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Reciclaje vital

Por Jaume Santacana
miércoles 05 de octubre de 2022, 04:00h

Cuantas y cuantas veces he pensado en lo que hubiera o hubiese hecho, en el apasionante caso de que mi vida se hubiera o hubiese desplazado por otros derroteros que los que me ha tocado vivir.

Una de las cosas que, en la próxima vida, si Dios quiere, cumpliré a tope, será la de coleccionar. Empezar a montar una colección es de lo más sencillo y, mayormente, barato; a no ser, evidentemente, que se quiera coleccionar diamantes... Mantener el ritmo adecuado de crecimiento con los objetos coleccionables requiere, claro, una cierta persistencia y alguna dedicación. Finalmente –al cabo de los años- uno, como quien no quiere la cosa, puede llegar a disponer de una magnífica, y muchas veces valiosa, colección de lo que sea: llaveros, sellos, cartas de restaurantes, tapones de vino, cajas de cerilla, etc.

Yo, en mi vida todavía actual, únicamente, empecé una colección y, me duró un par de años: no me cansé, si no que me la “desahuciaron”; tenía ya –en el momento de la dispersión final – unos cuarenta y tres conos (sí, sí, de esos de la carretera).

Así como tengo muy claro que, si renazco, no tengo el menor interés en ser, por ejemplo, buzo o taquillero o patinador o viejo verde, también veo con diáfana clarividencia, que me gustaría ser director de orquesta, propietario de una naviera gallega, ascensorista, impresor, jinete, o guapo.

Eso, en el caso de reencarnarme en persona. En caso de que la vuelta a la vida, por error, se produzca en forma de bestia, me encantaría poder ser hiena, dromedario o, en último caso, vaca lechera.

Y ya, finalmente, si la descarga energética que facilita el nuevo tránsito a la vida falla estrepitosamente y jode la marrana, convirtiéndome en un mero objeto, lo que más me molaría, es ser “mapamundi”; de los de la bola, no de los que se cuelgan en una pared. Encuentro a esos globos terráqueos de lo más excitante. La delirante escena del genial Charles Chaplin en la película “El gran dictador”, jugando con la bola del mundo y bailando al son de una deliciosa música, me parece sumamente brillante, por espectacular, por contenido ideológico, y por simple y dura estética.

Por favor: no me conviertan, jamás –ni se les ocurra- en calendario de pared de cocina, en píldora de ibuprofeno o en una de esas espantosas pastillas con olores de mandarina o melón que, algunos colocan en sus aseos y que otros desalmados (sin ir más lejos, una gran cantidad de taxistas) los sitúan en el interior de sus vehículos.

Que le quede claro, pues, a quien sea que me tenga que reciclar. ¡Al loro!

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