Hay una nueva regla para nuestro mundo: la imagen ha dejado de ser referencia de lo que es verdadero, de lo real. Sobre la imagen cae, a partir de ahora, la presunción de falsedad. No te creas nada de lo que veas en internet. Todo puede ser falso. Ante cualquier fotografía asombrosa será necesaria una aclaración: esta imagen es real. La única imagen que permanece, por ahora, al margen de esta nueva ley, es la no representada en pantallas. La que queda a salvo de las inteligencias artificiales generativas. Lo no digitalizado. Es difícil no acordarse del mito de la caverna platónico: somos los esclavos encadenados que tomamos por real, por auténtico, por verdadero, las luces artificiales proyectadas ante nuestros ojos. Los que manejan las luces y los objetos que proyectan las sombras tienen otros intereses, que no son los nuestros. Algunas preguntas que podemos hacernos son: ¿por qué los modelos de inteligencia artificial son puestos a nuestra disposición? ¿a quién beneficia? ¿qué se nos da? ¿qué se nos pide a cambio? Otras preguntas menos inmediatas. Decía Beigbeder: “Dos cosas van a desaparecer: el secreto y el azar. Y con ellos la literatura” ¿en qué posición nos deja esta nueva realidad de la imagen? ¿cómo manejar una fuente inagotable de imágenes generadas sin intención, sin otra cualidad que un prompt?
El modelo de predicción publicitaria (conoce mejor a tu audiencia), motor de las tecnológicas los últimos veinte años se amplifica ahora con una nueva herramienta: por sus prompts los conocerás. En este marco de pensamiento lo ideal sería un condicionamiento completo, pero sutil: generar la necesidad de consumo directamente, pero sin que el usuario lo percibiera. Sería mucho más elegante, mucho más de marketing, decir que estamos para ayudarte, para darte lo que necesitas, para atenderte, para escucharte. Pero la realidad es que todo esto nos cosifica. Somos objetos. Ni siquiera somos el producto. De nosotros se extrae la materia prima con la que se elabora el producto. Y sí, el producto lo elaboran inteligencias artificiales.
Estos últimos días hemos asistido a un giro perverso. La utilización de inteligencias artificiales generativas para desnudar a personas (la mayor parte de las veces, mujeres). La perversidad del giro no es solo el desnudo, si no su utilización como gancho; el ofrecimiento de esta herramienta como una funcionalidad más para generar más interacción, más tráfico, más negocio. Imaginad esto en términos de intimidad, honor y propia imagen. La afección es brutal. La facilidad de generar este tipo de contenidos es asombrosa. Lo que antes hacían expertos en Photoshop con tiempo, ahora está al alcance de preadolescentes con mínimas nociones de usuario. La capacidad de difusión termina por perfilar la posibilidad del daño.
Ante este panorama ¿qué podemos hacer? Poco, porque este es nuestro mundo. Pero hacia dentro hay mucho espacio. Pero sí que hay algo que percibo como evidente, el engranaje básico de la máquina. Lo vengo diciendo desde hace tiempo y cada vez me suena mejor. O dicho de otra manera: cada vez que digo esto me siento menos raro. Hay que abandonar las redes sociales. Totalmente. Todas. Acabaremos abordando este problema como de salud pública que es, en términos de adicción, control y prohibición. Al tiempo.
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