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Mi relato sobre el estado del mundo

Por Pep Ignasi Aguiló
martes 19 de abril de 2022, 06:00h

Antes de empezar debo pedir disculpas a los amables lectores, porque hoy les presento un artículo algo más largo de lo habitual. Si bien creo que cualquier idea se tiene que poder expresar con una extensión de poco más de un folio, en esta ocasión, la narrativa más variada que pretendo tiene que tener una extensión algo mayor.

Hace poco más de una generación se retomó un proceso de mundialización interrumpido por los grandes desastres del siglo XX. Un proceso que nos venía bien a todos, al mejorar la vida de la mayoría. El mundo de los negocios supone la existencia de espacios comunes que no dependen de la ideología, así que, en ese ámbito, los bloques no existen. De esta forma, muchos pobres pudieron abandonar la pobreza, mientras que los países ricos tuvieron suficiente como para compensar a los escasos perdedores del proceso. Una sensación de euforia y de haber dejado atrás los seculares problemas de la humanidad que lo invadió todo.

Pero llegó la crisis de septiembre de 2008. La 'exuberancia irracional' iniciada con el siglo nos mostró cómo buena parte de la producción de bienes se había desplazado a China y algún otro país asiático, mientras que en Occidente nos dedicamos a los servicios, en especial a los servicios públicos, y también a los financieros. Ambos sectores, al atraer a las élites que no encuentran acomodo en la desplazada producción de bienes, alimentaron sendas burbujas económicas, que finalmente acabaron por estallar.

La primera reacción ante esa Gran Depresión de hace 14 años fue afrontarla de una forma diferente a como se hacía en el pasado. Se quería mantener el valor de las principales monedas, en especial del casi recién creado Euro. Un enfoque que obligaba a tener que realizar los ajustes y las reformas necesarias para fundamentar una sólida recuperación. Es decir, para enganchar la globalidad desde una mejor posición.

Simultáneamente, se comenzó a tejer una nueva religión laica con vocación de universalidad basada en el medio ambiente, la alimentación sana, el feminismo y el consumo responsable. Tenía, y continúa teniendo, la misma misión que el resto de creencias religiosas. Etimológicamente, la palabra 'religión' proviene del latín; el prefijo 're-' indica intensidad, mientras que el verbo 'ligare' significa ligar o amarrar. Es decir, 'religión' es la acción de ligar fuertemente. En este caso, tratando de unir al total de la humanidad. Así mismo, como todas las demás, la nueva promete un paraíso en la propia tierra, aunque, también como las demás, lamentablemente, cuenta con sus Torquemada y Savonorola que pretenden evitar desvíos.

Sin embargo, como siempre ha ocurrido en la historia de los gobiernos, afrontar reformas profundas se volvió una tarea casi imposible. La resistencia para mantener el statu quo siempre ha sido la tónica social general. Además, las transformaciones propuestas hace una década afectan, en buena medida, a las élites con poder de los sectores públicos, así como a toda su constelación de sectores orbitales. A todo ello hay que añadir que la acción político-electoral había ido configurando identidades territoriales y sectoriales que diluían el concepto de 'bien común'.

La resistencia al cambio llegó al extremo de poner en riesgo el gran proyecto europeo de la moneda común. Por ello, en 2012, Mario Draghi, en teoría un gris y discreto funcionario, se convierte en el gran líder salvador del Euro, una moneda nacida como la más importante contribución europea a la prosperidad compartida y democrática. Por supuesto, sus palabras iniciales (“Haré lo que sea necesario”) tuvieron un corto recorrido, así que, al poco tiempo, se inicia la expansión monetaria que antes se había querido evitar.

Como en aquel momento el proceso de mundialización todavía estaba en marcha, avanzando en la especialización internacional del trabajo, la inflación no hizo su aparición, pues el exceso de dinero se compensaba con las mejoras globales de productividad. Sin embargo, con los nuevos billetes en las arcas de los gobiernos, las reformas se detuvieron, o incluso en algunos casos se puso la marcha atrás. La magia monetaria pareció dar la razón a las formaciones políticas de tipo populista iliberal que consideran, de manera infantil, que la realidad es lo que uno desea, y que, por tanto, la economía se puede configurar a voluntad.

