Aena: el negocio por encima de todo

A nadie debería sorprender que, tras el derrumbe acaecido en la zona de llegadas del aeropuerto de Palma, Aena se apresure a señalar a un trabajador subcontratado como el único responsable. La estrategia es clara: escurrir el bulto y desviar el foco de una política de gestión donde prima el negocio por encima del servicio público.

El director del aeropuerto, Tomás Melgar, lejos de mostrar el menor atisbo de autocrítica, se limitó el pasado lunes, durante su comparecencia ante los periodistas, a tirar balones fuera, mientras aplaude unas obras faraónicas que, según él, "transformarán" Son Sant Joan. Pero ¿en qué lo transformarán?

La respuesta es evidente: en un centro comercial de alto tránsito, abierto los 365 días del año, con tiendas y restaurantes por doquier. El aeropuerto, que debería ser ante todo un nodo eficiente de transporte aéreo, se convierte en una descomunal máquina de generar ingresos. Seguridad, condiciones laborales, servicio al pasajero… todo queda supeditado a la rentabilidad.

La afirmación de que estas obras responden a una “demanda de los usuarios” no solo es discutible, sino insultante. ¿Quién ha pedido más tiendas y más plazas de aparcamiento? ¿Quién ha reclamado más consumo y menos espacio operativo? Es una burla a los ciudadanos y una manipulación del discurso público. Lo que los usuarios quieren —y merecen— es puntualidad, limpieza, información clara y un entorno seguro. No más escaparates ni franquicias de comida rápida.

El derrumbe que no causó una desgracia de puro milagro, dado el lugar donde tuvo lugar y la concurrencia de usuarios en aquel lugar, no puede despacharse como una "negligencia" del trabajador de una empresa subcontratada

El derrumbe que no causó una desgracia de puro milagro, dado el lugar donde tuvo lugar y la concurrencia de usuarios en aquel lugar, no puede despacharse como una "negligencia" del trabajador de una empresa constructora subcontratada.

Forma parte de una cadena de decisiones donde Aena, como empresa pública con accionistas privados, ha priorizado la subcontratación y la reducción de costes en aras de la rentabilidad. Lo sucedido debería ser un punto de inflexión, pero mucho nos tememos que, una vez pasada la tormenta mediática, todo seguirá igual.

Porque al final, lo único que importa a Aena es el balance anual de ingresos y gastos. Y eso nos conduce al desastre en que se ha convertido el aeropuerto de Palma, más parecida a una estación de buses de un pueblo abandonado en la España vaciada, que la puerta de entrada y salida de una potencia turística como Mallorca.

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