Presenta su libro en Mallorca en formato coloquio con el diplomático Josep Pons. ¿Cuál es la tesis central que va a exponer?
— He estado cinco años trabajando en este libro, basado fundamentalmente en documentación diplomática recientemente desclasificada. Curiosamente, ahora que la desclasificación está tan de moda, el Gobierno me ha pisado un poco la exclusiva. Llevo treinta años trabajando sobre Juan Carlos I. Mi primer libro, El piloto del cambio, se publicó en 1991. Entonces no presté especial atención a la dimensión exterior. Con el paso de los años, trabajando en archivos —sobre todo americanos y británicos, que son los más completos— fui comprendiendo la enorme importancia de esa dimensión internacional.
Don Juan Carlos, incluso cuando era solo príncipe entre 1969 y 1975, y no tenía papel formal alguno más allá de ser sucesor de Franco, ya empezó a moverse con las grandes democracias: Estados Unidos, Francia, Alemania y Reino Unido. Lo hacía para preparar el terreno para su llegada al trono en noviembre del 75.
Tenía claro desde finales de los sesenta que el franquismo sin Franco era inviable y que, si la monarquía y la dinastía de los Borbones querían sobrevivir, debía favorecer un proceso democratizador. Y también tenía claro que solo una España democrática podría ingresar en la OTAN y en la Comunidad Europea.
"Don Juan Carlos tenía claro que solo una España democrática podría ingresar en la OTAN y en la Comunidad Europea"
Usted sostiene que el Rey ayudó a levantar vetos clave para la entrada en la Comunidad Europea.
— Sí. Argumento que contribuyó decisivamente a superar dos vetos previos al ingreso. El primero fue el reconocimiento del Estado de Israel. España no tenía relaciones diplomáticas con Israel y, aunque no figuraba en ningún tratado, los gobiernos europeos trasladaron a los españoles que solo una España que reconociera a Israel podría ingresar en la Comunidad.
El papel del Rey consistió en convencer a monarcas árabes —Marruecos, Jordania, países del Golfo, especialmente Arabia Saudí— de que España necesitaba dar ese paso para poder entrar en Europa. Lo aceptaron a regañadientes. Él defendía que solo reconociendo a Israel España podría luego defender la causa árabe, como ocurrió en la Conferencia de Paz de Madrid de 1991.

El segundo veto fue Gibraltar. Los británicos dijeron al Gobierno español que apoyaban el ingreso, pero que el Parlamento británico no lo aprobaría si no se restablecían plenamente las comunicaciones interrumpidas en 1969. Aporto documentación sensible sobre conversaciones de Juan Carlos con el ministro británico Douglas Hurd, el embajador Anthony Parsons y el historiador Hugh Thomas.
El Rey les decía que si el Reino Unido devolvía Gibraltar, Hassan II reclamaría Ceuta y Melilla, algo inconcebible. Propuso negociar y abrir la verja sin convertir la soberanía en una exigencia inmediata. La Declaración de Lisboa de 1980 y la de Bruselas de 1984 permitieron normalizar la situación.
¿Puede hablarse de política exterior de un jefe del Estado?
— Yo prefiero hablar de diplomacia. Identifico tres tipos. Diplomacia política: gestiones directas con jefes de Estado y de Gobierno. Diplomacia económica: apoyo a empresas españolas en el exterior y captación de inversiones. Y diplomacia pública: grandes eventos como los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 o la Expo de Sevilla.
La diplomacia económica fue a veces criticada porque el Rey hablaba en privado con monarcas del Golfo sin presencia de ministros. En teoría, sus actos deben ser refrendados por un miembro del Gobierno. Pero en ocasiones se producía lo que se llama “refrendo tácito”: tras la reunión, informaba al presidente o al ministro.
La diplomacia pública es fundamental. La idea de Barcelona 92 arranca en 1977 con el nombramiento de Juan Antonio Samaranch como embajador en Moscú. Y la Expo de Sevilla tiene su antecedente en un discurso del Rey en 1976 en República Dominicana, cuando evocó la Exposición de 1929 organizada por Alfonso XIII.

Marivent y la diplomacia de proximidad
Marivent fue durante décadas escenario de encuentros discretos. Desde los emperadores del Japón (1994), la reina Isabel II, los príncipes de Gales (1986 y 1987), George H. W. Bush (1993), Mijail Gorbachov (1992), Bill y Hillary Clinton, Michelle Obama... ¿Eso forma parte de la acción exterior o es papel cuché?
— No es “papel cuché”. Las visitas de Estado obligan a toda la administración a actualizar la relación bilateral. En el Real Instituto Elcano participamos en la preparación de esos viajes. La relación personal entre jefes de Estado tiene consecuencias concretas. España fue invitado permanente del G20 en parte por gestiones del Rey. La decisión de celebrar la Conferencia de Paz de Madrid se vincula a contactos previos con George Bush padre. La diplomacia es un deporte de contacto.
La llamada “campechanía” del Rey —hoy a veces caricaturizada— era accesibilidad y empatía. Eso conquistaba a políticos, periodistas y diplomáticos.
Además, que los Reyes veraneasen en Mallorca o esquiaran en Baqueira forma parte de la diplomacia pública. Somos uno de los países más visitados del mundo. Sería incomprensible que la familia real veranease fuera.
Europeísta “a la Ortega” y atlantista convencido
¿Don Juan Carlos fue más europeísta o más atlantista?
— Fue ambas cosas. Europeísta a la Ortega y Gasset: “España es el problema, Europa la solución”. Veía en Europa la modernización económica y cultural. Y en la OTAN, la modernización de las Fuerzas Armadas. Trató a diez presidentes estadounidenses, desde Gerald Ford hasta Barack Obama. Estados Unidos fue el país que más visitó oficialmente.
"Don Juan Carlos fue europeísta a la Ortega y Gasset: España es el problema, Europa la solución”
Ucrania
Cuatro años de guerra en Ucrania. ¿Qué perspectivas hay?
— La situación está bloqueada. No se espera ruptura del frente. Rusia sufre decenas de bajas diarias, pero mantiene apoyo interno. Las sanciones tienen impacto, aunque menor del previsto. La guerra se está convirtiendo en nuevo mito fundacional del nacionalismo ruso. Europa aporta hoy más apoyo que Estados Unidos, aunque dependemos de armamento estadounidense. No hay señales de una paz justa y duradera. La guerra va para largo.
"No hay señales de una paz justa y duradera. La guerra va para largo"
Trump y el orden multipolar
¿Qué implica el segundo mandato de Trump?
— Más incertidumbre. Trump es tanto síntoma como causa. Estados Unidos es más transaccional y menos multilateral. No estamos en un mundo G1 ni G2, sino en transición hacia un orden multipolar. La pregunta es si la Unión Europea quiere ser un polo junto a Estados Unidos, China o India. La autonomía estratégica está a cinco o diez años vista. Debemos hacer “de-risking”, depender menos de Estados Unidos en lo económico y militar, pero con racionalidad, porque nuestras economías están profundamente entrelazadas. Vivimos en un entorno disruptivo e inestable.






