Bryce Echenique, el fatalista optimista

Sólo vi a Alfredo Bryce Echenique en persona una única vez en mi vida. Fue a principios de los años noventa, en el Centro de Cultura de Sa Nostra de Palma. Yo había ido a ver una exposición fotográfica, y al salir y dirigir por casualidad mi mirada hacia el jardín de ese espacio, felizmente le descubrí.

Era una mañana primaveral, especialmente luminosa y apacible, como lo era también la prosa y la manera de ser de este grandísimo escritor peruano.

Bryce Echenique estaba solo en ese momento y parecía estar esperando a alguien, quizás a los profesores de la UIB Perfecto Cuadrado y Francisco Díaz de Castro, que en aquellos años organizaban en Sa Nostra unas conferencias literarias y unas lecturas poéticas que todavía hoy se recuerdan por el altísimo nivel de sus participantes.

Yo era muy tímido entonces —y quizás también ahora—, por lo que al final no me atreví a acercarme al autor de Un mundo para Julius para confesarle lo mucho que le admiraba y para decirle también que era uno de mis escritores contemporáneos favoritos, entre otras razones por la perfecta combinación de humor y de melancolía que aparecía por igual en sus novelas, sus relatos o sus artículos periodísticos, en donde el amor y el desamor estaban invariablemente muy presentes.

Me quedé allí inmóvil unos minutos, mirándole con un innegable embelesamiento romántico, y a continuación me marché en silencio, pero con una sonrisa de gratitud en los labios por haber tenido la suerte de haber podido observarle a tan solo unos pocos metros de distancia. Esa hermosa imagen me ha acompañado desde entonces, como uno de los mejores recuerdos vitales que poseo, a pesar de que, ay, siempre me he arrepentido de no haberle saludado aquel día.

Mi admiración incondicional hacia Bryce Echenique era y siguió siendo durante un tiempo sólo como lector, pues en los años noventa yo trabajaba como coordinador de vuelo de Iberia, en el aeropuerto de Son Sant Joan, y aún no había publicado nada en ningún medio.

Mi primera oportunidad periodística me la daría en el año 2000 el entonces director del diario Última Hora, Pere Comas, que me contrató pese a mi inexperiencia y que además fue siempre una especie de segundo padre para mí. Si no hubiera tenido el apoyo constante de Pere, todo lo bueno que llegó después a mi vida —y fue mucho—, jamás habría sido posible.

Además de mi trabajo cotidiano como redactor en Última Hora, ahí publiqué también durante unos años unas crónicas dominicales que de manera genérica denominaba 'Pleno al 15'. Cuando a mediados de 2004 decidí reunir en un libro una selección de dichos escritos, opté desde el primer momento por titularlo Crónicas tristes de la ciudad de Palma, en honor a Bryce Echenique, que unos años antes había publicado una deliciosa recopilación de cuentos bajo el epígrafe de Guía triste de París.

«Guías prácticas hay, y buenas y malas, pero que yo sepa no existen guías tristes, y mucho menos de París», escribió en la introducción de ese libro. Parafraseando al maestro, pensé que crónicas costumbristas había también ya, y buenas y malas, pero que yo supiera no existían crónicas costumbristas tristes, y mucho menos de Palma.

Unos años más tarde, leí en La Vanguardia una magnífica entrevista que le hicieron para preguntarle por el conjunto de su obra y también por algunas cuestiones algo más personales. En dicha entrevista, Bryce Echenique se definió a sí mismo como un «fatalista optimista», lo que en principio podría parecer un oxímoron, pero luego vimos, con su aclaración posterior, que en el fondo no era tal.

El también autor de La vida exagerada de Martín Romaña explicaba en La Vanguardia que cada mañana, al despertarse, se solía levantar lleno de optimismo, un optimismo que poco a poco iba menguando conforme iban pasando las horas, por los avatares cotidianos que solían acompañarle, de ahí que normalmente se encontrase muy próximo al fatalismo al llegar la tarde y no digamos ya al acercarse la noche, justo antes de irse a dormir. Pero pese a ello, a la mañana siguiente volvía a despertarse lleno de optimismo, y así casi cada día, pasase lo que pasase.

En cierto modo, muchos de nosotros somos seguramente también un poco así en nuestra vida cotidiana, oscilando casi diariamente entre el fatalismo y el optimismo, y luchando para que el segundo se acabe imponiendo casi siempre al primero, o, al menos, para que nos despertemos con un mínimo de esperanza y de ilusión con la llegada de cada nuevo amanecer.

Ese sentimiento positivo se vio inesperadamente truncado para mí el pasado 10 de marzo, cuando tuve conocimiento del fallecimiento de Bryce Echenique en su Lima natal a los 87 años. En el fondo, yo hubiera querido que físicamente fuera inmortal, un deseo que muy posiblemente él mismo me hubiera recriminado de manera afable con su cautivadora y sutil ironía.

De todas las necrológicas que se publicaron en aquellos días sobre nuestro autor, una de las que más me gustó y me emocionó fue la del periodista y escritor Renzo Gómez Vega, publicada en El País, en donde Gómez Vega recordaba unas sentidas palabras del también escritor Jorge Eduardo Benavides referidas a Bryce Echenique: «No sólo fue un grandísimo escritor, con un estilo absolutamente personal, certero, fino, lleno de deliciosos hallazgos, fue también una gran persona y un amigo leal, cariñoso y lleno de detalles y atenciones».

Y por eso he querido recordarle quizás precisamente hoy, en esta nueva mañana primaveral, tan parecida a aquella de hace algo más de treinta años en Sa Nostra, y también especialmente luminosa y apacible, como lo era también la prosa y la manera de ser del maestro Alfredo Bryce Echenique.

 

 

 

Suscríbase aquí gratis a nuestro boletín diario. Síganos en X, Facebook, Instagram y TikTok.
Toda la actualidad de Mallorca en mallorcadiario.com.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más Noticias