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Del perdón

martes 09 de noviembre de 2021, 07:00h

Muchas veces la solución a un problema empieza reconociendo lo errado que uno se encontraba y, acto seguido, para enmendar la equivocación, pedir perdón al ofendido. Todos reconocemos a diario que nos equivocamos y que el error forma parte de la vida; lo que no forma tanto parte de la vida es la disculpa.

Ante el escenario de la disculpa nos encontramos ante dos posibles situaciones. La primera es la de la persona generosa, gentil y amable que le quita hierro al tema y niega la ofensa, en cuyo caso uno se siente de verdad reconfortado y pone en valor la estima de la persona a la que cree haber ofendido.

La segunda posibilidad es la de aquella persona que, receptora de la petición de perdón, no se da por aludida. Se limita a no contestar. El solicitante se queda en el limbo, pues, por una parte, te disculpas pensando que has ofendido a alguien, pero ese alguien no te da ni la hora.

Esta situación es decepcionante, pues ante el esfuerzo de la petición de perdón la respuesta es la del desprecio más absoluto. En ese caso. el que no contesta, quizás, solo quizás, debería disculparse por su grosería de ni siquiera responder. Esta situación la comparo con frecuencia a la confrontación entre la humildad y la soberbia.

Existe también una clase de persona ante la que no hay que disculparse. Ahora las llaman personas tóxicas, gente que te rodea por algún interés confesable o inconfesable y que lo único que quiere es sacar tajada de lo que sea, por muy miserable que sea ese supuesto beneficio.

El perdón, pedir perdón, hacerlo después de una reflexión y llegar a la conclusión que con tu comportamiento has o puedes haber ofendido a alguien, es un acto de generosidad que hace mucho bien a las personas, más a quien lo pide que a quien otorga el perdón. Implica madurez, buen corazón, autocrítica y bondad de espíritu.

Nada tiene que ver con la religión, si bien en los cristianos católicos lo tenemos como una práctica habitual frente a los cristianos protestantes, que entienden que el perdón, el derecho a equivocarse, no existe, por no hablar de los practicantes o defensores de la ley del talión; ya saben, ojo por ojo, diente por diente. Cuando hablamos desde las vísceras pedimos la aplicación de esta última ley.

Hoy en día, por desgracia, se vienen produciendo demasiados crímenes macabros que no responden a una lógica humana de una persona cuerda; violaciones grupales, asesinatos después de violaciones, desapariciones de cadáveres, y es ahí cuando nos sale nuestra rabia visceral y pedimos penas de muerte o permanentes sin libertad alguna.

Probablemente es lógico, pero, por otra parte, nos hemos dado unas leyes para regular de forma intelectual, que no visceral, las relaciones sociales. Aunque también les digo que entiendo a la persona víctima o padre de la víctima que pide el talión; quizás haría lo mismo, pero sé que de mi sed de venganza me arrepentiría.

Nunca me he tenido por ejemplo de nada ni de nadie, salvo de mis hijos, pero les aseguro que pedir perdón es algo tremendamente satisfactorio; intento hacerlo a diario, si he ofendido a alguien, y me llena de alegría, de gozo, que me perdonen. Que entiendan mis defectos y valoren mis virtudes. Creo que esta sociedad sería un poco mejor si todos pidiésemos perdón y lo concediésemos a quienes nos han ofendido. Estaríamos más ligeros de equipaje.

En mi vida creo que no hay nadie a quien no perdonase, a pesar de las cicatrices que ya lleva uno. Los que más graves ofensas me han hecho nunca lo reconocerán, están vinculados a cuestiones miserables del mundo de mi trabajo, y es a ellos a quienes les debe pesar lo que han sido capaces de poner negro sobre blanco. Afortunadamente, el tiempo es el mejor juez y nos pone a todos en nuestro sitio.

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