La intervención, cargada de tono personal y poco filtro institucional, deja una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿dónde termina el ciudadano y empieza el cargo? Porque no es lo mismo opinar desde la barra de un bar que hacerlo desde la presidencia del Parlament, aunque hoy ambas cosas parezcan confundirse en el mismo timeline.
Que las redes sociales son el nuevo ágora no es ninguna novedad. Que en ese ágora se discute sin matices, tampoco. Pero quizá lo que sí sorprende -o debería- es la facilidad con la que algunos cargos públicos de primer nivel se deslizan hacia la trinchera del comentario impulsivo, olvidando que cada palabra tiene un eco institucional.
Puede que sea, efectivamente, el signo de los tiempos: políticos hiperexpuestos, ciudadanos hipercríticos y una línea cada vez más difusa entre lo público y lo privado. Pero incluso en este escenario de escrutinio permanente, convendría recordar que la prudencia no es una reliquia del pasado, sino una herramienta básica de gobierno. Y más aún cuando lo que está en juego no es un simple intercambio de opiniones, sino la dignidad de una institución que, en teoría, debería estar por encima del ruido.






