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Noche de lluvia en Madrid

sábado 15 de junio de 2019, 02:00h
A principios de los años ochenta, hubo en nuestro país un excelente grupo de música pop llamado Los Modelos, que, a pesar de su gran calidad, tuvo una vida muy efímera, de apenas dos años. Sus componentes eran Guillermo Pérez de Diego, Ramón Garrido, Casilda Fernández, Patxi San Vicente y Sergio Rodríguez. Aún guardo en casa el único mini LP que se editó entonces con sus mejores temas, con canciones tan hermosas y tan melancólicas como «Tenemos que hablar otra vez», «Las gafas negras», «El perdedor» o «Noche de lluvia en Madrid».

De todas ellas, «Noche de lluvia en Madrid» era una de mis favoritas, seguramente porque reflejaba muy bien la nostalgia y la soledad que podemos llegar a sentir en una gran ciudad, incluso aunque en ese momento seamos muy jóvenes y tengamos apenas veinte años. Además, en los años ochenta yo soñaba con poder ir un día a vivir a la capital de España y empezar allí una nueva vida. Y «Noche de lluvia en Madrid» reflejaba muy bien cómo imaginaba yo que podrían llegar a ser algunas de mis posibles noches futuras en mi hipotético nuevo destino.

Serían noches con las calles mojadas por la lluvia, prácticamente desiertas. En esas calles se reflejarían al mismo tiempo el ámbar intermitente de los semáforos, los neones de los pequeños cafés y la tenue luz de las farolas decimonónicas del Madrid romántico. En esas calles se reflejarían también, en cierto modo, la tristeza de las grandes ciudades y una cierta sensación de desamparo personal, que en esas horas nocturnas suelen ser algo mayores que en cualquier otro instante del día.

Esas sensaciones tan concretas era posible experimentarlas también entonces en Palma, cuando en las tardes o en las noches de lluvia paseábamos por el Paso Marítimo o por la zona de Gomila. Soñábamos entonces con que algunas personas no del todo definidas aún quisieran conocernos, para tomar primero un café y pasar luego toda la noche hablando, hasta la madrugada, para que quizás pudieran llegar a percibir que podíamos ser alguien que valía de verdad la pena.

Los sueños o las ensoñaciones de ese tipo muy rara vez llegaban a cumplirse o a hacerse realidad, esencialmente porque en el fondo los solitarios solíamos ser siempre solitarios. Quizás esa era una de las principales razones por las que nos identificábamos tanto con las canciones que nos hablaban de amores difíciles, de ilusiones más bien algo perdidas o de anocheceres lluviosos en una ciudad que no era la nuestra. «Es una noche de lluvia en Madrid,/ no tenemos sitio a donde ir./ Todas las puertas están cerradas,/ nadie atiende a nuestras llamadas/ y los teléfonos no dejan de comunicar». Tantos años después, en esa lejana ciudad soñada quizás todo siga siendo aún así.
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