Tribuna

El espejo del césped: cuando ganar bien es el único camino

Agora la opinion de Víctor Almonacid

Un Mundial de fútbol nunca es solo fútbol. Durante unas semanas, un país se mira en una pantalla y cree reconocerse en veintiséis jugadores, en un banquillo, en una forma de actuar, de jugar, de celebrar y también de sufrir. Por eso el triunfo de la selección española no debería leerse únicamente como una victoria deportiva. Lo valioso no es solo haber ganado, sino la imagen que esa victoria nos ha devuelto: la de una comunidad capaz de organizar talento, paciencia y confianza alrededor de un propósito compartido. Valores. En efecto, los jugadores no solo han exhibido un gran juego sino también un gran comportamiento. Y esto todavía tiene más mérito y destaca más si cabe debido al brutal contraste que arroja la comparación con lo han mostrado otros equipos, especialmente el subcampeón.

En el campo se vio algo sencillo y, quizá por eso, profundamente poderoso: jugadores que aceptaban una función, que corrían para que otro brillara, que entendían que una jugada no empieza ni termina en quien marca el gol. Hubo esfuerzo, sí, pero también escucha. Hubo ambición, pero no arrogancia. Hubo competitividad sin necesidad de convertir al rival en enemigo, ni mucho menos de intentar causarle un daño o lesión. En una época en la que la costumbre es premiar el brillo individual, la selección recordó que la excelencia suele tener una arquitectura colectiva.

Sin embargo, seamos honestos, “España” de fútbol (la selección) no es lo mismo que “España” país. Ojalá. Pero es un hecho: lo que celebramos en el césped revela, otra vez por contraste, lo que echamos de menos fuera de él.

La sociedad española —como tantas otras— vive a menudo instalada en la desconfianza. No es para menos. La política convierte la discrepancia en trinchera; las redes sociales empujan a responder antes que a pensar; algunos espacios laborales confunden la presión con el mérito y la visibilidad con el valor. En ese clima, cooperar parece ingenuo y respetar las reglas, una desventaja. El fútbol, tantas veces acusado con razón de exagerar nuestras peores pasiones, ha ofrecido esta vez una imagen distinta: la posibilidad de competir sin romper el vínculo común. Que cale el mensaje de que los objetivos no deben conseguirse jugando sucio tiene una relevancia social incalculable.

Lo sé. No conviene idealizar y mucho menos exagerar. Un equipo campeón no arregla un país, ni una final borra sus fracturas. Pero los símbolos importan porque ordenan emociones dispersas. Cuando millones de personas celebran al mismo tiempo una forma honrada de ganar, se abre una pregunta incómoda y necesaria: si admiramos la generosidad, la disciplina y el respeto cuando aparecen en una selección, ¿por qué los consideramos secundarios en la vida pública, en la empresa, en la conversación cotidiana? ¿Cuándo hemos normalizado el juego sucio en otros ámbitos?

El espejo del Mundial no nos pide que vivamos como un vestuario ni que confundamos sociedad con deporte. Nos pide algo más modesto y seguramente más difícil: reconocer que ninguna comunidad prospera si cada parte juega solo para sí misma. La diversidad suma cuando existe una idea compartida; la juventud empuja más lejos cuando encuentra referentes y confianza; la experiencia sirve de verdad cuando no se limita a conservar su sitio. El qué está totalmente condicionado por el cómo. Esa es la lección menos ruidosa y más profunda de esta victoria.

Ojalá este Mundial no quede reducido a una noche de banderas, abrazos y titulares. Ojalá, cuando pase la euforia, permanezca la imagen que nos ofreció: un grupo que entendió que ganar bien no es un adorno moral, sino una forma más sólida de ganar. “Hacer las cosas bien”, ¿cuántas veces lo hemos escuchado en la vida? Tal vez esa sea la tarea pendiente. Mirarnos menos para confirmar lo que ya pensamos y mirarnos más, como sociedad, en aquello que somos capaces de admirar, porque en el fondo es lo que queremos ser.

El Mundial de fútbol es el segundo evento deportivo más importante del planeta, después de los JJOO, que es otro espejo brutal. Algunos jugadores deberían recordar que no solo importa el resultado, sino el mensaje que lanzan a los millones de ojos y mentes que los idolatran y, eventualmente, los imitan. Nadie critica que se juegue con garra, incluso duro, pero hay unos límites físicos y morales que, en mi opinión, son innegociables. Si hubiera triunfado un comportamiento tan antideportivo como el que todos pudimos ver en equipo finalmente perdedor, una nueva generación de niños y jóvenes habría recibido el mensaje equivocado.

Afortunadamente, el buen juego colectivo basado en el compromiso individual se impuso, con sangre, sudor y lágrimas (literalmente), a la violencia y el antifúbol, sucio hasta en la gestión de la derrota. Los deportistas de élite tienen esa responsabilidad, porque son el espejo donde muchos se miran. Millones de personas ofrecen generosamente toda su atención y parte de sus emociones en cada uno de los partidos, pero lo importante no es lo que le damos a un Mundial, sino lo que un Mundial nos devuelve.

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