Una de las mejores amigas de mi madre en los años en que estuvo en la residencia La Bonanova de Palma era venezolana. Había sido maestra en su país de origen y desde hacía ya algún tiempo residía de manera permanente en Mallorca.
Era una persona extremadamente respetuosa, atenta y educada, como de otro tiempo, de un tiempo seguramente algo menos áspero y polarizado que el actual. Cuando la conocí, debía de tener en torno a los setenta años de edad, por lo que era un poco más joven que mi madre.
Me gustaba mucho que ambas fueran amigas y me alegraba especialmente verlas a las dos charlando y sonriendo —junto con mi hermano Joan— cuando yo iba a La Bonanova.
Ella sabía que yo era periodista y que me gustaba la literatura, así que en ocasiones charlábamos los dos un poco de esto y otro poco de aquello. No sé si en alguna ocasión incluso le llegué a decir que desde joven tenía la ilusión de llegar a crear algún día una editorial o una productora con el nombre de una de las principales ciudades venezolanas, Maracaibo, esencialmente por su poder evocador y porque tiene una sonoridad preciosa.
Nunca hablábamos de política, aunque por el contexto de algunas conversaciones deduje que no era chavista —yo tampoco lo era—. Pero aunque ella lo hubiera sido, nuestra relación habría seguido siendo igualmente muy cordial.
Cuando compartíamos los cuatro aquellas luminosas mañanas y sobremesas, a menudo pensaba en que hay países o estados que, salvo excepciones, históricamente no han tenido mucha suerte con sus gobernantes, por contar a menudo con mandatarios corruptos en unos casos y autócratas en otros, sin que ambas condiciones fueran, por desgracia para esos pueblos, necesariamente excluyentes.
Dejó aquí al buen criterio de cada amable lector su percepción acerca de cuáles serían los países y los gobernantes implicados en ese listado tan poco recomendable.
Mi madre murió en La Bonanova la noche del 10 al 11 de septiembre de 2019, mientras dormía, a los 91 años de edad. A partir de aquel momento, volví a dicha residencia ya muy pocas veces y sólo para ver a un tío mío que también se encontraba allí y al que yo quería mucho.
Nunca más llegué a coincidir de nuevo con aquella amiga de mi madre, aunque pensé en ella muchas veces desde entonces. Incluso estuve tentado en más de una ocasión de ir a La Bonanova para reanudar nuestras agradables charlas y sobre todo para saber cómo se encontraba. Pero poco después llego la pandemia del coronavirus y todo se paró. Y ya no volví a saber de ella.
De lo que más me arrepiento es de no haberle dicho en aquellos años lo bien que me caía y lo buena persona que era. Porque de verdad lo era.
Si hubiéramos seguido en contacto, la habría ido a ver o la habría llamado esta semana, para hablar de la trágica situación que está viviendo Venezuela en estos últimos días tras los dos terremotos del pasado 24 de junio; una situación agravada de forma dramática por la falta de recursos, de reacción y de eficiencia del actual gobierno venezolano, sobre todo en La Guaira.
Todas esas carencias las están supliendo miles de venezolanos anónimos que, actuando como voluntarios, llevan tres días buscando sin descanso posibles supervivientes entre los escombros, a menudo con los únicos recursos de pequeñas linternas y del uso de sus manos. A ellos habría que sumar también a los propios profesionales de emergencias llaneros y a los procedentes de distintos países del mundo, incluido el nuestro.
Gracias a todos esos heroicos rescatistas, miles de venezolanos han podido volver milagrosamente a la vida desde el pasado miércoles. Así lo hemos podido constatar merced a las imágenes que nos ofrecen los medios y las redes, unas imágenes que en los casos más desesperados y tristes nos han encogido literalmente el corazón.
Estos días están siendo unos días de muchísimo dolor, pero al mismo tiempo de valor y de arrojo en grado extremo. Seguro que mi buena y querida amiga venezolana habría estado, una vez más, muy orgullosa de su país, de su gente, de su pueblo.





