Lo más parecido que yo había vivido hasta ahora a un eclipse total de Sol había sido alguna que otra siesta veraniega en mi habitación deliberadamente oscurecida justo después de comer.
Cerraba las ventanas, corría las cortinas y de repente había menos luz en mi cuarto a las tres de la tarde que en el sarcófago del conde Drácula en invierno o en la Serra de Tramuntana en la tarde de ayer.
Inicialmente, yo no era muy fan del histórico fenómeno astronómico que íbamos a poder vivir este 12 de agosto, por lo que me alineaba en un principio con el desapego solar y telúrico de grandes figuras públicas como Miguel Bosé, Miranda Makaroff o Marcos Llorente.
De hecho, el único ensombrecimiento que hasta hace unos meses había conseguido despertar mi admiración no era cosmológico, sino musical —y además un poco antiguo—, el de la canción Total eclipse of the heart, de la maravillosa Bonnie Tyler, que hablaba de unas oscuridades a veces aún mucho más profundas que las estelares: las del alma y el corazón.
Aun así, conforme se iba acercando la primera quincena de agosto, me iba picando cada vez más el gusanillo de la curiosidad, por lo que a principios de este mes ya sabía casi más del eclipse que de cualquier otro tema igualmente relevante o esencial para nuestro país, como por ejemplo el de la playlist veraniega del presidente del Gobierno.
Gracias a los inestimables y sabios consejos de oculistas, ópticos y farmacéuticos, así como también de los representantes de las principales instituciones, íbamos siendo cada vez más conscientes estos días de que deberíamos de tomar unas medidas de protección muy estrictas y, a la vez, alejadas de cualquier posible sinsentido o sinrazón.
Ello suponía descartar el uso de radiografías, prismáticos, telescopios, botellas negras de cerveza, discos compactos o no compactos, pantallas para soldaduras o gafas de sol convencionales, excluidas aquí también las gafas que en apariencia podrían parecernos más poderosas o resistentes, como las de Arnold Schwarzenegger en Terminator o las de Barbara Stanwyck en Perdición.
Las dos palabras clave empezaron a ser entonces «gafas homologadas», así como también esta referencia: EN ISO 12312-2:2015. Pero la cosa no debía de estar del todo clara —o del todo oscura—, pues siete modelos que supuestamente reunían todos los requisitos fueron retirados a lo largo de la última semana por el posible riesgo que podían suponer para la salud ocular.
Con estos precedentes no del todo tranquilizadores salí ayer de casa, en torno a las siete, con las gafas que me había regalado en el último momento un buen amigo, que a su vez creo que las había adquirido a un estraperlista local recién iniciado en este más que prometedor negocio, pues dicen los expertos que en 2027 y 2028 habrá aún dos eclipses más.
Y yo aún tuve suerte, pues hubo miles de personas que se quedaron sin las gafas que tanto ansiaban, unas gafas que muchas de esas personas seguían buscando ayer de manera decidida casi en cualquier tienda que estuviese abierta, incluidas panaderías, droguerías o mi librería de lance favorita, Re-Read.
Fue en esa librería en donde por cierto conseguí hace nada dos auténticos best sellers científicos de los años sesenta, El cosmos y la vida y Los grandes enigmas de la astronomía, unos títulos tan vigentes y sugerentes hoy como lo fueron ya en aquel entonces.
Como les decía, me encontraba ayer aún en mi querida barriada, la de Pere Garau, cuando de repente se me acercó un hombre para decirme que lo del eclipse formaba parte de una «conspiración internacional de los más poderosos», que estaba vinculada de manera directa a «las vacunas del coronavirus».
Como intuía que ese hombre tenía muchas ganas de charlar, y yo llevaba ya un poco de prisa, me despedí amablemente de él poco antes de que presumiblemente me hubiera acabado desvelando que la Tierra era plana o que lagartos alienígenas mutantes controlan hoy los gobiernos del mundo, aunque quizás en este último punto le hubiese dado tal vez algo de razón.
Mi intención inicial era contemplar el eclipse fuera de Palma, por lo que barajé varias posibles opciones viables, como desplazarme hasta la Colònia de Sant Jordi, Santa Ponça, Sóller, Valldemossa o Sa Ràpita, sin descartar acercarme hasta la Platja de Palma o Son Ferriol, o buscar en Internet a alguien que tal vez quisiera invitarme de forma desinteresada a subir a su yate, su llaüt o su velero.
Sin embargo, al final decidí quedarme en el casco antiguo de mi querida ciudad natal, que en torno a las ocho de la tarde estaba casi más desierta que cuando estábamos todos confinados en casa por la pandemia, que fue la época en que más escuché, precisamente, Total eclipse of the heart y otras preciosas canciones de amor y desamor.
Durante unas pocas horas, la saturación y la masificación desaparecieron por completo de las calles de Palma, aunque gracias a mis compañeros del diario supe luego que no había sido exactamente también así en otros enclaves.
Como poco antes de salir de casa había bebido unos dos litros de agua, instantes antes del momento clave del eclipse sentí la imperiosa necesidad de entrar en un bar para ir lo más rápidamente posible al baño.
Para cuando salí de nuevo a la calle, ya había pasado literalmente todo, pero al menos me quedará siempre el consuelo de poder decir que fui un testigo directo del bello acontecer de un día realmente histórico.





