Cuando el metro cuadrado vale más que el automóvil

El Consell de Mallorca ha remitido al Parlament una proposición de ley para limitar la entrada de vehículos que no tributen en la Isla. Lo cual viene a demostrar que, poco a poco, valen más los metros cuadrados que ocupan los coches que los propios vehículos.

En casa me pasó lo mismo con los libros. Cuando me di cuenta de que me costaba más el espacio que ocupaban que los propios libros decidí comprarme un Kindle. Desde entonces, la versión electrónica es siempre mi primera opción, aunque sigo siendo un devoto del papel.

La anécdota puede parecer banal, pero encierra una enseñanza económica de gran relevancia. Durante mucho tiempo tendemos a fijarnos en el valor de los objetos y olvidamos el valor del espacio que consumen. Sin embargo, cuando el espacio se convierte en un recurso escaso, acaba adquiriendo un precio superior al de los bienes que alberga.

Eso es precisamente lo que está ocurriendo en Mallorca. Durante décadas, el debate sobre la movilidad se ha centrado en los automóviles. Se discutía si había demasiados vehículos, si contaminaban demasiado o si el transporte público era suficiente. Pero la nueva normativa impulsada por el Consell reconoce, y pone de manifiesto, una realidad diferente. El problema ya no son los coches en sí mismos. El problema es el espacio.

Un automóvil actual puede resultar más o menos accesible para una mayoría de la población. Sin embargo, el espacio que necesita para circular, aparcar y coexistir con centenares de miles de otros en lugares altamente demandados implica un encarecimiento del mismo. Tan valioso que la administración ha considerado necesario restringir su acceso mediante autorizaciones, cupos y tasas.

Desde una perspectiva económica, la medida tiene pues cierta lógica. Cuando un recurso es escaso con respecto a su demanda acaba teniendo un precio más elevado. Si no lo hace el mercado mediante sus propios mecanismos, lo tiene que hacer la administración mediante normas. Lo vemos en los aparcamientos urbanos, en las concesiones portuarias, en los amarres náuticos o incluso en el acceso a determinados espacios naturales protegidos.

No es un fenómeno ni nuevo ni exclusivo de Mallorca. Ocurre algo similar en muchos otros lugares especialmente atractivos, tal como es el caso de los centros de las urbes más dinámicas. Por ello, cuando éstas adquieren un cierto volumen de población, suelen combinar peatonalizaciones y otras restricciones al tráfico rodado en superficie con infraestructuras ferroviarias urbanas de alta capacidad subterráneas, fórmulas de teletrabajo, etc. Probablemente en un futuro cada vez más próximo los vehículos autónomos cumplan un papel similar al de mi Kindle.

De hecho, quiero creer que no es casualidad que la esta ley limitadora coincida en el tiempo con los anuncios de la construcción de nuevas líneas de tren parcialmente soterradas. Es lo que ha pasado siempre en las ciudades bien administradas.

En cualquier caso, la limitación de los coches de no residentes, por sí sola, no solventará el problema. Lo más seguro es que reduzca muy poco la presión sobre las carreteras durante los meses de mayor afluencia. 

Un dato a tener en consideración es que, si el coste de la vida en los downtowns de las ciudades más dinámicas es muy elevado, en buena parte es porque los salarios pagados en esos entornos también lo son. Algo que es más que posible que ya esté ocurriendo también en algunos sectores de aquí.

El verdadero reto para Mallorca no consiste, por tanto, en evitar que el valor del espacio aumente. Eso es una consecuencia natural de vivir en un territorio atractivo, seguro y ampliamente demandado. La cuestión es si seremos capaces de desarrollar actividades económicas generadoras de la riqueza necesaria para sostener ese incremento de valor.

Porque cuando el espacio se encarece, las sociedades tienen dos opciones. La primera es limitar su uso con todo tipo de restricciones ineficaces, sin realizar inversiones, lo que desemboca en un mal reparto de la escasez provocada. La segunda es aumentar la productividad para que ciudadanos y empresas puedan asumir costes más elevados sin perder calidad de vida. La historia de las ciudades más prósperas demuestra cual es la estrategia más sostenible.

La limitación de vehículos que plantea el Consell es, en el fondo, un reconocimiento de que el metro cuadrado se ha convertido en uno de los bienes más valiosos. Ahora bien, sí queremos que esa realidad no se traduzca únicamente en más restricciones y más costes insoportables, será necesario acompañarla de mejores infraestructuras, más innovación y, en definitiva, más actividades de mayor valor añadido.

Al fin y al cabo, cuando el metro cuadrado vale más que el auto, el verdadero debate ya no gira en torno al vehículo. Gira en torno a qué hacemos con el espacio disponible y, sobre todo, a qué tipo de economía queremos construir sobre él.

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