Devolvedlo a la gente

De un tiempo acá, nuestros obispos  han invocado el valor irrenunciable del Evangelio. Así es en la visón del cristianismo. Les tomamos, en consecuencia, la palabra y les recordamos una de las instrucciones de Jesús al enviarlos a proclamar el reino de los cielos: “de balde lo habéis recibido, dadlo de balde” (Mt 10, 8). Criterio esencial que se recuerda siempre al plantear la reutilización del abundante patrimonio eclesiástico, redundante o en desuso.

Todos contemplamos la situación real de la Iglesia católica  en lo referente a su patrimonio inmobiliario. Cantidad de templos que ya han perdido su utilidad como lugares de culto. Numerosos conventos cerrados o a punto de hacerlo. ¿Qué hacer con ellos?  ¿Cómo garantizar su sostenibilidad  económica? ¿Como conservarlos  de tal manera que sigan siendo útiles, esto es, que sirvan, por ejemplo,  a determinados fines sociales? ¿Estaría justificado el ponerlos, sin más miramientos, en el mercado inmobiliario?  ¿Cómo evitar  que ciertas decisiones, abiertas a ciertos usos concretos, no entren en conflicto con la sensibilidad de la gente y, en consecuencia, mermen  la credibilidad de la propia Iglesia?

Todos sabemos, a veces por su proximidad a nosotros, de las dificultades con que tropieza una familia cuando necesita ayuda para cuidar a un miembro mayor de la misma. Estamos ante una muy grave situación en la que cualquiera de nosotros puede verse concernido cuando menos lo espera. Muchas familias, su inmensa mayoría, no dispone de la capacidad económica suficiente para optar a ciertas residencias para personas mayores. Todo un drama familiar y personal. Incluso las plazas públicas son notoriamente insuficientes y obligan a las personas mayores y a sus familiares a desplazamientos  muy lejanos de su lugar habitual de residencia. Se ha de reconocer que hemos asistido a un cierto abandono y dejadez de la Administración pública.

La semana pasada, UH y DM,  se hacían eco del impulso del Consell de Mallorca  en orden a una significativa ampliación de plazas residenciales públicas. La red propia pasará de 845 a 1463 plazas. ¡Ojalá se haga realidad! No busca simplemente ampliar el número de plazas. Busca “repartir mejor la red y hacerla más próxima. Que una persona mayor pueda seguir cerca de su municipio y de su entorno familiar también forma parte del cuidado” (UH). Ello exigirá, sin duda, un esfuerzo notable de gestión y, muy en particular, una cuidadosa selección del personal asistencial. Celebro y felicito a Llorenç Galmés por esta iniciativa tan humanizadora.

Sorprende sobremanera que Mons Taltavull no haya sabido ver la gran oportunidad de poner una parte del  patrimonio  de la Iglesia en desuso al servicio de un uso social, tan humanizador y tan cristiano (Mt 25, 31-46), como acompañar a los mayores en necesidad tan apremiante  al final de su vida.Todavía puede estar a tiempo. No importan ciertos desplantes de políticos cortos de miras. Es cuestión de insistir, como aconseja Pablo a Timoteo, “a tiempo y a destiempo” (2Tim 4, 2)  y de acudir al tajo de  la viña. Se trata de buscar, de ofrecer y de concertar fórmulas viables con la Administración pública. Lo que se necesita es voluntad.  Todos saldrán favorecidos y, muy en concreto, la Iglesia otorgará sostenibilidad al patrimonio en desuso y lo pondrá al servicio de un uso  evangélico (credibilidad).

A mi entender, se ha de huir del secretismo con el que la Iglesia suele rodear estas decisiones. La transparencia se eleva a exigencia ineludible a fin de evitar malos entendidos, sospechas infundadas y hasta errores manifiestos. No está nada claro que la venta de ese patrimonio en desuso sea la mejor solución. ¿A que se destinaría  el producto de la enajenación realizada? Tampoco se han de repetir experiencias como la disputa del convento de Sant Jeroni de Palma.  Tanto hablar de prioridad del Evangelio, de fraternidad y de amor y, para demostrarlo, las entidades religiosas han de acudir a los Tribunales civiles del Estado. ¡Vaya contra testimonio! El Evangelio se margina en el interior de la propia Iglesia. 

¡Devuelvanlo a la gente!  Aunque sea gratuitamente. A ustedes no les costó nada. Se lo dieron para un fin predeterminado. Déjense de excusas y garanticen la voluntad de los donantes. Ah, eso sí, abandonen también, como ya denunciara Yves Congar, en 1937, “el sistema (…)  en el que se esclaviza a las conciencias y las relaciones del alma con Dios parecen deducibles y controladas” (cf. Hans Küng, Siete Papas, 2017, pág. 30).

                                                                             Gregorio Delgado del Río.

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