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Pesimismo, una posible solución

miércoles 24 de junio de 2020, 02:00h

Soy pesimista “de mena” tal y como se representa en catalán; es decir, me considero un pesimista vital, un pesimista de oficio, casi un auténtico profesional. Los pesimistas salimos como perdedores, con lo cual, en nuestro estado de ánimo, figura la posibilidad de llegar a un punto de éxito si nuestro negativismo activo se quiebra y -por azar o cualquier otra circunstancia- nos encontramos con una sorpresa positiva que nos revive de nuestras desgracias y nos lo pone “mejor” de lo que pensábamos en un principio.

Por contra, los que se autoadmiten como optimistas, salen a ganar y -tantas veces- su frustración alimenta situaciones de desengaño que se representan en forma de frustración. Ellos arriesgan más y, normalmente, tienen peor perder; pierden su esperanza y su inicial pronóstico.

Creo -sin demasiados remilgos ni consideraciones científicas- que la pandemia provocada por el maligno virus denominado Covid 19 no se ha marchado completamente. Es y existe, todavía. Y no ha llegado para largarse con viento fresco. Los pesimistas somos, de serie, de fábrica, algo miedosos; por lo menos, algo precavidos. La cosa es muy seria y no se puede frivolizar así como así. Y, lo siento, pero estoy convencido de que se está dejando de la mano de Dios (y disculpen la fraseología poco laica) y que se está intentando diluir su gravedad en aguas poco profundas.

En el término final del tan cacareado estado de alarma, las autoridades políticas -y en su remolque , las sanitarias- han apelado a la responsabilidad individual para seguir haciendo frente al peligro de los posibles rebrotes del ataque vírico. Antes de este anuncio solemne (el de la responsabilidad individual) el poder gubernativo había recurrido a la responsabilidad colectiva. Ciento cuarenta mil denuncias han sido registradas durante el período de confinamiento. Ahora resulta que se está pidiendo una especie de indulto para que estos ciento cuarenta mil imbéciles queden bajo el manto de la impunidad después de haber quebrado las mínimas normas de seguridad y haber podido -con su estupidez consumada- infectar a miles de personas inocentes. Sí, el pueblo en casi masa se ha portado correctamente, con sus actuaciones cumplidoras y sensatas, motivo por el cual, se debe sancionar a los faltones y desobedientes peligrosos con la sociedad en general. De manera que -por mi que no quede- soy partidario de multar ferozmente a la tropa de salvajes que, conscientemente (no será por la propaganda masiva) se han saltado a la torera las mínimas normas de convivencia; ¡que paguen!

La responsabilidad suele ir acompañada de la individualidad. La masa -como conjunto social inerte- no tiene responsabilidad, como no tiene, tampoco vergüenza, ni sentimientos, ni nada de nada. No hay más que ver el comportamiento social de los espectadores de un campo de fútbol o de los participantes en cualquier revolución callejera. Hay pasión sí, pero colectiva. El individuo queda anulado por el fragor de cualquier multitud enardecida. Eso ha sido así desde los tiempos de Catón el Viejo.

Pienso que la pandemia no se ha marchado y, en cuanto pueda, volverá a mordernos con ferocidad extrema. La seguridad se ha ido al carajo y, en cualquier momento, podríamos necesitar su vuelta inmediata. Si ésto no fuera de este modo, me sentiré alegre y reconoceré que mis dosis de pesimismo han sido excesivamente alarmantes e innecesarias.

Cuando escribo estas lineas y, a falta de tres días para la celebración de la verbena de San Juan, una gran cantidad de energúmenos provocan vertiginosos estallidos de petardos innecesarios y a destiempo.

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