La perversión de la democracia parlamentaria

Conozco personas sensatas que, durante los últimos meses, no terminan de explicarse el ascenso en las encuestas de Vox. A pesar de sus polémicas internas, de sus soluciones de brocha gorda o del extremismo de algunas de sus propuestas, el partido de Abascal merodea el veinte por ciento en intención de voto. A todos esos que no entienden cómo uno de cada cinco españoles con derecho a sufragio están pensando en apoyar a Vox, yo les recomiendo que revisen el espectáculo inenarrable que se vivió este pasado miércoles en el Congreso de los Diputados.

La intervención de Pedro Sánchez, y su estrategia de aguantar contra todo y contra todos, se convierte en un surtidor de votos antisistema, en una gruesa manguera que suministra argumentos a los que piensan (sobre todo los jóvenes) que el Parlamento no sirve para nada. A un menor de 35 años le explicas que en España rige una democracia parlamentaria, o esa, un sistema en el que no se vota a un presidente del Gobierno, sino que se eligen diputados a Cortes que después invisten a un presidente, y se rasca la coronilla, o directamente se parte de la risa.

En España, un presidente del Gobierno lo es legítimamente en cuanto dispone del apoyo de una mayoría parlamentaria. La primera vez que se comprueba esa mayoría es en la votación de investidura. Pensar que eso supone un aval que permite pasar el resto de la legislatura perdiendo más de cien votaciones, sin presentar presupuestos porque te los van a tumbar, sin convocar el debate del estado de la nación por si te rechazan las propuestas de resolución, es propio de un autócrata que no respeta el mínimo de las convenciones democráticas.

Hay quienes consideran no sólo legal, sino legítimo, ese enrocamiento de Sánchez. El argumento que emplean es que la oposición dispone de un mecanismo para hacer saltar el gobierno: la moción de censura. Si no la presenta, o no la gana, es problema de la oposición, no del gobierno. Este es un argumento falaz, un subterfugio para eludir la realidad de un gobierno en minoría. Sánchez aguanta porque existe una mayoría anti Vox. Pero una democracia parlamentaria, si pretende ser funcional, no se puede sostener sobre una mayoría anti lo que sea, sino que precisa de una mayoría progubernamental. Más allá de la literalidad de la Constitución, he aquí la auténtica perversión del sistema  democrático que estamos padeciendo.

Si da igual lo que exprese nuestra Carta Magna, si no importa lo que se vote en el Congreso y en el Senado (esta semana, ambas cámaras han aprobado por mayoría absoluta una petición al presidente del Gobierno para que dimita o presente una moción de confianza), entonces, ¿para qué sirve la democracia? Esta es la pregunta peligrosísima que se están haciendo miles de ciudadanos, especialmente aquellos que, por su edad, identifican a Franco con un meme de Tik Tok. Cuidado.

Al final, resultará que el logro más importante de esa mayoría anti Vox va a ser un Vox hipertrofiado gracias a los votos de jóvenes, y no tan jóvenes, descreídos de un sistema que permite a un político amoral y sin escrúpulos mantenerse en el poder con el único objetivo de protegerse de la acción de la justicia.

No vamos a caer en la ingenuidad de pensar que al independentismo vasco o catalán le preocupa la calidad del sistema democrático en España. Cuanto más avance la degeneración de nuestras instituciones, cuanto mayor sea su debilidad, mejor para sus objetivos de ruptura. En realidad, es a eso a lo que se refiere Arnaldo Otegi cuando habla de sostener a Sánchez para no perder esta «ventana de oportunidad». Bildu, convertido hoy en el socio más próximo, leal y fiable del PSOE. Sólo este dato debería avergonzar a los socialistas que mantienen un ápice de dignidad.

Es a esos socialistas a los que habría que dirigirse. Se me ocurre un quinteto de nombres en el PSOE que mañana, en unas generales, sacarían más votos que Pedro Sánchez, convertido hoy en un pasivo electoral que hunde a su partido en cada autonomía en la que se presenta (Cataluña no cuenta, porque allí se presenta otro partido cuasi nacionalista, el PSC). En cualquier caso, si un Page, un Madina o un Lobato no ganaran las elecciones, lo cierto es que no movilizarían a la derecha como lo hace el marido de Begoña.

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