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¿Nucleares? ¡Pues claro!

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A propósito de la posible reactivación de la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos), se está reabriendo el viejo y cansino debate entre partidarios y detractores de la energía atómica de fisión, coincidente con un incremento salvaje de las tarifas eléctricas, en parte motivada por un demencial sistema de cálculo del precio del Kw/h, en el que, cuando la demanda es más elevada –es decir, cuando es más necesaria-, los operadores atracan al personal a punta de recibo, y en parte, también, por nuestra dependencia de combustibles fósiles, el 99,5% de los cuales son importados.

España fue, hasta bien entrados los años setenta una potencia en materia de energía nuclear e hidroeléctrica. Y digo fue, porque la modernez nos trajo el rechazo ideológico a la construcción de nuevas centrales, símbolo del modelo energético del odioso capitalismo, aunque en la vieja URSS también las hubiera, para desgracia de ucranianos, por cierto. Este discurso antinuclear, paradójicamente, lo que ha conseguido en nuestro país ha sido contribuir decisivamente al incremento exponencial de la emisión de gases de efecto invernadero, -que las nucleares y las centrales hidroeléctricas no producen-, pues no hay alternativa económica a esas fuentes, con lo que, a la postre, los antinucleares han logrado coronarse como los tontos útiles del cambio climático. A menudo pienso –y alguna evidencia tengo- que muchos grupos proclamados verdes son financiados, en realidad, por poderosos lobbys energéticos, que, bajo el pretexto y la cobertura de la lucha de los ecologistas por extender las energías ‘alternativas’ más estrambóticas, consiguen seguir vendiendo carbón, gas y fuel para continuar quemándolos en calderas que elevan a la atmósfera toneladas de gases tóxicos cada día.

Un ejemplo sorprendente lo tenemos bien cerca. Si alguien plantease abrir una central atómica de bolsillo de Mallorca a buen seguro se iba a armar la de San Quintín. Ahora bien, cuando Endesa construyó –tras desmontar Sant Joan de Déu- la central térmica de Cas Tresorer a escasos metros, no recuerdo a un solo ecologista mallorquín que fuera a manifestarse a organismo alguno, ni ningún comunicado beligerante del GOB declarando la guerra al Govern y a la empresa explotadora. Se la tragaron enterita.

Por supuesto, los ecologistas se oponen también, por diversos y pintorescos motivos, a la energía eólica –porque es peligrosa para las aves y tiene un evidente impacto visual- y, asimismo, a los proyectos de centrales solares, porque consumen territorio y tienen también su impacto estético. Al final, a lo único que no se oponen los ecologistas –o lo hacen solo de boquilla-, es al petróleo y sus derivados. Curioso, ¿no?

A todo esto, España consumió el año pasado 6.000 Gw/h importados, fundamentalmente de Francia y Portugal. Con Francia, de hecho, tenemos una conexión de ida y vuelta. Nosotros nos tragamos el humo y ellos nos compran Kw/h. Fastuoso. La energía francesa que adquirimos es, por el contrario, de origen nuclear. Así, basta pasearse un poco por el sur de nuestro vecino del norte para comprobar que está sembrado de centrales atómicas. Imagino que los ecologistas deben creer que, si hubiera un accidente fatal en una central gala, las perniciosas radiaciones no traspasarían la frontera española; por respeto a su lucha, digo. Porque, si realmente no lo creen, es que definitivamente los españoles somos gilipollas de nacimiento.

Nuestro país padece los efectos de un parón nuclear ideológico y antieconómico, fruto de una izquierda mamporrera e irreflexiva y de una derecha acomplejada. Si en lugar de plantearnos ir cerrando centrales, hubiéramos construido en los últimos treinta y tantos años diez o doce de las de última generación, probablemente ahora volveríamos a ser exportadores netos y dejaríamos de depender del carbón sudafricano, del gas argelino y ruso, y del petróleo saudí o nigeriano.

Las nucleares son limpias y extremadamente seguras, y con una gestión inteligente de sus residuos –su único ‘pero’- altamente rentables en términos de beneficio social.

Lo que ya no es tolerable es seguir manteniendo la demagogia basada en prejuicios y apriorismos ideológicos sobre la energía nuclear y, a la vez, hablar de pobreza energética y de lo caro que está el recibo de la luz para el ciudadano medio.

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