. Si la dejamos sola, tenderá a la deshumanización. Hay que centrarse en la ‘sabiduría del corazón’ (cf. Adela Cortina, Ética o ideología de la IA, Paidos, 2024).

Gregorio Delgado del Río

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