Todos somos España, menos los separatistas

Vaya semana. Pasará a la historia por las dos histerias en España. La de los seguidores de la selección nacional de fútbol y los seguidores del sanchismo. No veo ningún partido de la selección. No me entretiene. Rechazo las manifestaciones histéricas de los seguidores de este y de cualquier equipo de futbol cuando compiten en cualquier liga. Las histerias no son modelos a seguir por los jóvenes. Una cosa es estar contento, ser feliz con la ilusión que tú y los tuyos habéis ganado, no sé muy bien el qué. Y otra, que la felicidad personal y de la sociedad en general dependa del resultado del partido. Eso es una estupidez. Soy de los que considera el pan y circo, el futbol y el periodismo rosa como las herramientas del poder para que el pueblo no piense en cosas que sean realmente importantes. Antes eran las corridas de toros, ahora son las corridas íntimas de algunos líderes políticos. Ese es el caso de los que aplauden a los líderes tanto del sanchismo como del PP. Unos por Ábalos y otros por Ayuso, o más bien, por su pareja. Lo dice el refranero: la jodienda no tiene enmienda.

Histeria de los sanchistas, tanto en el Congreso de los Diputados como en el Comité Federal, ante el líder supremo de la progresía. La veneración a Sánchez contrasta con la propuesta de Feijóo: en las generales nos jugamos la democracia. El líder del PP está equivocado. Ya no nos jugamos la democracia; nuestro modelo de sociedad ya se ha perdido. Nunca en la historia se había atentado tanto contra la democracia, ni siquiera en la época que se intentó imponer la República socialista, comunista de España. Ya no hay separación de poderes. Y esa idea de que en todas las instituciones hay gente de los dos modelos enfrentados la ha propiciado el sanchismo. Saben que, al provocar dos frentes de batalla, ganará el que, además, tenga una quinta columna mediática. Sánchez lo ha dicho ante todos los españoles: gobernará hasta que le dé la gana y sin el apoyo del Congreso ni del Senado, es decir, se proclama dictador perpetuo, como Francisco Franco. Lo lleva en la sangre. Un ADN que está peligrosamente herido contra el mundo. Ahora ya son muchos los analistas de la política española que coinciden en afirmar que Sánchez no está bien del coco. Ni tampoco su hermano, a tenor de su comportamiento ante la justicia. Están enfermos y deberían ser auxiliados por especialistas psíquicos. No obstante, el peligro no es que cometa una felonía que lleve al caos a la nación; el problema será si convoca el alzamiento e imposición de la tercera república. Ese sería el fin.

Los separatistas intentarán aprovechar esta situación para sacar a Sánchez todo el dinero que puedan. Lo harán mediante la aprobación del presupuesto general. De nuevas leyes que fomenten la separación de las nacionalidades históricas de la nación española. Con la independencia económica y judicial de los separatistas vascos, gallegos y los de Compromís en Valencia. Esa es la agenda que nos espera después de las vacaciones. Ahora, todo será fútbol y fiestas populares. La primera, San Fermín.

Con el permiso de todos ustedes, estimados lectores, yo me pongo en modo atontado y no escribiré nada sobre la política y los políticos. No vale la pena. Analizaré temas que verdaderamente tienen valor, como el amor, la honradez, el honor y la ética. A no ser que, como me duele prever, algún político pierda los papeles y se lie a palos con el enemigo. Recuerden la frase del delincuente ante el juez: “Es que fue el Cariñena el que se apoderó de mí”.

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