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¡Pena,penita,pena!

miércoles 01 de mayo de 2019, 02:00h

Siento una pena que da como para una inmensidad inmensa. ¿Ustedes creen que es normal que un servidor, a día de hoy, cuando las elecciones generales todavía están calentitas, tenga que esperar una semana (¡una eternidad eterna!) a que comience la nueva campaña electoral correspondiente a las nuevas elecciones municipales y europeas y, en muchas comunidades, autonómicas? ¿Ustedes creen que hay derecho a que durante una semana, ¡una semana, que se dice pronto!, tengamos que resignarnos al más puro vacío, sin políticos berreando por las calles y mercados de nuestras ciudades, sin anuncios televisivos sobre, básicamente, la pedagogía que muestra “¡qué cabrones que son los otros!” y, aun por encima, evitarnos -como en la época de la censura más estricta- el acto estelar del debate electoral? ¡No vamos bien!

A mi -que no me gana casi nadie en chulería y desparpajo- no hay dios que me pueda privar, así como así, por pelotas, con perdón, del follón político y mediático que envuelve el largo preludio de unas elecciones, sean de lo que sean, que esto es lo menos importante. Reconozcan que el largo y ancho período electoral (desde la “Anunciación”... de los comicios, quiero decir... hasta la “metida”... de los sobres en las urnas), viene a representar un tiempo feliz, sosegado, apacible, placentero, reposado, manso, suave, plácido y no sé cuantos adjetivos más, que uno es limitado y, a veces -como ahora cuando estoy tristón- no doy la talla.

Para mi pleno disfrute durante las campañas, necesito, fervientemente, que los candidatos presentados por los partidos (o divididos, que se parece mucho) no sean más que meros monigotes, intelectualmente hablando, claro está; o, por lo menos, el ochenta por ciento de ellos. Ésta, para mi, es una condición sine qua non para que el invento funcione y la comedia cumpla todos, o casi todos, sus objetivos principales: que el vulgo, la chusma, el pueblo se lo pase pipa con ellos y que no deje, ni un solo minuto, de partirse la boca machacándose de risa por los suelos o por las moquetas; y hasta en la ducha, si cabe (porque hoy, gracias al progreso, hasta los pobres de asean convenientemente).

Será muy difícil de superar, se lo aseguro, el nivel global de los últimos candidatos españoles que han actuado en las recientes elecciones generales. Su intervención, en todo momento, ha tenido una trayectoria fabulosa (jamás vista) y ha llegado a tener puntas de una brillantez escandalosa. El nivel de ridículo alcanzado no había sido nunca superado en ningún otro lugar del planeta. Lo grotesco de sus participaciones en mítines y otras melodramas en toda clase de coliseos no han tenido rival. Ahora bien, donde la espuma del esperpento ha sumido al pueblo en sollozos de alborozo y regocijo, con generosas risotadas incluidas, ha sido durante los dos debates, dos, celebrados en televisiones de ámbito estatal. Los contendientes definieron y esclarecieron sus correspondientes programas electorales y, todos juntos, debatieron -con una educación anglosajona y una oratoria modelo Conde de Romanones, aquel que propuso introducir como preámbulo de la Constitución la frase: “es español todo aquel que no puede ser otra cosa” (sic)-, debatieron, decíamos, sus respectivas propuestas, polemizando con profundos argumentos y sin jamás pisarse el uno al otro con frases malsonantes o groseras. Los debates fueron un modelo de elegancia humana; claro, gente con tanta instrucción y formación intelectual no podían haber actuado de otra guisa. La verdad es que daba gusto verlos y, sobre todo, oírlos. Un dechado de finura y distinción. Digo yo que, siendo personas que pugnan y compiten por el noble objetivo de ejercer el poder público al servicio, siempre, de los ciudadanos, se les debe notar que son gente de clase, personas con estilo, con gracia y distinción, con gusto y gentileza. Lo que no podría ser, de ninguna manera, es que, frente a las pantallas de los televisores, hubieran aparecido cuatro pazguatos, cuatro papanatas (digamos que cinco, con el que se quedó en el sofá de su casa reconquistando España)) que hubieran tenido una actuación zafia, un comportamiento ordinario, una conducta cateta y chabacana, grosera e inculta. No. Eso no hubiera pasado nunca; el pueblo llano no hubiera tolerado -bajo ningún concepto- un proceder de esta calaña por parte de unos dignos representantes del poder popular; gente que deben estar a la altura de sus circunstancias. Hay que pensar que uno de ellos (si no dos o más coaligados) tiene muchas posibilidades de triunfar y ser elegido el máximo mandatario de un país llamado España, un país de una indisolubilidad a prueba de constituciones e historias pasadas; un estado igualitario, con sus resortes administrativos de una incorruptibilidad más que demostrada. “España, ¡ahí es nada!

Me falta el aire cuando veo que me tengo que resignar durante esta próxima semana a convivir con mis conciudadanos sin que la clase política, impoluta e impecable ella, aparezca continuamente en mi vida privada y me distraiga con sus ocurrencias tan cachondas y graciosas, en suma.

Y, por favor, un ruego: adelanten ya las próximas generales, a poder ser, para el mes de julio de este año. No fuera que lleguemos tarde...

¡Que ustedes lo pasen bien!, votando, claro.

Ellos, la clase política actual, se lo merece. ¡Lo dan todo!
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