Hace exactamente setenta años, en 1956, la Editorial Moll publicó el libro Corema, Setmana Santa i Pasco, de mosén Antoni Maria Alcover, que era un texto que había sido extraído de la segunda edición de un libro suyo anterior, Contarelles, que originariamente había sido publicado en 1885 y que se había reeditado en 1915.
Ese volumen pionero escrito entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX recogía tanto descripciones y testimonios de diversas costumbres y festividades mallorquinas como también varias rondalles propiamente dichas. Por lo que respecta de manera específica a la Semana Santa, en la segunda edición de las Contarelles se explicaba cómo eran entonces en la isla la Cuaresma, el Domingo de Ramos o la Processó de La Sang, puntualizándose también que "es Dissabte Sant ja no se compta casi com a Setmana Santa, sinó com a Dissabte de Pasco".

Además, se hablaba asimismo de aspectos estrictamente culinarios o gastronómicos. Así, se detallaba que se utilizaba el "brossat per fer robiols" o que "de sa pasta que sobra d'es robiols, en solen fer crespells". En ese apartado había también menciones concretas acerca de la elaboración de los confits o de las panades, o sobre la celebración de los pancaritats. Así pues, algunas de las tradiciones todavía hoy vigentes ya estaban bien asentadas en Mallorca hace algo más de un siglo.
"Tot té fi en aquest món, fora l'Amor de Déu. Per això s'és arribada a acabar aqueixa contarella tan llargueruda de Sa Corema, Setmana Santa i Festes de Pasco", concluía con fina ironía nuestro ilustre escritor y lingüista al final de aquel extenso capítulo de sus Contarelles.

EN LA II REPÚBLICA
Mosén Antoni Maria Alcover había nacido en Manacor en 1862 y fallecería en Palma en 1932, unos pocos meses después de la llegada de la Segunda República. De ese modo, pudo ser aún un testigo inicial de los nuevos tiempos que iban a venir tras la proclamación del nuevo régimen el 14 de abril de 1931.
A partir de esa fecha se vivieron, como es sabido, unos años de gran tensión política y también religiosa en nuestro país, pues "una ola de anticlericalismo radical asoló España", en palabras del historiador Luis E. Togores, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad CEO San Pablo de Madrid. En un artículo publicado en La Razón el 14 de marzo de 2020, Togores señalaba que a lo largo de la Segunda República hubo "una creciente violencia contra la Iglesia Católica y sus fieles que llegaría al paroxismo durante la Guerra Civil".
Cabe recordar, en ese sentido, la quema de conventos y de otros edificios religiosos que ya en mayo de 1931 se produjo en varias capitales, como Madrid, Valencia, Sevilla o Málaga, unos actos criminales que no afectaron a Palma ni a ninguna otra población mallorquina. Un año después de aquellos sucesos, en 1932, en muchas ciudades españolas se celebraría la Semana Santa a puerta cerrada en las iglesias, mientras que en 1933 apenas habría procesiones en el conjunto del país. "Durante el bienio radical cedista, de diciembre de 1933 a febrero de 1936, las procesiones volvieron a salir a la calle con normalidad. El pucherazo que llevó a los partidos del Frente Popular al poder en febrero de 1936 hizo que el temor volviese a atenazar a las cofradías", resumía Togores en el citado artículo.
En el marco de ese contexto histórico, la Processó del Sant Crist de la Sang de Palma no salió en 1932, 1933, 1934, 1936 y 1938, aunque sí en 1935, 1937 y 1939, volviendo a ser organizada a partir de 1940 por la Diputación Provincial. Así lo explica a este digital Martí Sales, del Grup Vexil·la. Asimismo, recuerda que La Sang procesionó por vez primera en 1552, si bien el antecedente más directo de la procesión actual cabe situarlo en 1867. Sales también señala que la primera vez que dicha procesión sería organizada por la Diputación fue en 1845, "pues antes de esa fecha la organizaba el Ajuntament de Palma".

