Yo más bien diría, y no quiere idealizar a Luis de la Fuente que sus valores son de un auténtico líder en contraposición con el seudoliderazgo de Pedro Sánchez, cuyas conductas, emergen de unos valores que todos conocemos. ¿Y qué decir de la colla que le aplaude compulsivamente en el Parlamento?
Hay ocasiones en las que el deporte trasciende el marcador. No porque un equipo gane o pierda, sino porque quien lo dirige termina ofreciendo una lección que va mucho más allá del fútbol. El liderazgo del seleccionador nacional se ha convertido en uno de esos ejemplos.
Mientras el ruido domina la vida pública, él ha elegido la serenidad. Mientras otros buscan el foco, él lo dirige hacia sus jugadores. Mientras la sociedad parece instalada en la confrontación permanente, ha construido un equipo donde el talento individual solo tiene sentido al servicio del colectivo. No es casualidad. Los equipos no se improvisan. Se construyen sobre valores.
Confianza. Coherencia. Humildad. Esfuerzo. Mérito. Responsabilidad.
Los grandes líderes entienden que el respeto no se impone; se gana. Que la autoridad no nace del cargo, sino del ejemplo. Que las personas siguen a quien transmite credibilidad, no a quien simplemente ejerce el poder.Quizá por eso resulta inevitable establecer un contraste con la política española.
España vive una profunda crisis de confianza institucional. Más allá de los debates ideológicos, existe una creciente sensación de desgaste provocada por la sucesión de controversias públicas y de investigaciones que han afectado a personas del entorno del Gobierno. Ante situaciones así, los ciudadanos esperan transparencia, explicaciones y la asunción de responsabilidades cuando corresponda.
Sin embargo, una de las críticas más repetidas al presidente Pedro Sánchez es precisamente la contraria: haber convertido la resistencia política en el eje de su liderazgo. Sus detractores sostienen que ha modificado posiciones previamente defendidas cuando la aritmética parlamentaria lo ha requerido y que ha respondido a las críticas atribuyéndolas a estrategias de la oposición o de determinados sectores, en lugar de reconocer la gravedad de determinadas situaciones cuando afectan a personas de su entorno político.
En democracia, la legitimidad no se obtiene únicamente en las urnas. Se renueva cada día con la conducta de quienes gobiernan. La confianza pública no se mantiene solo con mayorías parlamentarias; exige ejemplaridad, coherencia y capacidad para asumir responsabilidades.
Ese es el verdadero contraste entre ambos modelos de liderazgo. Uno entiende que el líder está al servicio del equipo. El otro es acusado por sus críticos de situar la supervivencia política como prioridad frente a la reconstrucción de la confianza. Uno genera ilusión porque transmite autenticidad.
El otro provoca una creciente desafección entre quienes consideran que la política ha dejado de responder a los estándares éticos que deberían exigirse a cualquier servidor público. Los ciudadanos no esperan gobernantes perfectos. Esperan dirigentes que inspiren confianza. Personas capaces de reconocer errores antes de que los errores terminen devorando la credibilidad de las instituciones.
El fútbol ofrece, a veces, lecciones que la política debería escuchar. Un entrenador puede convertir a once jugadores en un equipo si logra que todos crean en un proyecto común. Un presidente debería ser capaz de hacer lo mismo con un país.
Porque al final la diferencia entre un jefe y un líder siempre es la misma. El jefe conserva el poder. El líder construye confianza. Y cuando la confianza desaparece, ningún poder es suficiente para llenar ese vacío.
Ojalá ganemos el domingo Argentina. Pero el camino recorrido ha valido la pena: ha unido a los españoles.Nuestra memoria y nuestro agradecimiento. Y en historia transitoria pero nunca en doma.