Trump, en Estados Unidos, con un programa aislacionista que aquí se podría considerar nacionalista, y el Brexit, en la Gran Bretaña, son claras pruebas de ello. Aquí, en nuestro país, los sempiternos nacionalismos y Podemos consiguieron seducir a una parte de los sectores de pensamiento más tradicional. De esta manera, la recuperación a la crisis del 2008 se acabó cerrando en falso. La economía de gran parte de los países occidentales, y por supuesto de España, se sustentaba en pilares claramente débiles en 2019.

Con esto, la mundialización nos trae una extraña e impensada sorpresa, pues si bien todos sabíamos que una pandemia era posible (de hecho, ya se habían producido varios avisos) lo que no sabíamos era que íbamos a combatirla al estilo chino, con confinamientos masivos y, por tanto, con suspensión de los sacrosantos derechos constitucionales.

El virus SARS-CoV-2 aparece en China, un país de tradición colectivista, gobernado por autoritarios jerarcas comunistas, que no dudan en aplicar su idea de 'contagios cero' a costa de llevar a cabo una hipervigilancia policial que incluye las nuevas tecnologías electrónicas.

La imitación del autoritarismo por parte de los dirigentes de las democracias occidentales pone de manifiesto una cara desconocida de la globalización: el aumento del control estatal de la población, bien de forma directa, o bien a través del manejo de los modernos medios de comunicación, la propaganda y la difusión interesada de opinadores a sueldo.

Una situación que eleva a los principales puestos de mando a políticos dispuestos a prometerlo todo, a considerar que el poder del estado no tiene límite. Así, las 'máquinas de imprimir dinero' funcionan a pleno rendimiento mientras la producción real de bienes casi desaparece por completo. El resultado no puede ser otro que una creciente inflación que, más pronto que tarde, nos va a pasar una dolorosa factura.

Por su parte, los bancos centrales ya habían perdido buena parte de su reputación cuando, durante la crisis del 2008, mostraron una flagrante incompetencia a la hora de supervisar las operaciones financieras de mayor riesgo, muchas veces en manos de los propios gobernantes, como fue el caso de las cajas de ahorro españolas. Ahora, quizás, pueden perderla definitivamente ante su incapacidad de cumplir su mandato esencial de preservar la fortaleza y credibilidad de sus monedas, esto es, el patrimonio de los ahorradores. El trasiego de políticos encumbrados como directivos de las instituciones prestamistas de último recurso no contribuye a mejorar su credibilidad.

Para colmo de males, se promete a la población una rápida recuperación gracias a una lluvia de millones recién impresos en forma de fondos que transformarán la economía en beneficio de todos, aunque repartidos siguiendo exclusivamente los mandamientos de la nueva religión laica. Sin embargo, el grueso de la población lo único que percibe es un paulatino y continuo empobrecimiento. ¡Ahora sí que la globalización tiene una cara negativa!

La guerra de Ucrania es el episodio definitivo. La vieja promesa de que cuando las mercancías cruzan las fronteras no lo hacen los soldados se ha desvanecido. Ya no nos podemos calentar con el barato gas ruso. Tampoco China puede fabricar eficaces chips con tecnología occidental. Ahora entendemos el abandono a los demócratas afganos.

Ha resultado que, desde hace un tiempo, las democracias occidentales son incapaces de exportar sus valores. Ya no los defienden ni en sus sistemas educativos, ni en la producción de sus películas populares, y, a veces, ni tan siquiera en sus universidades. Es increíble, pero ha acabado resultando que quien sí estaba en condiciones de difundir su modelo eran los sátrapas del mundo.

Occidente, debilitado por sus nuevas formas de pensamiento, las cuales incluyen la malhadada corrección política, se está intentando encastillar en sus propios límites aún a costa de romper la senda de prosperidad asociada a la mundialización. Será un encastillamiento híbrido, con contactos e intercambios con el otro gran y heterogéneo bloque, pero con fortalezas militares defendiendo sus fronteras y con controlado intercambio cultural.

Puede ocurrir que esta nueva confrontación de bloques nos lleve a recuperar los genuinos valores característicos del humanismo occidental, aquellos que alumbraron a las prósperas democracias que consiguieron superar la secular pobreza de la humanidad. Sin embargo, esa recuperación, si se produce, requiere que las masas se alejen de los fantasiosos populismos, un proceso que necesariamente requiere tiempo.

De momento, me temo, nos esperan tiempos de melancolía, tiempos de pérdida, tiempos de reconocer que, aunque la realidad no nos guste, no podemos escapar de ella.

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