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Sin un sueño roto

sábado 14 de marzo de 2020, 02:00h
Cuando pensamos en lugares específicos en los que poder bailar, solemos pensar casi siempre primero en las discotecas, aunque no hace aún muchos años había en Palma diversos locales, como por ejemplo el emblemático Asai, en donde también era posible bailar y divertirse, o incluso poder cenar o tomar algo. La mayor diferencia entre las discotecas y ese tipo concreto de locales solía ser la música que programaban, su decoración interior y la edad de la gente que acudía a ellos, normalmente muy joven en el caso de las discotecas palmesanas y algo más mayor en el de las salas de fiesta.

En antiguos locales como el Asai, la mayor parte de clientes habituales solían ser personas de entre treinta y tantos y cincuenta y pocos años, normalmente personas solas, sin pareja, separadas, divorciadas, aunque también era posible encontrar algunas personas mucho más jóvenes, parejas recientes o grupos de amigos o de amigas, más predispuestos a ponerse a bailar y a divertirse con la música.

En su momento, alguna vez acudí al Asai, aunque la verdad es que nunca fui muy asiduo ni de discotecas ni de salas de fiesta. Las pocas veces que las visité en mis ya remotos años de juventud fue casi siempre por la insistencia de mis amigos. Ellos y yo solíamos permanecer normalmente sentados o de pie en un rincón, aburriéndonos con suma serenidad y elegancia, mientras que las personas que habían acudido solas buscaban, con frecuencia, algo más que sólo escuchar música. Bailar era entonces, y seguramente también ahora, una manera de divertirse, y, a la vez, de intentar seducir o de ser seducidos.

Así, al bailar y al charlar se buscaba o se soñaba quizás en algunos casos con poder encontrar la pasión deseada para toda una vida o al menos durante unas pocas horas, al ritmo de la música, del mambo, los boleros, la salsa, el merengue o el pop. Siempre que pienso en el ambiente que solía haber en algunas de esas salas de fiesta viene a mi mente un poema extraordinario del gran poeta José Hierro, 'Mambo'. «Desde el pie hacia la cintura,/ la música alza sus pámpanos/ envolventes. Oleadas/ de sombra ascienden, girando,/ hasta los astros azules,/ naranjas, verdes, dorados», empezaba el poema.

A pesar de su título, tan musical y a la vez tan evocador de posibles noches de diversión y de alegría, 'Mambo' es uno de los poemas más tristes y melancólicos que he leído nunca, cuyo espíritu y mensaje esencial se resumen de manera perfecta en su última estrofa. «Cerré los ojos. La música/ encadenada al piano./ Negabais vuestro destino/ después de cantar el gallo./ Y así noche a noche. Así:/ fumando y bailando, Mambo./ Noche a noche así, Dios mío,/ recitando vuestro falso/ papel, hijas mías, lluvia/ de juventud, de verano./ Bailando. Mambo. Riendo./ Mambo. Cantando. Bailando./ Sin un sueño roto que/ valga la pena llorarlo», concluía el poema, con un final con el que posiblemente entonces muchos de nosotros nos identificábamos
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