Vox no nos sirve

Algunos lo anunciábamos hace unos años. Vox no es un partido de gobierno, sino una mera agencia de colocación de rebotados de distintos partidos cuya finalidad es la de despachar recetas irreales para -supuestamente- resolver problemas bien reales, desde una posición imposible de mantener cuando se accede a las instituciones.

Los acuerdos de Extremadura y Aragón, más o menos forzados por las circunstancias, no pueden ocultar la realidad de un partido de aluvión, sostenido, como en su día Podemos, Sumar o Ciudadanos, con el voto de la indignación y el cabreo del respetable por la falta de respuestas de las formaciones sistémicas a los problemas de la ciudadanía.

Balears es el ejemplo palmario. Para la lideresa parlamentaria de Vox, la ex (?) militante socialista catalana Manuela Cañadas, el principal motivo de preocupación de los ciudadanos de las Islas es que las señales indicativas de las carreteras no recen Pollença/Pollensa o Sant Llorenç des Cardassar/ San Lorenzo del Descardazar. Acabáramos. Lo de la falta de vivienda, la evidente saturación y sobrepoblación de nuestro limitado territorio, el descenso de nuestra calidad de vida o el colapso de la sanidad pública pasan a un segundo plano, con tal de poder decir, en perfecto castellano de Cornellà, que uno vive en Mahón o en Ibiza, algo que, por otra parte, ninguna norma impide.

La conclusión de todo ello es que Vox no sirve al votante de centroderecha. Ha dejado de ser útil -si alguna vez lo fue-, porque su errática y vacía política de consignas y banderines de enganche solo satisface a los muy cafeteros, a todos aquellos que aún no se han dado cuenta de que esta forma de conducirse solo beneficia a la izquierda y contribuye a su perpetuación.

Solo un partido que aspire a ocupar la centralidad, huyendo de los mensajes apocalípticos, de la radicalidad y del frikismo ultraconservador tiene posibilidades de gobernar de forma estable. Juanma Moreno lo ha entendido a la primera. Otros todavía creen que Vox es reconducible, cuando la realidad nos evidencia, tras una historia de purgas internas más propia del estalinismo que de una formación democrática, que Abascal, como aquí el insulso y ovejunamente disciplinado Le Senne, no son más que títeres al servicio de los intereses empresariales del grupo mediático Intereconomía, del excarlista navarro Julio Ariza.

La España más rancia -el carlismo, nada menos- que parió tres hijos a cuál más radical y trasnochado, el abertzalismo supremacista del PNV, la ETA y el tradicionalismo franquista con aroma a sotana y alzacuellos que ha conducido a lo que es hoy Vox. Menudos antecedentes históricos, el colmo de la modernidad.

Afortunadamente, con sus vaivenes, los europeos comienzan a tener calados a los amigos de Vox. Orbán se ha llevado un revolcón de órdago, Trump parece haber escapado del manicomio y sus cotas de popularidad están a la altura de su inteligencia. Solo Meloni, con su inexorable giro hacia la centralidad y la sensatez, se salva sin discusión de esta primera criba. El ultrapopulismo tiene los días contados porque el votante español de derechas es, afortunadamente, crítico incluso con los suyos, y sabe bien que quien más interés tiene en que Vox siga existiendo es, cómo no, Pedro Sánchez.

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