Exactamente, en esos mismos instantes en los que estoy tecleando este escrito, están dando por televisión las escenas de masificación humana más espectaculares de los últimos años en las principales calles de la ciudad de Madrid: se trata de un acto de exaltación popular dedicado a Su Santidad el Santo Padre de Roma y sucesor de Pedro, León X!V, de nombre civil Robert Prevost, nacido en la ciudad de Chicago, en los Estados Unidos y licenciado en matemáticas.
Las imágenes que ofrece RTVE són impresionantes: cientos de miles de madrileños (bueno, madrileños madrileños —los que se autodenominan “gatos” son, en la capital cuatro gatos más o menos— que, agolpados y compactados en las grandes avenidas de la capital aclaman, vitorean y ovacionan al Papa de Roma en su visita pastoral a España. La gente, las masas, vociferan y berrean cànticos de índole religiosa y lanzan todo tipo de aullidos y clamores en favor del pontífice americano. Todo muy cuqui y chachipiruli, con un fervor inusitado e insólito por parte del público entusiasmado. Las cámaras de televisión juegan a dos bandas: por un lado se muestra al “homenajeado” de pie en su “papamóvil” recorriendo el asfalto y respondiendo gestualmente a los griteríos y muestras de afecto del público; y, por el otro, una cantidad de imágenes inefables de parte del personal enfervorizado y favorecido por el encanto del mágico momento. RTVE muestra, sin descanso, primeros planos producidos con brillantes teleobjetivos, de personas medio enloquecidas por la magia del evento que esgrimen todo tipo de banderas y pancartas y que, desbordados por la emoción, exhiben lagrimas y sonrisas que recordarán toda su vida.
En los planos cortos de los distintos grupos de personas, entre las cuales se encuentran indivíduos de distintas edades, nacionalidades y razas (aunque los niños y niñas vestiditos de Domingo de Ramos se llevan la palma), es donde mi mirada se concentra y observa un fenómeno humano digno de ser destacado: un porcentaje elevadísimo de los humanos que forman parte de la masa (incluïdos seres infantiles) sostienen en sus manos un objeto mecánico que parece haberles caido del cielo y, con absoluta devoción, lo elevan con el mismo convencimiento y devoción que los clérigos aupan la Hostia Consagrada que representa el cuerpo de Cristo en la santa misa, el sacrificio más imponente de la litúrgia católica. ¿Qué es este objeto tan especial que mayoritariament empuñan los feligreses callejeros en tal suprema ocasión? Un teléfono móvil; sí señores, alucinen pepinillos y mandarinas: un teléfono móvil, el artilugio que ha cambiado las vidas de miles de millones de hombres, mujeres, ancianos y ancianas y niños y niñas del planeta.
Y digo yo que, semejante espectáculo (el hecho de que el 90% del personal feligrés que se amontona alrededor del Santo Padre se dedique a grabar videos del emocionante momento) me deja anodadado y estupefacto. Da la impresión que, ante la emocionante visión de un Papa cercano, uno debería poner toda su atención en el hecho en sí del disfrute emocional de su presencia física, observar con detenimiento todos sus gestos, visualizar la alegría del momento, respirar hondo, abrir totalmente sus ojos y captar (para el resto de su paso por la Tierra) las impresionantes imágenes que llenan sus corazones de gozo y pasión. Pues no.
El populacho deja de “mirar” en directo todo el espectáculo y se centra en su “aparato” en el cual va grabando una mierda de imágenes (que ve en pequeñito, desenfocado, movido, con el sol en la pantalla y sin matices) perdiéndose la amplitud de agitaciones y emotividad general que ofrece el espectáculo único y especial.
Es evidente que este comportamiento es del todo anormal, por decir algo suave. Parece que lo mejor sería disfrutar a tope del acto (con todos sus sentidos en alerta), reservar en su depósito todas los detalles que lo circunscriben (sonidos, aromas, impresiones, luces), captar sensorialment la grandeza y majestuosidad del momento y, ya, si eso, más tarde, reproducir en sus casa —todas las veces que se quiera y todos los años que viva— las mejores imágenes que ha ofrecido televisión, desde todos los ángulos más privilegiados, con la mayor calidad técnica posible y con todo lujo de detalles.
Es por eso que, humildemente, pido la medalla de “idiotas predilectos” a todo el respetable (pero poco respetuoso y respetado) público que no ha visto un carajo cuando el Papa le ha saludado cerca y se ha dedicado a mirar por el rabillo del ojo a una máquinita con el triste propósito de mandarlo, immediatamente, a sus amiguetes y compinches de Facebook, Instagram o cualquiera de las otras redes comunicativas construidas para aumentar la memez del personal.
La otra medalla (la de “gilipollas de aupa”) la reservo para aquellos —también multitud— que, mientras el Papa pasa a escasos metros de su físico, se hacen una “selfie”, es decir, se graban a sí mismos —mostrando en color toda su imbecilidad nata o aprendida— para que crezca su tontura y su carácter bobo y mentecato.
Sic transit gloria mundi.





