En el debate político y filosófico que conmueve al mundo, y especialmente desde que Estados Unidos e Israel lanzaron la operación militar de gran escala contra la República Islámica de Irán, han emergido viejos y nuevos interrogantes sobre qué legitima —o no— la resistencia contra el poder opresivo y cuándo la lucha por la libertad se convierte en un acto de violencia justificada.
El tiranicidio en la tradición política hispánica
En el corazón del pensamiento político occidental, ya desde el Renacimiento tardío, aparece la figura del jesuita español Juan de Mariana (1536-1624). En su influyente obra De rege et regis institutione defendió la idea de que, bajo ciertas circunstancias extremas, los súbditos tienen el derecho moral de oponerse incluso con fuerza a un gobernante que ha abandonado su papel legítimo para convertirse en tirano. Mariana —aunque ligado a la ortodoxia religiosa de su tiempo— argumentó que, ante la opresión, la autoridad política no es absoluta, y que la comunidad puede legítimamente acabar con el tirano traidor.
Este concepto de tiranicidio —la eliminación de un tirano que viola gravemente los derechos y el orden moral de la sociedad— fue discutido con cautela en la escolástica medieval y renacentista, y de hecho, fue un notable hito temprano en la tradición de la resistencia legítima a la opresión ejercida desde el poder político, con consecuencias trascendentales en el camino hacia las modernas democracias.
El derecho de deponer gobiernos según la Declaración de Independencia
Más de dos siglos después, en 1776, los colonos de lo que serían los Estados Unidos plasmaron en la Declaración de Independencia una idea que resonaba con ecos del pensamiento clásico de Mariana y otros. Las personas no solo tienen derecho, sino deber, de alterar o abolir un gobierno que se vuelva destructivo de los derechos inalienables, como lo son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Esa triada de derechos popularizada por John Locke que ya había sustentado antes a la Revolución Gloriosa británica de 1688.
El documento fundacional afirmó que la legitimidad de cualquier gobierno deriva del consentimiento de los gobernados, y que cuando éste renegaba de su función esencial de proteger los derechos humanos naturales fundamentales, el pueblo podía legítimamente reemplazarlo. Una noción que, como señalamos, trascendió su tiempo como una piedra angular de la teoría política demoliberal. La soberanía reside en la comunidad y no en la autoridad arbitraria de un monarca o régimen opresor.
Ahora bien, en un mundo globalizado el concepto de comunidad se ve ampliado, pues las acciones despóticas de cualquier gobierno tienen demoledores efectos más allá de sus propias fronteras, sobre todo si se trata de una gran potencia militar, tal como es el caso de Irán.
Resistencia a la opresión en un contexto global
La actual crisis —desencadenada por la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel que busca derrocar al régimen de los ayatolás— ha reavivado estos conceptos de legitimidad y resistencia a la opresión en un contexto global. La operación, descrita por líderes occidentales como un intento de neutralizar lo que consideran una amenaza de terrorismo nuclear global, y liberar de la tiranía a un noble pueblo, ha provocado reacciones intensas contrapuestas: desde el rechazo del gobierno de Sánchez, –expresado en una gala del cine–, hasta voces que defienden que “pueblos tienen el derecho a liberarse de la opresión” y que el orden internacional debe favorecer la libertad y los derechos humanos naturales.
En este sentido, han resonado las celebraciones callejeras de amplios sectores, tanto en el interior del país, como del abultado exilio iraní en ciudades como Londres, allí lo más llamativo es que lo han hecho de la mano de sus conciudadanos israelíes. Juzgan la operación como una oportunidad histórica para quebrar un régimen que ha olvidado a su propio pueblo y a muchos otros. No obstante, como era de esperar, algunos sectores más alineados con la izquierda política advierten que aplicar la fuerza militar contra un Estado soberano es ilegítimo. Pero ¿Dónde termina la legítima defensa de los derechos humanos y dónde comienza una agresión injustificada?
¡Qué el pueblo tome las riendas de su futuro!
En cualquier caso, dentro de Israel, Estados Unidos y Europa, diversos líderes han aplaudido la acción, llamando a los ciudadanos iraníes a tomar las riendas de su futuro y derrocar internamente al régimen, evocando —aunque sin nombrarlo explícitamente— el imaginario del derecho de rebelión que consagra la tradición liberal. Aquella que los pensadores españoles ofrecieron al mundo y que británicos y norteamericanos concretaron.
En definitiva, es cierto que tal vez, –como recogen los periódicos locales de papel–, a los tranquilos ciudadanos isleños, y de otros lugares, les preocupa sobre todo sí subirá o no el precio del petróleo o si arribarán más o menos turistas. Pero más allá de estas cuestiones cotidianas, lo que está en juego es el rearme moral que configuró el pensamiento occidental.



