Tribuna

Cuando el éxito se convierte en culpable

Retrato de Bartomeu Bestard en un fondo gráfico

El debate público mallorquín corre el riesgo de cometer una injusticia histórica: atribuir al turismo todos nuestros problemas y olvidar gran parte de nuestros éxitos. La discusión ya no debería girar en torno a cuántos visitantes recibe la isla, sino sobre el papel decisivo que esta actividad ha desempeñado en la transformación económica y social de Mallorca. Porque, más allá de los excesos que puedan corregirse, existe una realidad incontestable: Mallorca no ha prosperado a pesar del turismo, sino gracias a él. Durante más de sesenta años, el turismo ha sido el principal motor de bienestar, oportunidades y progreso de la isla. Antes de la llegada masiva de visitantes, Mallorca era una isla de emigrantes. Miles de mallorquines tuvieron que buscar oportunidades en Francia, Argelia, América Latina o Barcelona porque aquí simplemente no existían. El turismo cambió esa realidad. Generó empleo, riqueza, infraestructuras y servicios públicos hasta niveles impensables para generaciones anteriores.

Las carreteras por las que circulamos, los hospitales que nos atienden, los colegios donde estudian nuestros hijos, las redes de saneamiento, los puertos, los aeropuertos e incluso una parte muy relevante del bienestar social que disfrutamos han sido posibles gracias a la actividad económica que el turismo ha generado durante décadas.

Criticar los excesos es legítimo. Negar sus beneficios es intelectualmente deshonesto. Existe una tentación creciente de señalar al turista como responsable de todos los males. La vivienda es cara; la culpa es del turismo. Hay tráfico; la culpa es del turismo. Los salarios son insuficientes; la culpa es del turismo. Los servicios públicos están tensionados; la culpa es del turismo.

Pero la realidad es mucho más compleja.

La crisis de la vivienda tiene mucho que ver con décadas de insuficiente oferta residencial, una burocracia urbanística asfixiante, la falta de suelo disponible y políticas públicas incapaces de anticiparse al crecimiento demográfico. La saturación viaria se relaciona con una movilidad mal planificada. La dificultad para atraer profesionales sanitarios o docentes responde a problemas estructurales que sufren muchas regiones europeas que no reciben ni una fracción del turismo que recibe Mallorca.

Convertir al visitante en cabeza de turco puede resultar políticamente rentable, pero no resuelve ninguno de estos problemas.

En realidad, el turista hace exactamente lo que haríamos nosotros en su lugar: visitar una isla extraordinaria porque es segura, bella, acogedora, moderna y accesible. La pregunta no es por qué vienen. La pregunta es qué hemos hecho con los recursos que su presencia ha generado.

Y aquí aparece una reflexión que recuerda a la vieja idea griega de la polis. Una comunidad prospera cuando sus miembros contribuyen a sostener aquello de lo que se benefician. La paradoja es que muchos de quienes hoy disfrutan de una Mallorca moderna, conectada con el mundo, con universidades, hospitales, infraestructuras y elevados niveles de renta olvidan que gran parte de esa transformación ha sido posible gracias a la actividad turística. No significa que el modelo sea perfecto.

Significa que destruirlo sería un error histórico.

La solución no pasa por enfrentar residentes y visitantes, ni por construir un relato según el cual el turismo es un enemigo que debe ser contenido. La solución pasa por gestionar mejor el éxito. Por distribuir mejor los beneficios. Por invertir más en vivienda pública. Por mejorar la movilidad. Por exigir excelencia medioambiental. Por elevar la cualificación y los salarios. Por impulsar la innovación y la diversificación económica sin demonizar el sector que sostiene buena parte de la economía insular.

Los territorios que prosperan no son los que renuncian a sus ventajas competitivas. Son los que las administran con inteligencia.

Mallorca tiene la fortuna de poseer una de las marcas turísticas más reconocidas del mundo. Millones de personas sueñan con visitarla. Muy pocos territorios disfrutan de semejante activo económico, social y reputacional. Sería una irresponsabilidad histórica convertir ese éxito colectivo en un motivo de culpabilidad.

El reto no es tener menos turismo.

El reto es tener un turismo mejor.

Un turismo que genere más valor y menos presión. Que favorezca el empleo estable y la sostenibilidad. Que contribuya a financiar los servicios públicos y la protección del territorio. Que siga permitiendo a nuestros hijos encontrar oportunidades sin necesidad de abandonar la isla.

Porque Mallorca no se ha construido a pesar del turismo.

Mallorca se ha construido, en gran medida, gracias al turismo.

Tomeu Bestard. Presidente de Alcudiamar y miembro de la Junta Directiva de Foment del Turisme de Mallorca.

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