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La muerte no es el final

martes 28 de abril de 2020, 06:00h

“La muerte no es el final” es una canción espiritual compuesta por el finado Sacerdote Cesáreo Gabarain y que fue adoptado por las Fuerzas Armadas para honrar a sus caídos en 1981 a instancia del Teniente General Sáenz de Tejada. Su música y especialmente su letra son un verdadero himno de despedida al amigo fallecido que, a los que creemos y además respetamos a las Fuerzas Armadas, nos pone la piel de gallina cuando la escuchamos, siempre acompañada de un silencio sepulcral.

Cuando escribo estas líneas los fallecidos oficiales por la pandemia ascienden a 23.521; no es sólo un número, es una persona, es una víctima con su historia, sus vivencias, su familia, sus luces y sus sombras, que nacieron poco antes, durante o en la posguerra. Personas que sabían lo que era el dolor, lo que era el miedo y la valentía, lo que era el hambre y lo que era una España partida en dos por la sin razón de unos y otros. Muchos, quizás algunos, tuvieron que combatir en un bando en esa
guerra fratricida, que tanto nos empeñamos en revivir los que no la hemos vivido, por el mero hecho de que el golpe militar le encontró en una zona determinada. Muchos de ellos no tuvieron elección.

Esas personas que hoy enterramos sin el mínimo reconocimiento y casi a escondidas son los que en 1978 estaban entre los cuarenta y los cincuenta años. Nuestros fallecidos de hoy son los que, cada uno desde el puesto que tampoco pudo elegir, llevaron a cabo la reconciliación nacional, pasaron página, votaron mayoritariamente una Constitución y aprendieron y, especialmente, nos enseñaron a vivir en una democracia y en sus libertades inherentes.

De los mencionados 23.521 fallecidos por covid19, el 86,30 % eran mayores de 70 años; la inmensa mayoría de los fallecidos en esta plaga eran aquellas personas generosas que optaron hace unos cuarenta y pico de años por la libertad.

La muerte no es el final, ni para el Teniente General Sáenz de Tejada, ni por cada uno de los fallecidos en esta pandemia pues nos dejan en herencia un Estado de Derecho y una democracia consolidada; si ellos fueron capaces de abrazarse después de haber combatido en frentes opuestos en el Ebro, en Belchite o vayan Vds. a saber dónde, ¿de que no debemos ser capaces los que no vivimos una guerra ni su posterior hambruna? Nos queda mucho por aprender de nuestros mayores que se están yendo demasiado rápido y sin la despedida que se merecen.

Personalmente me gustaría que en ocasión de la muerte de tantos ancianos que nos dieron la democracia, desde las instituciones, pero no por la muerte en estos días, sino por la hoja de servicios que presentan a la hora de morir se les reconociera la paternidad de la democracia y del bienestar que hemos gozado en estos últimos años.

Si eso no pasa, que no creo que pase, vaya desde aquí y mi humilde pluma, mi reconocimiento y agradecimiento por la generosidad y heroicidad que tuvieron cada uno de ellos para que sus hijos (nosotros) viviésemos en paz y libertad. Vaya desde aquí el mayor deseo de que para ellos la muerte no sea el final.

Asimismo resulta imposible olvidar a los que trabajando sin los medios dignos se contagiaron y terminaron falleciendo por el covid19, mi respeto y admiración para todo el colectivo sanitario, especialmente para los que han dado su vida cuidando la de los demás, que para ellos la muerte no sea el final. Que pasen un buen día de confinamiento.
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