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La mochila austríaca, otra oportunidad perdida

Por Pep Ignasi Aguiló
martes 22 de febrero de 2022, 05:00h

Con los fondos europeos y la reforma laboral se ha perdido una magnífica ocasión de implementar la “mochila austríaca” en nuestro país. Una fórmula que permitiría reducir en gran medida la injusta e ineficiente dualidad de nuestro mercado de trabajo.

Con nuestra legislación, los costes del desempleo recaen principalmente sobre las empresas que reducen sus puestos de trabajo vía indemnización por despido, con guarismos más elevados que las prestaciones estatales. Así, la dualidad se produce porque junto a esos trabajadores que tienen derecho a la indemnización hay otros que no lo tienen, Lo que genera, además de una situación de desigualdad flagrante, una enorme ineficiencia que se traduce en elevadísimas tasas de paro por el gran desincentivo a contratar con trabajadores indefinidos, teniendo la posibilidad de hacerlo con temporales.

La modalidad laboral austriaca supone sustituir las indemnizaciones por despido en función de la antigüedad por una retribución de un complemento salarial, a cada trabajador, para la constitución de una mochila o fondo. Por ejemplo, un empleado que ganase 2.000 euros mensuales, recibiría 200 euros adicionales cada mes como aportación a la mochila. Ese fondo solo se podría rescatar, o bien en caso de despido, o bien en caso de jubilación, de forma que la dualidad desaparece con todos sus problemas.

La mochila resuelve, por ejemplo, el dilema, que puede experimentar un trabajador de 59 años con una dilatada trayectoria de ingeniero de telecomunicaciones en una empresa de alta tecnología, si le ofrecen, en otra empresa, un puesto más atractivo, mejor retribuido y con mejores condiciones laborales. Si lo acepta perdería su derecho a la indemnización por despido, si se queda dónde está lo conserva. Ahora bien, si le pueden ofrecer mejores condiciones es porque sus servicios son más productivos en el nuevo empleo, de manera que quedarse en donde está significa no aprovechar todas sus potencialidades.

Pues bien, con la mochila austríaca ese trabajador podría cambiar de empresa sin perder ningún derecho, contribuyendo a mejorar, no sólo su situación, sino también la del conjunto de la sociedad.

Además, la mochila supone que deja de producirse un salto al transcurrir un periodo determinado del contrato laboral desde una situación de eventual a otra de fijo, pues se va afianzando la relación con el empleador día a día.

Entonces, ¿Por qué no se implementa en España esta modalidad laboral? Pues sencillamente, por sus costes transitorios. Pues, efectivamente, hasta su total implantación convivirán indemnizaciones por despido y con la dotación al fondo, lo que es un sobrecoste para las empresas, aunque a largo plazo sea un ahorro.

Álvaro Nadal, que ejercía de economista de la Moncloa cuando la reforma laboral del 2012, cuenta que ese fue el motivo de no haber incluido la fórmula de la mochila. Es por ello que, ahora se tendría que haber aprovechado la llegada de los fondos europeos para implementarla, incrementando los derechos de los trabajadores al tiempo que otorgando más eficacia a los recursos humanos. Y recordemos que más eficacia, en este capítulo, significa menos desempleo y mejores salarios.

La oportunidad perdida nos condena a que el gran mal de males de nuestro país, el desempleo, continúe mostrando datos que no son para estar orgullosos, partiendo en dos al conjunto de los trabajadores: los de contratos estables y los otros precarios obligados a realizar ocasionales visitas a las oficinas del Sepe.

Si a todo esto añadimos que la reformita de Yolanda Díaz, incluye la vuelta a dar prioridad a los convenios sectoriales sobre los de empresa, devolviendo la ultra actividad de los mismos, con la finalidad de volver a potenciar a los sindicatos afines. Se está contribuyendo a poner barreras de entrada a nuevos competidores tanto empresariales como laborales, dirigiendo la economía nacional hacia un nuevo y enquistado statu quo, que potencia la inflación.

Quizás sea que al populismo de Pedro Sánchez le cuesta abandonar la concepción gremial de la economía, y el viejo sistema vertical corporativista del que tanto presumía el franquismo.

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