CAMBIO DE RÉGIMEN
Tras el golpe de Estado de julio de 1936, la subsiguiente Guerra Civil y la implantación en 1939 de una dictadura presidida por el general Francisco Franco, hubo un apoyo explícito de las nuevas autoridades a la Iglesia y a todas las celebraciones católicas, un apoyo que se mantendría estable a lo largo de las tres décadas siguientes. En esa dilatada etapa histórica se revitalizaron, al mismo tiempo, las procesiones de Semana Santa y las tradiciones culinarias que habían estado plenamente vigentes con anterioridad a los años treinta.
A partir de esa nueva realidad, en los años cuarenta, cincuenta y sesenta la Semana Santa en Mallorca y en el resto de España fue un periodo de recogimiento no sólo en sentido religioso, sino también social. Esa situación se daba de forma especial el Jueves Santo y el Viernes Santo, pues las salas de fiesta, los cines y los teatros permanecían entonces mayoritariamente cerrados, mientras que la radio y luego la televisión emitían una programación centrada esencialmente en la música sacra y en obras y reflexiones de carácter religioso.
Los años setenta supondrán un nuevo giro histórico, con la muerte de Franco en noviembre de 1975 y la proclamación de Juan Carlos I como rey de España, un hecho que conduciría a la recuperación de las libertades democráticas de manera progresiva. Paralelamente, las costumbres y los hábitos de millones de españoles empezaron a cambiar de modo acelerado, lo que supuso, entre otras cosas, que la Semana Santa fuera vista por muchos compatriotas sobre todo como un breve periodo vacacional, alejado de cualquier connotación religiosa.
Ello explicaría el periodo de relativa decadencia experimentado por las procesiones a partir de entonces, una decadencia que en Palma se revertiría claramente a partir de 1984, con la incorporación de las mujeres como penitentes en todas las cofradías.
LAS CONSTANTES
Teniendo en cuenta todos esos datos, el profesor de Antropología de la UIB Alexandre Miquel explica a mallorcadiario.com algunas de las principales diferencias que existirían entre la Semana Santa de hace algunas décadas y la de estos últimos años, si bien a su juicio habría en todas ellas una constante, que sería que "el catolicismo es la forma de cristianismo más barroca que existe, por lo que necesita expresarse de una manera más clara".
En esa misma línea argumentativa, añade que "la Semana Santa es la celebración más expresiva que hay, por esa característica barroca, y esto atrae a gente que no necesariamente conoce su significado más esotérico".
Hablando en primer lugar de cuál era la situación todavía en los años sesenta, este reconocido docente cuenta una anécdota personal. "Recuerdo que cuando tenía 13 años, por poner un disco de Los Brincos en Semana Santa me llevaron al cuartelillo, y claro, yo no entendía nada", señala con buen humor. Era la época en que "España era la reserva espiritual de Occidente".
A la hora de hacer una valoración ya más general e intemporal de la Semana Santa, Alexandre Miquel subraya que "es el elemento de ruptura entre el cristianismo, y sobre todo el catolicismo, y las otras dos religiones monoteístas", pues el cristianismo "es la única religión que reivindica al Mesías que ha venido, así como también el sacrificio, la encarnación de ese sacrificio y luego la celebración de la muerte de Dios/Cristo".

RENACER ESPIRITUAL
Preguntado acerca de la evidencia de un cierto renacer religioso en nuestra sociedad desde los inicios del presente siglo XXI, reconoce que "en Mallorca, actualmente, las procesiones no sólo no se reducen, sino que se incrementan, y además salen otras nuevas". La única excepción en ese sentido fue la suspensión de las procesiones de Semana Santa en 2020 y 2021 por la pandemia del coronavirus. En cualquier caso, nuestro interlocutor matiza que la "religiosidad popular", a diferencia de la religión oficial, suele estar mucho más vinculada "a las imágenes o a las advocaciones de un santo o de una santa", porque contribuyen a generar "una mayor conciencia de grupo".
El citado renacer espiritual obedecería también, al menos en parte, al "neoconservadurismo político y social que estamos viendo hoy en determinados países", pero sobre todo obedecería a "la necesidad expresiva que poseen algunos aspectos de la modernidad". En este sentido, Alexandre Miquel considera que "vivimos en una modernidad laica, que, no obstante, utiliza la religión bajo nuevas formas". A continuación, pone como ejemplo de ello a la película Sirat, al entender que "está llena de religiosidad popular". En ese caso concreto, "el ritual sería la música".
Por último, recalca que entrar en una iglesia católica en plena Semana Santa "es un espectáculo que impone", una situación que también se repetiría e incluso se potenciaría en las iglesias ortodoxas. "La expresividad es un elemento de la modernidad que no tiene nada que ver con la razón, sino con la emoción", prosigue, para concluir: "Mientras la Iglesia Católica va perdiendo fuerza con respecto a otras iglesias cristianas, en especial los evangelistas, todos los símbolos del catolicismo tienen hoy una fuerza creciente".
Sea como sea, Palma y el resto de municipios de la isla se están volcando un año más en la Semana Santa, en la que desde hace siglos convergen la fe popular, el legado histórico y el arte sacro. Por ello mismo, la Semana Santa sigue siendo una expresión viva de la espiritualidad mallorquina, capaz de emocionar tanto a creyentes y a no creyentes como a quienes se acercan por primera vez a contemplar sus procesiones y desfiles.





