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Mientras hay tiempo, se vive

Escribo estas líneas como periodista, pero sobre todo como alguien que compartió vestuario y amistad con Xisco Quesada. Hoy, 14 de febrero, no quiero hablar solo de su enfermedad. Quiero hablar de lo que hizo con ella. Quiero hablar de deporte. De valores. De vida.

A Xisco le dijeron que tenía un cáncer terminal. Le pusieron fecha al final. Y él decidió hacer algo que muy pocos se atreven a hacer: contarlo. Enseñar el proceso. Mostrar el dolor, el miedo y también la esperanza. Sin postureo. Sin victimismo. Con verdad.

Sabía que estaba en el minuto 90 y que el marcador iba 0-3. Sabía que quedaban apenas tres minutos de descuento. Pero quiso jugar esos minutos como si la remontada fuera posible. Meter el 1-3. Y luego el 2-3. Y, por qué no, soñar con el 3-3. ¿Cuántas veces pasa algo así? Casi nunca. Pero mientras hay partido, se juega. Y él lo jugó hasta el último segundo.

Eso es el deporte. Eso es la vida.

Si hay vida, hay esperanza. Y si hay minutos, hay que disputarlos con honor. Con ganas. Porque quizá sean los últimos. Y precisamente por eso.

Ayer la iglesia estaba llena. Padres, madres, amigos, compañeros de equipo. Soldados. Sí, soldados. Se lo dije a un amigo al llegar al trabajo: parecíamos soldados que se reencuentran tras la batalla. Esa es la unión de un vestuario. Esos códigos invisibles que solo entiende quien ha formado parte de un equipo.

Xisco creía en lo que un entrenador nuestro llamaba el “equipo C”. No el equipo A de las estrellas, sino el equipo de las palabras que empiezan por C: compañerismo, carácter, corazón, cabeza, cojones, cariño. Y sí, también calidad. Pero sin las otras, la calidad no sirve de nada.

En un vestuario se dicen verdades incómodas. Se acepta el rol. Se compite. Pero todo para unir, no para dividir. La crítica es para mejorar, no para destruir. Se celebra el éxito del otro aunque compita por tu puesto. Se entiende que lo importante es el grupo.

Ahí está el ejemplo de la selección española en el Mundial de 2010. Pepe Reina, Víctor Valdés e Iker Casillas eran tres porteros de élite compartiendo banquillo y protagonismo. La prensa hablaba de tensiones. Ellos hablaban de unidad. De aceptar el rol. De empujar en la misma dirección. Así se construyen los equipos campeones.

Xisco era eso. Nunca lo vi quejarse por su situación en el campo. Si algo no salía, buscaba cómo mejorar. Pedía consejo. Miraba hacia dentro antes de señalar fuera. Cuando le anunciaron su cáncer, hizo lo mismo: decidió competir. A su manera, pero competir.

Y lo hizo compartiendo. Miles de personas que no lo conocían en persona se sintieron unidas a él. Unidas a su verdad. Y gracias a ello, a su forma de entender la vida, recibió cariño a raudales. Porque cuando das sin esperar, algo se mueve.

En una sociedad crispada, dividida, saturada de ideología y de ruido, el deporte nos recuerda algo básico: sin unión no hay equipo. Podemos pensar distinto, pero debemos aprender a escucharnos. Siempre hay algo que aprender del otro. Siempre hay una parte buena que rescatar.

Nos falta más vestuario y menos trinchera. Más solidaridad real y menos discurso. Más aplausos al rival cuando lo merece. Más abrazos. Más llamadas devueltas. Más vecinos que se escuchan. Más amigos que acompañan en silencio.

Xisco no fue ingenuo. Fue valiente. Nos enseñó que el “para qué” es más poderoso que el “por qué”. El porqué a veces no tiene respuesta. El para qué te obliga a mirar hacia adelante. ¿Para qué sigo? Para vivir lo que queda. Para querer mejor. Para sumar.

En los últimos meses he perdido a dos amigos. La vida golpea. Y duele. Pero también deja lecciones. La de Xisco es clara: mientras haya aliento, se compite. Mientras haya equipo, nadie está solo.

El dinero, el estatus, las etiquetas… todo eso es secundario. Lo esencial es entender que somos personas. Que todos tenemos valor. Que no se trata de ser mejores que nadie, sino de ayudar a que el equipo funcione.

Médicos, profesores, policías, periodistas, políticos, albañiles, ingenieros… cada uno desde su parcela puede sumar. A veces estaremos frustrados. A veces no podremos ayudar. Pero si estamos en posición de hacerlo, hagámoslo. Mañana podemos ser nosotros quienes necesitemos ese empujón.

Xisco jugó el descuento sin bajar los brazos. Nos recordó que el deporte no termina en el campo. Que el verdadero marcador está en cómo tratamos al de al lado. Que la crítica se escucha, que el ego se controla, que el grupo está por encima.

Gracias por estar. Gracias por vivir. Gracias por enseñar que incluso en el minuto 93 se puede correr como si el partido acabara de empezar.

Ojalá sepamos aplicar esos valores fuera del campo. Ojalá sepamos ser, cada día, un poco más equipo C.

Yo, al menos, lo voy a intentar.

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