El viernes pasado di una charla en un colegio a un grupo de padres. La cosa iba sobre big tech, IA y el impacto sobre las personas. Grandes empresas que siguen utilizando inteligencia artificial para defender su posición (y alcanzar otras), en contraposición con nuestros intereses. No salí contento. No estuve nada fino, me costó hilar las ideas, a pesar de que es un contenido que conozco bien, preparado y ensayado sobradamente: esa misma semana impartí en la universidad cuatro horas sobre el mismo tema, las mismas ideas, las mismas citas, referencias, lecturas. Todo igual. Con los profesores y estudiantes de posgrado fue perfecto. Pero el viernes por la tarde, por lo que sea, no salió bien. Podría escribir aquí cualquier cosa sobre aprender de nuestros errores, a ser indulgentes con nosotros mismos, a reconocer al niño interior, a las lecciones en las decepciones, pero lo cierto es que lo pasé mal. Me sorprendí a mí mismo para mal. Hay algo de orgullo herido, de no entender el porqué. Y así se lo confesé a la directora del colegio, quizás para aliviar mi sensación de culpa. Que no estaba nada satisfecho con mi alocución. La respuesta que me dio me desarmó por completo. Me dijo que había dado la charla que Dios me había dejado dar. Me agradeció mi punto de vista y haber estado allí para poder explicar ideas que, forman parte de nuestra vida, pero que no son visibles. Y luego, con una naturalidad pasmosa, me explicó cómo pone en manos de Dios todas sus acciones. Cómo pone toda su intención en lo que hace y se desentiende del resultado, porque está en manos de Dios. Esto yo ya me lo sabía. Ya lo había leído, no solo en la tradición cristiana. Pero una cosa es leerlo y creer entenderlo y otra muy distinta verlo encarnado. Ver cómo una persona, con absoluta sencillez y claridad, vive en ese espíritu. No fue lo que me dijo: fue desde donde brotó ese mensaje, sin ningún ánimo proselitista, ni moralizante. No me quiso instruir. Solo me contó desde donde vive porque me notó triste, molesto. Me conmovió. Inevitablemente pensé que aquí estaba la lección, el sentido de mi error, de mi falta. Que era mucho más importante poder escuchar y recibir el mensaje de esta persona que cualquier valoración sobre mi discurso. Que mi pobre intervención había hecho posible recibir este mensaje de esta persona. Y también reconocí que desde ese lugar la vida tiene que ser necesariamente mejor. Desde su lugar, por supuesto. Desde luego mucho mejor que para la mayoría de nosotros llevando una gran carga en medio de este mundo que habitamos, con todos nuestros miedos, conflictos, diagnósticos, identidades y máscaras.
Esta idea del abandono a la divinidad acompañó a la humanidad durante milenios en diferentes culturas. No en la nuestra, donde se reciben, en un escenario amable, con cierta condescendencia. Pobrecitos los de antes, presos de la superchería y el poder opresor de las religiones. Explica Joseph Campbell cómo nos hemos desprendido del lenguaje del alma “que elevó a la humanidad hacia otros intereses más allá de la mera reproducción, la economía y la simple búsqueda del mayor beneficio para el mayor número de gente”. En el mejor de los casos, esta es precisamente la propuesta del conocimiento computacional, la base conceptual de la inteligencia de máquinas, que reduce el mundo a datos y nos promete una única solución, la de la eficiencia por encima de cualquier consideración. En el peor de los casos vamos hacia la instalación entre nosotros y el mundo de un filtro artificial, un agente con un intenso potencial manipulador que no responde ante nosotros, que sirve a otros. Bajo la promesa de la eficiencia y la comodidad entregamos nuestra capacidad de decisión y responsabilidad. Todo está pasando muy rápido.



