La religión del espectáculo

 La semana pasada, Félix de Azúa formulaba un comprometido diagnóstico: “En España triunfa y seguirá triunfando el espectáculo religioso, estatal y romano, que no tiene la menor relación con la religión cristiana seria”. Se refería a grupos de jóvenes que, a través de la música, decían abrazar  la fe, de modo colectivo, y, sobre todo, al fenómeno Rosalía, ‘con profusión de símbolos y letras de apariencia cristiana’. A todo ello, habría, en mi opinión, que añadir la asistencia masiva del pueblo a las procesiones de Semana Santa,. Muchos han querido ver en estas manifestaciones un retorno a lo religioso,  o  la revancha de Dios.

Efectivamente, el cristianismo es otra cosa. Lo fue en sus inicios y contribuyó, junto con  la familia, a crear un estilo de vida, que, en definitiva, hizo de Europa lo que es. Creó cultura en el sentido más pleno (Cf. Vargas Llosa, La civilización del espectáculo,  2012). Pero, aquel tiempo ya pasó. “Hoy ya no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados. Necesitamos, por lo tanto, un cambio de mentalidad pastoral” (Francisco, Discurso 27.11. 2014). 

Necesitamos un cambio de actitud, un cambio de vida, que testimonie verdaderos valores, atractivos para el hombre actual. Necesitamos menos espectáculo, menos hipocresía y más coherencia de vida. A tal efecto, necesitamos  recuperar ‘el horizonte evangélico’, el  no dejar al hombre ‘confiado en sí mismo y emancipado de la mano de Dios’. Nos urge no ‘ocultar ni esconder a Jesús y la verdad sobre el hombre mismo’ (Ibidem. cf. EG, nn. 93-97).  Hay que volver al inicio, a Jesús y al Evangelio, ‘sin temores’ y ‘sin sentir vergüenza de pronunciarse’.  La gente, como siempre, ‘espera’ lo que ‘necesita para su vida’ (Ibidem). ¿Por qué, si nos decimos cristianos, nos empeñamos en defraudarla?

En la búsqueda individual de esta nueva presencia en el mundo (Evang. Tomás, n. 2), creo que es de gran utilidad la lectura de unas páginas sublimes  de Elaine Pagels (Más allá de la fe, 2003, pág.18 y ss.). En ellas, refiere el testimonio de Tertuliano (s.II-III) respecto a la conducta de la ‘familia’ cristiana, consistente en aportar dinero para ‘mantener a los huérfanos’, para ‘llevar alimentos, medicinas y solidaridad’ a los presos, para ‘enterrar a los pobres y criminales’. Esta generosidad atraía a las multitudes cuando los cristianos se quedaban a cuidar los enfermos y moribundos, víctimas de la peste, que asolaba a ciudades como Alejandría, Antioquía, Cartago y la propia Roma. ¿Por qué actuaban así los cristianos, a pesar del riesgo que corrían?

La respuesta es muy sencilla: Jesús resumió su doctrina en un segundo mandamiento: “amarás a tu prójimo como a ti mismo(Mac 12, 31; Mt 22, 39). “Lo que Dios exige es que los seres humanos se amen los unos a los otros y presten ayuda, sobre todo y especialmente a los más necesitados” (Pagels, pág. 22). Lo que nos lleva a Dios es hacer lo que Él hizo y vivir cómo Él vivió. Lo que nos lleva a Dios es la propia conducta en todos los aspectos de la vida, que Jesús siempre antepone  a los ritos religiosos ¿Qué representan para nosotros  los relatos de humanización en la vida de Jesús (Delgado, La despedida, cit., págs. 227-244). Seguir a Jesús, ser cristianos, tiene que ver con la condición humana (cf. Delgado, La religión de lo profano, MD), con vivir como vivió Jesús. 

Precisamente, el mandato del amor, dice Pagels, se convirtió “en la base práctica de una estructura social radicalmente nueva”. La lectura de Mt 25, 35-46   es, a mi entender, definitoria. “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me asististeis, estaba en la cárcel y me visitasteis  (…). Os digo que cuanto hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis”.

Al referirse a los miembros de lo que llamaba ‘la peculiar sociedad cristiana’, Tertuliano nos ha dejado (Apología, 39)  este testimonio: “Lo que nos diferencia a los ojos de nuestros enemigos  es la práctica de la bondad basada en el amor: ’Mirad, dicen, como se aman los unos a los otros’”. ¡Qué lejos andamos de tal apreciación!

El cristianismo no es espectáculo y, menos aún, hipocritón. El cristianismo es vida de bondad, de amor a los demás, de colaboración en la obra de la creación a fin de recuperar una nueva sociedad basada en la justicia y en el amor.

Gregorio Delgado del Río

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