La vuelta de los sofistas

Platón, el filósofo más brillante de la Grecia clásica vivió en una época de esplendor, aunque minada de crisis políticas. Coetáneo de otros pensadores, estaba particularmente harto de los sofistas y de sus principios cambiantes amparados en la concepción de que “el hombre es la medida de todas las cosas” y les rebatió con su filosofía llamándoles “maestros de la mentira”. De ellos, aborrecía que fueran expertos en la apariencia, que hubieran olvidado el ser para idolatrar el parecer, aborrecía observarles en las plazas públicas haciendo uso de una retórica persuasiva plagada de mentiras y cambiando continuamente de opinión, impartiendo justicia sin ser justos, presumiendo de colaboración siendo avaros. Les consideraba unos proyectores de sus propias sombras en lugar de su verdadero yo. Es consecuencia de este hastío como nace la filosofía de Platón quien busca una verdad fija, una justicia con mayúsculas por encima de los debates políticos y una respuesta al caos político que huya de la retórica y la manipulación.

En su obra más importante, “La República”, escrita en su madurez en búsqueda de la justicia, Platón diseña un estado ideal desarrollando la teoría según la cual el poder atrae a quienes no buscan la virtud, sino el reconocimiento. Argumenta que cuando el alma del gobernante está en desorden, el estado que gobierna está abocado al caos y esta caída al abismo pasa por diferentes fases y diferentes tipos de gobierno, que debemos entenderlos en el contexto de la Antigua Grecia en el que se escribieron: desde el gobierno de “la aristocracia” que es el ideal de gobierno en el que los que buscan el bien común son los más preparados y virtuosos a “la timocracia” un estado en el que los líderes ya no buscan la justicia sino la fama y el reconocimiento, para pasar a un estado más degradado que llama “la oligarquía” donde ya no habita en el gobernante una aspiración de honor sino que se rinde al lujo y a los privilegios que conllevan inexorablemente a la siguiente fase, “la democracia” en cuya forma de gobierno se establece el libertinaje y la voluntad del pueblo, por lo tanto, cualquier persona, independientemente de su capacidad, se considera apta para gobernar degenerando así en una última fase “la tiranía “que surge a raíz del desorden. Quien toma el poder absoluto en la tiranía, es un líder autoproclamado protector, para satisfacer sus necesidades de control y adulación e instaura, como herramienta de sujeción del ciudadano, el miedo.

Casi 2500 años después, el aborrecimiento que sintió Platón por los sofistas hemos pasado a sufrirlo los ciudadanos. Observamos de manera impasible como nuestros dirigentes, maestros de la mentira, priorizan en sus narrativas la eficacia y supervivencia política frente a la verdad absoluta, haciendo uso de discursos emocionales, como son las cartas a la ciudadanía, destinados a moldear la opinión pública según las necesidades del momento. Igual que los sofistas, nuestro ejecutivo estatal da más importancia a la comunicación no verbal y a la representación de su discurso que al argumento, defendiendo con igual vehemencia una posición que la contraria. Tales actuaciones vanidosas provocan de manera inexorable un debilitamiento institucional de nuestro sistema que parece verse abocado, según la teoría de Platón, a la forma de gobierno más devastadora, “la tiranía” en la que el líder para perpetuarse en el poder, utiliza un enemigo externo, sea Vox, el franquismo o la ultraderecha, para infligir miedo y de esta manera someter al pueblo, impidiéndole cuestionar los actos vanidosos del líder, quien adquiere el estatus de salvador, triunfando de esta manera la concepción sofista. La vanidad sobre la ética. La apariencia sobre la esencia.

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