Un relato español

La presente reflexión que hoy les traigo surgió después de animada tertulia televisiva con personajes tan importantes en la reciente historia política de nuestra comunidad como Joan Huguet y Antoni Tarabini.

Discutíamos amigablemente la razón de por qué el independentismo catalán ha tenido tan fácil construir un relato -por más fantasías e inexactitudes históricas y económicas que contenga- para reforzar la imagen de una nación soberana e idílica, que ha calado en gran parte de la sociedad catalana y, sin embargo, España lleva intentando desde la transición y con muchísimos más argumentos fraguar un concepto nacional común sin acabar de conseguirlo.

Sin duda, una de las claves de esta ausencia de una idea común y deseable de España, que seduzca por igual a todos los ciudadanos, vivan donde vivan y hablen las lenguas que hablen, está relacionada con el diferente modo en que los distintos territorios fueron incorporándose al Estado y a una concepción de su organización territorial, jurídica y social que hasta bien entrado el siglo XVIII, con la arribada de los Borbones, no comenzó un lento proceso de progresiva convergencia.

De hecho, la nación española como tal, con una estructura homogénea en todo el territorio español, no nace en realidad hasta la Constitución de 1812. Socialmente, no obstante, este proceso se prolongó, al menos, durante todo el siglo XIX. Incluso a comienzos de la pasada centuria, todavía grandes capas sociales de la población mallorquina, especialmente en ámbitos rurales, no hablaba, y a duras penas entendía, el castellano.

Todo esto cambia durante el siglo XX, especialmente tras nuestra infausta Guerra Civil, cuando la mejora de las comunicaciones y el auge del turismo provocan una fuerte inmigración peninsular proveniente de Andalucía, Extremadura y Murcia hacia Mallorca, en paralelo al fenómeno de despoblamiento del ámbito rural y concentración de la población en las grandes capitales españolas.

Aquello que inicialmente podía percibirse como un fenómeno provisional o pasajero -protagonizado por los llamados forasters en Mallorca y por los xarnegos en Cataluña- acabó provocando con el paso de los años un vuelco demográfico sin precedentes.

Como quien esto escribe, hoy son muchos miles los mallorquines hijos de aquella mixtura entre isleños y peninsulares, aderezada además con matrimonios con ciudadanos -y, sobre todo, con ciudadanas- extranjeros, circunstancia que hoy, por fortuna, nos suele pasar totalmente desapercibida.

Y, aún así, pese a que la homogeneización demográfica es un hecho, seguimos sin ponernos de acuerdo entre todos sobre cómo definir una España de la que nos sintamos parte sin tener que renunciar a nuestra diferente idiosincrasia local, aceptando con naturalidad nuestra nacionalidad y sus símbolos.

A mí, particularmente, proclamándome tan español como el que más, me cuesta mucho entender la cerril concepción que desde una porción nada desdeñable de los españoles se tiene de aquellos otros ciudadanos cuya lengua materna no es el castellano. Por la misma razón, no entiendo que haya quien, con la pretensión de proteger su lengua materna, cultura y costumbres, precise menospreciar la asentada como común de toda la nación. Me resisto a aceptar situaciones absurdas como las que viven estados bipolares, como el caso Bélgica, que me parecen un auténtico disparate. No me gustaría, desde luego, circular por España y, de repente, sentirme como si hubiera penetrado en un país extranjero.

Por tanto, es preciso antes de crear un relato común, establecer las bases de diálogo, comprensión y 'contaminación' mutua que destierren arraigadas concepciones supremacistas de unos territorios sobre otros o de unas lenguas sobre otras.

Por poner un ejemplo, resulta chocante, desde la más pura lógica de construcción nacional, que en España un alumno de cualquier comunidad pueda estudiar hasta una segunda lengua extranjera y, sin embargo, a ese mismo alumno le resulte imposible aprender en la escuela una segunda lengua española, cuando la Constitución proclama, precisamente, que todas las lenguas españolas constituyen un patrimonio común, no privativo de sus hablantes. Aún hoy, por desgracia, los únicos españoles que aprenden una segunda lengua española son aquellos que viven en una comunicad bilingüe.

En definitiva, construir un relato nacional sin antes sentar determinadas bases conducirá -y nos ha conducido hasta el momento- a una sensación de fracaso del modelo, con tensiones que se subliman en Cataluña y en el País Vasco, pero que subyacen en diferente medida en muchas otras comunidades. Empecemos, pues, por aceptar que nos unen muchas cosas y nos distinguen algunas, pero que esa diferencia nos puede enriquecer a todos, contribuyendo a acabar con prejuicios nacidos de la mutua incomprensión, que estos días resulta por desgracia tan evidente. Hagamos un esfuerzo suplementario por 'contaminarnos' los unos a los otros, pero de forma recíproca y sin barreras. El relato español llegará solo.

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