Escribo frente a un amplio ventanal que da acceso a una terraza de considerables dimensiones. Llueve; levemente, pero llueve. Mi mirada deambula entre el teclado del ordenador y un exterior repleto de árboles y cielo encapotado, plomizo, más celestial que nunca; observo que una cierta primavera, tímida, melosa, intenta establecerse en el ambiente.
No están. No han aparecido. La família de mirlos (padre, madre e hijo) que, con periodicidad convertida en hábito, se posan en el suelo de mi terraza no han hecho, hoy, acto de presencia. Será que llueve, claro; debe ser éste el motivo. Reflexivamente, mi escaso cerebro se formula una pregunta: cuando llueve ¿dónde putas se meten los bicharracos voladores también apellidados aves?
Entiendo que con el agua depositada sobre sus alas el peso debe ejercer una cierta presión sobre su cuerpo y este hecho, puramente físico, les impide realizar sus vuelos de manera más o menos regular. Pero es que tampoco se mantienen erguidos encima de las ramas de los árboles ni mucho menos en los cables del telégrafo. ¿Dónde coño pasan los ratos de lluvia? ¿Dónde se meten? Misterio.
En mi terraza sólo se posan los mirlos. Normalmente, la familia pájara antes citada tienen la exclusiva. El macho –con postureo dominante- viste de un negro corporal casi religioso: un luto indiscutible con la salvedad de su pico amarillento; la hembra –más modosita ella y siempre atenta a las decisiones de su cónyuge- luce una sana pechuga algo rojiza y exhibe con naturalidad y orgullo sus diversas maternidades; el vástago, el pequeñín de la estirpe, anda como distraído, medio ausente, juguetón, irracional.
Hoy no están. Llueve. No vienen a picotear sus migas de pan que un servidor, muy servicialmente, les pone a su disposición todos los días de la semana. ¿Será por la lluvia?
Una vez, hace ya decadas y lustros, robé de una librería un volumen sobre pájaros. Divulgación poco científica y, por lo tanto, amena. Acerca de los mirlos, me quedó grabada una frase en la que se especificaba que esta especie, en concreto, suelen repetir sonidos que escuchan atentamente y, es más, algunos son capaces de imitar la voz humana. Nada me daría más placer que poder comunicarme oralmente con los “míos” y preguntarles de una vez: ¿dónde putas os meteis cuando llueve, bribones?
Nota: únicamente mis mirlos tienen derecho de acceso a mi terraza para engullir mis migas de pan o bizcocho cuando se tercia. Las palomas que intentan aterrizar en mi espacio son despachadas, sin contemplaciones, a escobazo limpio; exactamente el mismo operativo que empleo, los domingos por la mañana, con los Testigos de Jehová. Tal cual.




