“Brexit”, independencia y xenofobia

Hace unos días, pocas horas antes de interrumpirse la campaña del referéndum por la permanencia o salida del Reino Unido de la Unión Europea, el “brexit”, tras el infame asesinato de la diputada laborista Jo Cox, el Partido por la Independencia del Reino Unido, UKIP, y su inefable líder, Nigel Farage, presentaron y difundieron un cartel electoral en el que aparece la imagen de una riada humana de migrantes caminando por algún punto de la conocida como ruta de los Balcanes y una leyenda que reza: “Breaking point, the EU has failed us all” (Punto de ruptura, la UE nos ha fallado a todos).

El cartel ha provocado una oleada de críticas e indignación, muchas entre los propios partidarios de abandonar la UE, por considerar que explota el sentimiento de miedo a la inmigración, incita a la xenofobia y al racismo y utiliza recursos propagandísticos propios de sistemas autoritarios como el nazismo. Incluso alguna figura prominente, como Sayeeda Warsi, miembro de la cámara de los Lores, ha abandonado la campaña por la salida, asqueada por el tono que ha alcanzado la campaña de Farage y otros partidarios del “brexit”.

Algún periódico, como The Guardian, ha calificado, no sin razón, en un editorial el cartel y la campaña del UKIP como indecente. El auténtico problema es que bajo la pantalla de recuperación de la independencia y el control de las fronteras, subyace una ideología profundamente racista y xenófoba, aislacionista y supremacista, que considera que hay pueblos superiores, que tienen derecho a depredar al resto del mundo y ninguna obligación de compensar por ello. Es lo que el imperio británico hizo durante siglos y sienten nostalgia de ello. Desde esa ideología reaccionaria, enraizada en el desprecio y desconsideración hacia los demás y el autoconvencimiento de una pretendida superioridad moral, se llega con suma facilidad a la convicción de que los que consideran inferiores no merecen ser tratados como ciudadanos de pleno derecho, sino, como mucho, como ciudadanos de segunda a los que se puede negar una parte sustancial de los beneficios del estado del bienestar. De ahí al concepto de “untermenschen” utilizado por los nazis para justificar el genocidio de los judíos y otros pueblos hay muy poca distancia.

En realidad, también el partido conservador británico está imbuido de esa ideología, en caso contrario no se entendería que el primer ministro Cameron negociara con Bruselas la posibilidad de negar ciertos derechos sociales a los trabajadores de otros países de la UE, como condición para hacer campaña a favor de la permanencia del Reino Unido en la unión. Y la Comisión Europea aceptó, en una decisión infame, una más, algunas de las condiciones de Cameron.

En el fragor de la campaña se vaticinan calamidades económicas y sociales tanto para el Reino Unido como para el resto de la UE si gana el “brexit”. No parece que vaya a ser así, más allá de algunos reajustes durante un cierto tiempo. A largo plazo, podría ser más perjudicial para el propio Reino Unido que para la UE. Y para la unión podría ser beneficioso, ya que permitiría repensar y profundizar en la idea de una Europa unida sin la quinta columna disgregadora que representan los ingleses, que no todos los británicos.

La Unión Europea en su estado actual es manifiestamente mejorable, sin duda. Hay innumerables defectos de construcción que corregir, pero sigue siendo el mejor artefacto político que hemos levantado los europeos en nuestra historia y no podemos dejar que se derrumbe por la influencia nefasta de un grupo de ingleses que se creen mejores que los demás.

Así que los británicos, y concretamente los ingleses, deben aclararse de una vez. O se quedan, con todas las consecuencias, o se van, sin vuelta atrás. Lo que no se les debe consentir es ahora entro, ahora salgo, ahora vengo, ahora me voy. Hay que recordar que ya es el segundo referéndum de permanencia en Europa y la tercera o cuarta renegociación de las condiciones de pertenencia del Reino Unido. Esta vez ha de ser la definitiva. Si se quedan ha de ser en las condiciones actuales, sin futuras reconsideraciones en décadas. Y si se van se les debería hacer saber que no podrán volver a entrar en mucho tiempo y, por supuesto, en peores condiciones que ahora, habiendo perdido una parte de los privilegios que no deberían tener pero tienen, debido a la debilidad y condescendencia del resto de miembros.

Y desde una posición ética y moral, si una mayoría de británicos manifiesta estar de acuerdo con las posiciones racistas, xenófobas, supremacistas y ventajistas de los dirigentes partidarios del “brexit”, mejor que se vayan. Semejantes compañeros de viaje indecentes son indeseables y sería muy de agradecer que nos librasen de su desagradable compañía.

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