La retirada, en el caso de Rafa Nadal, no ha sido un final: ha sido un cambio de ritmo. Un año después de despedirse del tenis profesional, el mallorquín habla de paz, de esfuerzo y de una idea poderosa: no siente que se haya perdido nada esencial. En su conversación reciente en Universo Valdano y en otras intervenciones, Nadal dibuja una vida que vuelve a orbitar en torno a Mallorca, la familia y un legado que ya no necesita pista para imponerse.
Nadal anunció su retirada en 2024 y situó su última gran cita en la Copa Davis, cerrando así una carrera histórica en sus propios términos. Ahora, un año después, el mensaje no suena a nostalgia amarga, sino a aceptación: se fue “en paz” porque sentía que ya no quedaba combustible que exprimir.
Lo interesante es el matiz con el que explica su trayectoria. Nadal insiste en que ha hecho “grandes esfuerzos”, pero “sacrificios, pocos”, porque disfrutaba de lo que hacía. En un mundo que romantiza el sufrimiento como peaje del éxito, esa frase abrillanta otra lectura: su disciplina no nacía del castigo, sino de una elección sostenida.
Mallorca siempre estuvo en el relato de Nadal —Manacor como origen, la isla como refugio—, pero la retirada ha reforzado ese vínculo hasta convertirlo en rutina. La vida ya no se mide por aeropuertos y cambios de huso horario, sino por un calendario más humano, con retornos constantes a la isla.
La Rafa Nadal Academy by Movistar, en Manacor, funciona como una extensión natural de su carrera: formación, alto rendimiento y una proyección internacional que no depende de que él compita. La propia institución presenta sus instalaciones y programas con una lógica cada vez más amplia (deporte, eventos, campus, proyección global). En clave Baleares, esto tiene una lectura clara: el legado de Nadal no es solo memoria deportiva, también es motor cultural y económico, con una propuesta que atrae talento y visitantes durante más meses del año.
Si hay un cambio visible, es el foco. Nadal y Mery Perelló han ampliado la familia: en agosto de 2025 dieron la bienvenida a su segundo hijo, Miquel, según informaron medios españoles y de crónica social. Ese dato no es un detalle “rosa”: es una coordenada vital que explica la reordenación de prioridades. Cuando tu vida deja de ser una temporada infinita, la intimidad deja de ser un paréntesis y se convierte en el centro.
En el imaginario lifestyle, Mallorca aparece aquí como escenario perfecto: una isla donde se puede bajar el volumen sin desaparecer, donde la calma tiene forma de mar en invierno y de luz dorada en otoño. Y Nadal, sin necesidad de grandes titulares, parece abrazar esa versión de sí mismo: menos épica, más presencia.
La retirada también es esto: dejar de vivir “para llegar” a un torneo. Nadal no oculta el desgaste que llevó a su adiós —y su propia forma de contarlo insiste en que el final no llegó por falta de amor al tenis, sino por límites físicos. La gran transformación es que el cuerpo ya no está al servicio del calendario, sino de la vida diaria: moverse, estar bien, sostener el ritmo familiar, disfrutar sin la presión de la forma perfecta.
En 2025, el nombre de Nadal ha seguido creciendo… incluso sin raqueta. Roland Garros anunció y celebró un gran homenaje en pista, reconociendo su historia incomparable en París. Y, además, Felipe VI le concedió un título nobiliario: Marqués de Llevant de Mallorca, un reconocimiento que vincula su figura directamente con su lugar de origen y residencia.
Aquí el guiño a Baleares es literal: la isla se convierte en apellido simbólico del campeón, en una etiqueta institucional que traduce en honor público lo que ya era orgullo popular. Para el relato de marca “Mallorca”, no hay embajador más transversal: deporte, disciplina, prestigio internacional y una estética de sobriedad que encaja con el lujo tranquilo del Mediterráneo.
La retirada suele contarse como vacío. En Nadal, se cuenta como plenitud distinta. Su discurso se ha desplazado: de ganar a cuidar; de competir a construir; de demostrar a compartir. Y eso, en 2025, conecta con un público que busca modelos de éxito menos ruidosos y más sostenibles en lo emocional.
Porque quizá esa sea la verdadera noticia: el mito no se apaga; simplemente cambia de luz.
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