Hacía años que no me sentaba delante de la televisión a ver Eurovisión. Es un espectáculo televisivo que no me suele apetecer especialmente. Sin embargo, este año sí que lo he hecho. Y, paradójicamente, ha sido el sectarismo antisemita abrazado por el presidente socialista lo que me ha inducido a ello. Pues, considero que es puro cesarismo censurar o intentar boicotear un festival de canciones —de mejor o peor gusto, más o menos extravagante— por el posicionamiento político del actual gobernante; un posicionamiento que, a buen seguro, a una parte considerable de españoles nos parece moralmente incorrecto.
Porque el problema ya no es únicamente el conflicto concreto o la utilización ideológica de un certamen musical. El verdadero problema es la creciente tendencia del poder político a decidir qué debemos ver, qué debemos escuchar y qué interpretación de la realidad resulta aceptable. Como si los ciudadanos fuésemos menores de edad, incapaces de formar nuestro propio criterio sin tutela gubernamental.
Por suerte, todavía Internet y YouTube nos permiten acceder, en formato televisivo, a informaciones, acontecimientos y visiones del mundo diferentes de las que desea filtrar un ejecutivo cada vez más invasivo. De hecho, hace años que no veo Televisión Española, y les aseguro que no estoy mal informado. Es más, dejar de consumir esos canales, tan condicionados, en la práctica totalidad de su programación, por un gobierno que pretende hacer de la propaganda de su relato la principal herramienta política, resulta saludable. Por eso, incluso me atrevo a recomendarles hacer lo mismo, aunque les resulte doloroso saber que están obligados a pagar por algo que no van a consumir.
Alcaldadas como la que motiva este artículo parecen indicar que los actuales dirigentes sueñan con volver a una época en la que el poder controlaba casi completamente el flujo de información. Un tiempo en el que bastaba con dominar la televisión, la radio pública y algunos grandes medios para moldear el estado de opinión general. De hecho, por mi edad, recuerdo perfectamente cuando mi padre, con un pequeño receptor de onda corta, sintonizaba Radio París en busca de una presentación de noticias distinta de la realizada por los medios oficiales adscritos al régimen. Un mundo que creíamos no volvería a existir por razones sociales; aunque ahora sea la tecnología la que lo impide. Y quizá sea eso lo que realmente les irrita.
De momento, hoy cualquier ciudadano puede comparar versiones, acceder a emisiones internacionales, escuchar opiniones distintas y comprobar por sí mismo las contradicciones del discurso oficial. Puede, por ejemplo, ver la Eurovisión censurada en TVE a través YouTube, seguir debates extranjeros, escuchar radios internacionales o consultar la prensa de múltiples países. Internet, con todos sus defectos, ha roto el monopolio informativo que durante décadas ejercieron gobiernos y grandes grupos mediáticos.
Precisamente por ello resulta tan preocupante la creciente obsesión de los actuales dirigentes por regular redes sociales y contenidos, y etiquetar las opiniones como “correctas” o “incorrectas”, señalando a los disidentes. El caso del cierre de la cuenta de X de Jon González por mostrar datos y gráficos económicos incómodos para con la narrativa sanchista es paradigmático. Demuestra cómo los espacios públicos de libertad, a pesar de todo, son extremadamente vulnerables a la fuerza arrolladora de la oficialidad gubernativa.
Eurovisión, al fin y al cabo, no deja de ser un espectáculo musical. A veces kitsch y, otras muchas, absurdo. Pero justamente por eso resulta todavía más significativo que se empleé para convertirlo en un instrumento de batalla ideológica. Cuando la política invade incluso los espacios destinados al entretenimiento, acaba contaminándolo todo y generando un clima social asfixiante; tal como pasa allí donde gobiernan los nacionalistas.
Aunque tal vez no seamos mayoría, somos muchos los ciudadanos cansados de que constantemente se nos indique qué debemos pensar, qué debemos sentir y qué causas estamos obligados a abrazar públicamente para ser considerados personas decentes. La democracia liberal no consiste en imponer unanimidades mentales o morales desde el poder, sino en permitir que convivan opiniones distintas, incluso aquellas que nos desagradan.
Por eso este año vi Eurovisión. Lo más interesante no fueron ni las canciones, ni las escenografías, ni tan siquiera el reparto de puntuaciones, sino comprobar hasta qué punto el socialismo aliado de los nacionalismos más radicales se identifica, sobre todo, con el control social más exacerbado.





