Me he permitido copiar el título de un libro del escritor chino Liao Yiwu, convirtiendo el singular del original en plural. Liao incluye en su libro una entrevista con un anciano que relata que fue testigo personal de un episodio de paseantes de cadáveres ejerciendo su profesión.
Según el anciano, de nombre Luo Tianwang, en su juventud se topó, junto con un amigo, con una pareja de paseantes. Según él, se trata de una profesión que se venía ejerciendo en China desde muy antiguo. Una de las creencias ancestrales de los chinos es que tras la muerte de una persona, su cuerpo debe ser inhumado cerca de su hogar, en su tierra familiar, de lo contrario su espíritu se convierte en un alma solitaria, un fantasma sin casa, así que cuando alguien, por la razón que fuera, moría lejos de su hogar, la familia procuraba recuperar el cadáver para que su alma pudiera reposar eternamente junto a los suyos. Pero en China las distancias son muy grandes y la infraestructura de comunicaciones, hasta hace pocas décadas, muy deficiente. Así pues, como contratar camiones o coches, o carros en otras épocas, resultaba muy caro, se recurría a los paseantes de cadáveres.
Luo Tianwang relata que en una ocasión se topó, junto con un amigo, con un par de paseantes. Uno iba delante, vestido con una túnica clara y llevaba un farolillo de papel blanco en una mano, para iluminar el camino hacia el cielo y una cesta con dinero falso en la otra, que iba tirando por los aires cada tanto. Al parecer, el dinero era para sobornar a los fantasmas que custodian el alma cadáver, para que no le cierren el paso hacia el cielo. Curiosos fantasmas que reclaman que se les pague, pero aceptan dinero falso. Los griegos y los romanos colocaban pequeñas monedas de poco valor, los óbolos, sobre los ojos, bajo la lengua o entre la ropa de los muertos, para que el difunto pudiera pagar a Caronte el barquero, para que le llevara en su barca a través del rio Aqueronte. Pero las monedas, aunque de valor no muy elevado, eran dinero auténtico. Aquellos que no disponían de las monedas podían tener que esperar hasta cien años, hasta que Caronte accedía a llevarlos gratis.
Detrás del primer paseante iba el segundo, cubierto hasta los pies por una túnica negra, bajo la que se ocultaban tanto el paseante como el cuerpo del difunto. Teniendo en cuenta que el viaje era a veces de cientos, o incluso miles de kilómetros y podía durar meses, o años, se comprende que era una profesión agotadora y que habitualmente actuaran en parejas, para ir alternándose en el papel de abrir el camino con el farol blanco y lanzando dinero (falso) y en el de acarrear al muerto bajo la túnica negra. Quien quiera conocer toda la peripecia de los sufridos paseantes deberá leer el libro Liao Yiwu, libro amenísimo, de lectura absolutamente recomendable, titulado “El paseante de cadáveres. Retratos de la China profunda”.
Leyendo este episodio me vino la idea de que los ciudadanos europeos quizás deberíamos, después de las próximas elecciones al parlamento europeo, contratar a unos paseantes de cadáveres para que acompañen a su casa a esos cadáveres políticos que son el, por desgracia, aun presidente de la comisión europea, el Sr. Durao Barroso y algunos de los actuales comisarios, especialmente la alta representante de la Unión Europea para asuntos exteriores y política de seguridad, la Sra. Catherine Ashton, a fin de que sus almas políticas regresen a casa y no se conviertan en almas desplazadas que puedan tener la tentación de intentar volver a la vida política europea y castigarnos de nuevo con su insulsez y su inoperancia.
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