La existencia de uno de nuestros mejores y más brillantes escritores contemporáneos, Julio Llamazares, ha estado marcada desde su infancia por un hecho inusual, vinculado directamente al lugar en el que vino al mundo, pues nació en un pequeño pueblo leonés, Vegamián, que en 1969 quedó sumergido para siempre bajo las aguas del embalse del Porma. Llamazares tenía entonces catorce años de edad.
«Muchas veces me preguntan que cómo ha influido este dato en mi vida y en mi obra literaria. Y la verdad es que nunca sé muy bien qué responder, porque, evidentemente, de algún modo me habrá influido, pero no sé cómo ni hasta qué punto. Lo único que tengo claro es que el hecho de no tener un lugar al que volver, un sitio de referencia, como la mayoría de las personas, me hace sentir más apátrida, lo cual, dicho sea de paso, es muy saludable, sobre todo en estos tiempos de fiebres nacionalistas», afirmó el propio Llamazares en la serie documental Esta es mi tierra, en el capítulo protagonizado por él mismo bajo el epígrafe de 'León, memoria de la nieve'. Dicho capítulo fue emitido por vez primera por Televisión Española el 24 de octubre de 1999.
Aquellas palabras de Llamazares cobraron un sentido muy especial y personal para mí exactamente tres años después, el 24 de octubre de 2002. La razón de ese impacto emocional fue que justo aquel día pasé por casualidad, después de mucho tiempo de no hacerlo, frente a la vivienda en la que yo había vivido durante mis primeros veinticuatro años de vida, junto a mi familia, en el número 23 de la calle Ballester de Palma. Esta calle era una de las que durante décadas formaron parte del antiguo barrio chino —también conocido como es brut— de la ciudad.
Recuerdo que cuando todavía vivíamos allí, en concreto en el segundo piso izquierda, residían en ese edificio dos mujeres que se dedicaban a la prostitución y también recuerdo que teníamos a muy pocos metros de nuestro hogar tres locales de alterne, el Bar Eva, el Diamante Rojo y el Póker Bar. El primero de esos locales solía tener la música a gran volumen hasta las dos o las tres de la madrugada, por lo que normalmente yo no podía dormirme hasta esas horas. La canción que más ponían noche tras noche en el Bar Eva era Delilah, de Tom Jones.
El Bar Eva sólo cerraba cuando llovía, porque su dueña se había dado cuenta de que en los días fríos o desapacibles apenas tenían clientes. Así que yo sentía una gran alegría cada vez que anunciaban en televisión que llovería en Palma, porque sabía que esa noche podría dormir casi como cualquier otro niño de cualquier otra barriada de mi ciudad. Quizás por ello, todavía hoy sigo amando muy profundamente la lluvia, sobre todo cuando es serena, suave y tranquila.
En la misma calle Ballester, en el entresuelo del número 25, había abierto mi padre a finales de los años sesenta un pequeño taller, en donde reparaba televisores, así como también radios antiguas, transistores y radiocasetes. Al mismo tiempo, montaba las antiguas teles de tubo, incluidas con posterioridad las primeras en color que empezó a haber ya en España, e instalaba asimismo antenas en los tejados y en las azoteas de los edificios.
Papá era un técnico realmente excelente, pero ello no llegó a traducirse nunca para él ni para nuestra familia en el logro de una situación económica más o menos estable. La mayoría de sus clientes eran personas muy humildes y en ocasiones casi sin recursos, así que mi padre les hacía unos precios especiales, muy ajustados, por lo que no siempre resultaba fácil que nosotros consiguiéramos salir adelante mes a mes.
Mi madre, por su parte, contribuía también de manera muy meritoria al sustento de la economía familiar, esencialmente con tareas pictóricas eventuales muy sacrificadas que, por desgracia, no estaban demasiado bien remuneradas. En el seno de esa familia habíamos nacido tres hijos, Gaspar, Joan y yo, que ya desde niños trabajábamos en el citado taller, ayudando en todo lo que podíamos.
Mi padre moriría muy joven, con apenas cincuenta años, después de una larga enfermedad. Fue en la madrugada del 25 de agosto de 1982, unas horas después de que yo hubiera cumplido diecinueve años.
Los tres hermanos intentamos seguir en solitario con el taller que había creado papá y durante unos pocos años lo conseguimos, hasta que a mediados de los años ochenta constatamos que ya no era viable económicamente y lo cerramos. Poco después, mi hermano Gaspar abrió un nuevo taller con un amigo en las inmediaciones de la calle General Riera y, además, fue el primero en poder marcharse del piso familiar.
Mi madre, mi hermano Joan y yo aún aguantamos un tiempo en la vivienda de la calle Ballester, hasta que decidimos marcharnos para siempre de allí en el verano de 1987, después de haber descubierto que los nuevos inquilinos de la puerta de enfrente se dedicaban a la venta de droga. Así pues, entre 1987 y 2002 nuestro piso estuvo cerrado y nadie más volvió a vivir ya nunca en él.
En aquel lapso de tiempo, la mayoría de inmuebles ubicados en el barrio chino fueron además expropiados, en el marco del proyecto municipal de rehabilitación de toda la zona, que esencialmente preveía la demolición de todos los locales de alterne y de los edificios que estaban en peor estado, incluido el nuestro. Por tanto, aunque no nos hubiéramos ido de allí en 1987, lo tendríamos que haber hecho obligatoriamente unos pocos años después.
Teniendo en cuenta todas esas circunstancias previas, fue precisamente aquel 24 de octubre de 2002 cuando descubrí, por puro azar, que las excavadoras de demolición que desde hacía varias semanas trabajaban en los alrededores de la calle Ballester habían empezado a derribar también nuestra antigua vivienda familiar. De nuestro inhabitado piso ya sólo quedaban en pie aquel día una parte de la terraza, restos de las persianas que con tanto esfuerzo pinté en la adolescencia, la vieja cocina y la ducha de pared del baño interior. Ahí estaban, expuestos a todos, los escombros físicos y en cierto sentido también vivenciales de una parte muy importante de nuestro pasado.
Aquel día de octubre me di cuenta de manera definitiva de que yo tampoco tendría ya, al igual que Llamazares, un lugar al que volver, por muy triste y gris que este hubiera sido. En cierto modo, me sentí también entonces como uno de los protagonistas de su excelente libro de relatos En mitad de ninguna parte, en donde nuestro autor explicaba que las personas de las que hablaba en esa obra eran seres sin solución, sin destino, seres al margen de la vida: «Gente que está, como yo, en mitad de ninguna parte. Por eso son mis amigos».
A menudo he pensado que quienes vivimos en el barrio chino de Palma durante décadas, llegamos a sentirnos casi siempre un poco así, perdidos, olvidados, solos, invisibles para el resto de la ciudad y de sus gobernantes, fuesen del partido político que fueran. Esta sensación de invisibilidad y de abandono llegamos a interiorizarla en muchos casos de tal modo, que, todavía hoy, forma parte indisoluble de nosotros mismos, por encima de cómo se hayan podido desarrollar posteriormente nuestras vidas.
«Al final, la tierra que yo describo ya no existe, salvo en mi memoria, de la misma manera que Vegamián ya no existe, salvo como una sombra en el agua. Esa sombra es mi patria y mi literatura», concluía hermosa y melancólicamente Llamazares en el mencionado episodio de la maravillosa serie Esta es mi tierra.
Esa sombra de la que hablaba este gran escritor leonés es también, en cierta forma, mi viejo barrio, mi propia vida y mi escritura.





