La visita de León XIV a España confirmó, en opinión de J. Manuel Vidal, una evidencia: la sed de Dios de la gente. ”La pregunta no es, pues, si la sed existe. La pregunta es si la Iglesia española está preparada para ofrecer el agua del Evangelio sin contaminarla con sus propias incoherencias. Y ahí aparece el problema central, porque demasiadas personas siguen viendo a la institución como rancia, demasiado pegada a la derecha y demasiado alejada del pueblo” (¿Quién saciará la sed de Dios de España? RD).
En el cristianismo, la ‘sed de Dios’ nos remite al ‘principio’ (Ev. Tomás, 70), al momento de la creación (Gen 1, 26-27 y Francisco, Homilía, 7.02.2017). La grandeza de esta enseñanza radica, según Elaine Pagels. en que “no nos dice qué es lo que tenemos que creer, sino que nos reta a descubrir lo que está escondido dentro de nosotros mismos” (Más allá de la fe, pág. 48), verdadero don divino (Delgado, La despedida de un traidor, Caligrama, 2023, págs. 153-162, 166-172). A partir de esta capacidad, de esta fuerza y energía, que se manifiesta en forma de deseo y anhelo (sed de Dios), que todos llevamos dentro y percibimos, todo es posible: no necesitamos ninguna otra cosa que no sea nuestra libertad y el coraje de seguir adelante “hasta que (se) encuentre” (Ev. Tomás, 2).
La humanidad no acaba de encontrar la solución a ese anhelo interior de infinito, don divino. Tampoco las religiones tradicionales, incluido el cristianismo en su formulación católica, se han mostrado relevantes frente a los problemas técnicos y políticos (cf. Y. Noah Harari, 21 Lecciones para el siglo XXI, Debate, 2018, pág. 149-155), habiendo sido superadas abiertamente por la ciencia. Es más, respecto de los problemas de identidad (nacionalismos), la experiencia viene acreditando la permanente colisión entre lo global y lo local hasta el punto de que constituyen parte del problema más que de la solución (Ibidem, págs. 155-160). Tampoco el derecho a la felicidad ni el humanismo han conquistado el mundo (cf. Y. Noah Harari, Homo Deus, Debate, 2017, págs. 42-83). ¿Cómo, pues, saciarlo?
Existe otra realidad existencial a la que, a través del tiempo, ha llegado la humanidad y que, aunque olvidada, puede salir en nuestro auxilio. Se ha referido a ella León XIV (Ángelus, 22.03.2026) con estas palabras: “Este mundo, que parece estar en una búsqueda constante de novedades y cambios, incluso a expensas de sacrificar cosas importantes —tiempo, energías, valores, afectos— como si la fama, los bienes materiales, el entretenimiento o las relaciones pasajeras pudieran satisfacer nuestro corazón o hacernos inmortales. Es el síntoma de una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro, pero cuya respuesta no puede depositarse en lo efímero. Nada de lo creado puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no encontramos paz hasta que descansamos en Él (cf. Las Confesiones, I,1.1)”. ¿Por qué se desprecia tan inequívoca experiencia? ¿No estará aquí la clave explicativa del fracaso humano?
En mi entender, el problema, si se quiere orientar con eficacia, se ha de plantear bien (Teilhard de Chardin), esto es, en toda su radicalidad. En el cristianismo, en cualquiera de sus manifestaciones, la centralidad se residencia en Jesús (Romano Guardini, La esencia del cristianismo, Ed. cristiandad, pág.103). En consecuencia, “Jesús es la palabra que tenemos que escuchar y la que tenemos que seguir. Solamente eso, nada más y también ‘nada menos’. Nos queda sólo Jesús” (J.M. Castillo). Palabra que se contiene en los Evangelios “por ser el testimonio principal de la vida y la doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador” (Const. Dei Verbum,18). Aquí se define la identidad misma del mensaje de Jesús: Él es el mensaje. Abrazarlo, realizarlo en la vida personal, seguirlo está en la libertad y responsabilidad de cada cual.
Es obvio, por tanto, que el Evangelio siempre aparece como un Proyecto de vida (J.M. Castillo), colaborador con el Proyecto divino de la creación. Lo cual introduce un cambio radical en la concepción misma de la religión: de creencias pasa a ser de vida y experiencia. Vivir, dentro de la debilidad humana, como vivió Jesús. ¿Cuando lo entenderán así en la Iglesia católica y actuarán en consecuencia, aun que implique reformas profundas?
Desde una perspectiva, estrictamente cristiana, no tiene sentido alguno situar, a estas alturas de la película, el problema en torno a posiciones ideológicas de derecha/izquierda o a buscar obispos estrella, que orienten al pueblo, o preocuparse obsesivamente por reformas estructurales. Semejantes propuestas pertenecen al pasado y, en todo caso, serán ineficaces por alejadas del Evangelio. Lo que necesita la Iglesia católica es conversión interior y personal. Sólo, en tal caso, se saciará la sed de Dios.
Gregorio Delgado del Río



