Tibieza, egoísmo o duda moral: reflexiones sobre la huelga médica

En cada convocatoria de huelga sanitaria aparece el mismo juicio, a menudo apresurado: hay médicos tibios. Profesionales que no se suman, que dudan, que siguen trabajando mientras otros paran. Desde fuera —e incluso desde dentro del propio colectivo— esa actitud puede interpretarse como falta de compromiso. Pero la realidad es bastante más compleja, y quizá también más incómoda. En cualquier conflicto profesional, la fuerza de un colectivo depende en gran medida de su cohesión. Cuando se plantea una movilización —como una huelga o cualquier otra forma de presión legítima— el éxito no depende únicamente de la determinación de quienes están en primera línea, sino también de la coherencia del conjunto de la profesión.

En esta huelga  médica ,- nuestra colega la ministra podrá poner en su curriculum ,que es la  primera ministra médica a la que 175.000 médicos le hacen una huelga-,  se observa un fenómeno preocupante, pero que es crónico y clónico, (lo que pasa  es que no nos acordamos porque  la última huelga nacional  fue hace más de 30 años), mientras algunos compañeros asumen el coste personal y profesional de sostener la movilización, otros adoptan conductas que, aunque puedan parecer individualmente comprensibles, terminan debilitando el esfuerzo colectivo. Solicitar vacaciones en pleno conflicto, concentrar la actividad en jornadas formativas durante los días de paro, pedir días de libre disposición, ofrecerse voluntariamente para cubrir servicios mínimos o aceptar jornadas extraordinarias —a veces incluso de forma encubierta— son decisiones que, en la práctica, reducen el impacto de la protesta.

La medicina no es una profesión cualquiera. No lo es por lo que exige, pero sobre todo por lo que representa. En su núcleo hay una promesa implícita: la de no abandonar al paciente. Esa promesa no está escrita en ningún contrato laboral, pero pesa más que muchos convenios. Por eso, cuando se plantea una huelga, el conflicto no es solo laboral; es profundamente ético. El médico no se pregunta únicamente si las condiciones son injustas —que a menudo lo son—, sino si tiene derecho a retirar su presencia cuando hay alguien al otro lado que lo necesita.

Aquí nace lo que se podría considerar tibieza y también  duda moral.

Porque el sistema sanitario puede estar fallando —y de hecho falla—, pero el paciente sigue siendo concreto, inmediato, vulnerable. No es una abstracción. Es alguien con nombre, con dolor, con miedo. Y ante eso, la huelga deja de ser una herramienta clara para convertirse en una decisión cargada de ambivalencia. ¿Es legítimo presionar al sistema si el coste lo paga, al menos en parte, quien no tiene responsabilidad en ese sistema? A esta tensión se suma otro elemento: la sensación de inutilidad. Muchos médicos han visto pasar años de protestas, reivindicaciones y promesas incumplidas. Han aprendido, a base de experiencia, que el cambio estructural es lento, incierto y, a veces, inexistente. En ese contexto, la huelga puede percibirse no como un acto de fuerza, sino como un gesto simbólico con escaso impacto real. Y el cansancio —ese desgaste silencioso que acumula la profesión— tiende a enfriar los impulsos más combativos.

También hay factores menos nobles, pero igualmente reales: el miedo a represalias, la presión del entorno, la precariedad laboral de muchos profesionales jóvenes o la fragmentación interna del colectivo. No todos parten del mismo lugar ni tienen las mismas condiciones para asumir el coste de una huelga. Pedir una adhesión homogénea en un colectivo tan diverso es, en cierto modo, ignorar esa desigualdad. Sin embargo, reducir todo esto a una cuestión de cobardía sería simplificar en exceso. No todos los que no hacen huelga son indiferentes. Algunos optan por otras formas de compromiso: la denuncia interna, la implicación sindical, la visibilización pública o, simplemente, el intento diario de sostener un sistema que se resquebraja. Puede que esas formas sean menos visibles, pero no necesariamente menos válidas.

Tal vez el problema no sea la tibieza, sino la incomodidad que genera una profesión atrapada entre dos lealtades: la del paciente y la del propio ejercicio digno de la medicina. Una huelga médica nunca será una huelga “limpia”, porque siempre arrastra ese conflicto de fondo. Y exigir una postura sin fisuras es, quizá, no entender del todo la naturaleza de ese conflicto. quizá convendría preguntarse por qué una profesión vocacional ha llegado al punto de debatirse entre cuidar y protestar. Porque cuando eso ocurre, el problema ya no es la respuesta de los médicos, sino el estado del sistema que los empuja a elegir.

La historia de los avances profesionales en cualquier ámbito muestra un patrón claro: los cambios estructurales solo se producen cuando existe un grado suficiente de compromiso colectivo. No se trata de exigir uniformidad absoluta ni de cuestionar las circunstancias personales de cada profesional, pero sí de asumir que las reivindicaciones compartidas requieren, en algún momento, una responsabilidad también compartida.

Nos jugamos mucho: salvemos la profesión y a la sanidad pública. La profesión médica ha demostrado en innumerables ocasiones su capacidad de compromiso con la sociedad. Tal vez ha llegado el momento de demostrar también esa misma capacidad de compromiso entre nosotros mismos.

Los ciudadanos lo saben y a pesar de que la huelga impacta en las listas de espera nos apoyan, porque saben que siempre estamos ahí y alguna s veces (pandemia, con altísimo coste en vidas: 171 médicos no se pondrán nunca más las batas, porque carecían de equipos de protección adecuados.)

Por eso les pido que hoy vengan a la manifestación, que saldrá del colegio de médicos a las 18,30 y que acabará en la Delegación del Gobierno. Porque esta huelga es contra Mónica García,  ministra de Sanidad del Gobierno de Pedro Sánchez.

En derrota transitoria pero nunca en doma.

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