En el fondo, nunca sabemos cómo será recibida la columna que hemos escrito una vez que ha sido ya publicada, aunque siempre quisiéramos que pudiera ser del agrado de la mayor parte de personas que finalmente la lean.
Otra incógnita normalmente también algo difícil de descifrar es saber cómo son las personas que nos leen y cuáles suelen ser sus preferencias temáticas, aunque creo que este último enigma sí puede llegar a ser solventado en parte en algunas ocasiones, sobre todo en función del número total de lectores que ha tenido tal o cual escrito.
Teniendo muy en cuenta todas esas circunstancias, en alguna ocasión he comentado ya que me gustaría que las personas que me leyeran fueran un poco como yo, o yo un poco como ellas, a pesar de que casi siempre sea bastante complicado llegar a determinar o a conocer cómo somos unos y otros en realidad.
Aun así, me agradaría que en este marco periodístico concreto tuviéramos, si fuera posible, varios posibles puntos de vista parecidos o en común y que los que no lo fueran no impidiesen que nos pudiéramos llegar a entender y a respetar siempre más allá de nuestras propias ideas y creencias.
Las personas más fieles a estas columnas ya saben cuáles podrían ser algunos de esos posibles ámbitos de encuentro existenciales, entre ellos un sentimiento melancólico de la vida —alegre y triste a la vez—, un gran aprecio por las películas y las canciones más contenidamente románticas, una atracción seguramente no del todo sana ni recomendable por las femmes fatales más fatales, una fascinación posiblemente aún más enfermiza y más pecaminosa por los dulces autóctonos o un amor muy especial por ciudades como París, Nueva York, Madrid, Londres, Praga o Venecia.
Y junto a todo ello, mi conocida querencia absoluta por maestros como Mariano José de Larra, Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Azorín, Luis Cernuda o José Ortega y Gasset.
Por otra parte, me gustaría que todas aquellas personas lectoras y al mismo tiempo también amigas fueran, en general, mayoritariamente escépticas ante las noticias o los artículos de opinión que hablan con demasiada contundencia de cuestiones políticas, unas cuestiones que casi siempre, ay, nos acaban acalorando algo más de la cuenta.
De ese modo, esa pasión extrema que muy a menudo no se merece la actividad política podría ser dirigida y reconducida positivamente a todo aquello que tiene que ver, por ejemplo, con los sentimientos personales, con la solidaridad con los seres más necesitados o con la defensa de los derechos humanos en cualquier país del mundo.
Finalmente, creo que era mi muy admirado Andrés Trapiello quien decía que uno suele ser casi siempre más interesante como personaje en un artículo propio que en la realidad. Desde luego así sería al menos en mi caso, porque me temo que soy más yo mismo en una columna o una crónica que no en mi quehacer cotidiano lejos de la escritura.
Pero, seguramente, esa es también una de las principales razones por las que escribimos, para intentar que la vida, la vida en general, sea de algún modo un poco mejor y algo más dulce de lo que suele serlo a veces, no sólo para nosotros, sino también, y sobre todo, para todas aquellas personas misteriosas que amable y cariñosamente nos siguen y nos leen.





