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Examen con miedo

miércoles 12 de junio de 2019, 02:00h
Había pasado tanto tiempo desde mi último examen…Mi frágil memoria, ya ni alcanzaba.

La tarde anterior empecé a notar algunos síntomas de cierto nerviosismo: los clásicos movimientos peristálticos de mis intestinos iniciaban unos sonidos entre rugidos y truenos; la premonición de una tormenta, el aviso de un cataclismo.

Al anochecer, mi ritmo cardíaco esbozó un punto de taquicardia. Ante los presagios de una noche oscura y tenebrosa, me tomé un vaso de leche y, a continuación, una píldora somnífera.

Me debí quedar transpuesto…aunque una hora más tarde, mi cuerpo despertó amarado de un sudor ácido y desagradable. El estado de humedad de mis campos epidérmicos propulsó una especie de temblor; como de fiebre, sin aumentar la temperatura. Se acabó el descanso; el falso reposo. Pupilas completamente dilatadas y reloj daliniano; que no avanza, vamos. Manecilla inmóvil, como la famosa mujer del Rigoletto de Verdi, si se me permite la comparación…

Una vez zumbado el estridente ronroneo del malvado despertador, una ducha fría me hiela el corazón y alguna otra víscera vecina. Durante la operación de secado, una avalancha de angustia se me instala entre la garganta y la nuca; justo en medio: cerca de la campanilla.

Diez minutos más tarde, al tiempo en que se me agarrota el cogote, una avidez de sed abrasa el interior de mi pescuezo: talmente, fuego en llamas.

Me dirijo, diligente, hacia el lugar donde se va a proceder al examen. Tengo la ligera impresión de que el sol mimetiza mi estado; nublado. Miro la calle pero no veo gente; ni vehículos, ni árboles, ni nada de nada. Desierto.

Entro en el siniestro edificio oficial. Un conserje recoge, solícito, mi papel de acceso. Silencio más que absoluto: solo, de vez en cuando, el sonido estridente de un claxon de algún compañero de penas.

Me examino. Los instructores me ven y me preguntan si estoy nervioso: observan mis manos temblorosas. Afirmo, con la ingenua pretensión de causar una cierta sensación de amargura personal y ganar un poco de simpatía por parte del examinante.

Durante el examen no existo. Ni tan siquiera soy. Como que el alma y el cuerpo ya se han separado sin morir.

No pasa el tiempo, pero da igual; ¡no hay tiempo!

Final. Se me acerca uno de los controladores y me da una pegatina. Me dice: “!Hasta el año que viene, si Dios quiere!”

He aprobado. He pasado la ITV.

Mi moto esboza una ligera risita nerviosa.

Nos vamos. Íntima felicidad.
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