No hacer nada se ha vuelto sospechoso. Si alguien no está ocupado, produciendo, respondiendo mensajes, generando resultados o demostrando actividad, parece que empieza a perder valor ante los demás. Como si vivir no bastara y hubiera que demostrar siempre que no estamos perdiendo el tiempo.
La vieja pregunta “¿qué haces?” se ha convertido casi en una pregunta por la identidad. En muchos ambientes se ha llegado a creer que vivir es producir. Y de ahí se pasa enseguida a pensar que quien no produce, sobra.
Pero acaso ¿son parásitas las monjas de clausura porque no generan beneficios visibles ni aparecen en las estadísticas de impacto social? ¿Es vago el joven que está tumbado oyendo música, cuando quizá simplemente se reconoce y ordena su interior? ¿Es inútil el anciano que ya no puede trabajar ni resolver, pero cuya presencia guarda una memoria y una historia?
Estas preguntas no son exageradas. Señalan algo que está muy dentro de nuestra cultura: hemos reducido el valor de una persona a su utilidad. Valemos mientras servimos, somos eficaces, respondemos a una necesidad, realizamos una tarea o justificamos nuestro lugar. Pero esto no es verdad. Somos mucho más de lo que hacemos.
Lo sabemos, pero vivimos como si no lo supiéramos. Hemos aprendido a llenar todos los huecos. Una agenda a tope parece haberse convertido en señal de importancia. Incluso el descanso se justifica ahora en clave productiva: descansar para rendir más, meditar para concentrarse mejor, desconectar para volver con más energía. Hasta la pausa parece tener que servir para algo.
Pero las personas no necesitamos parar solo para recuperar fuerzas y volver a rendir. Necesitamos parar porque hay cosas de la vida que solo se entienden cuando dejamos de exigirnos resultados. En esos tiempos aparentemente inútiles se ordena algo por dentro. Aparece lo que la prisa esconde, se asientan algunas experiencias y vuelve a haber sitio para la memoria, la gratitud y la paz. Cuando paramos, dejamos de responder todo el tiempo a lo que viene defuera. Eso nos ayuda a escuchar mejor, a pensar con más hondura, a descansar sin culpa y a tratarnos con más verdad, también delante de Dios. A veces vemos más claro cuando dejamos de esforzarnos tanto.
No hacer nada no significa necesariamente pereza. A veces es una manera sencilla de no dejarnos medir por una cultura que valora la disponibilidad, la utilidad y la necesidad constante de demostrar algo. Significa aceptar que la vida humana no se puede reducir a rendir. Porque hay procesos importantes que necesitan tiempo aparentemente perdido. La flor no se abre de golpe, la comida buena se hace a fuego lento y también nosotros necesitamos tiempos ‘muertos’ para ordenarnos por dentro.
Recuperar el valor de no hacer nada no es defender la irresponsabilidad ni idealizar la pasividad, mucho menos la pereza. Hay trabajos que hacer, compromisos que asumir y obligaciones que cumplir. Pero muchas de las cosas más valiosas de la vida no pueden medirse: la oración, la compañía, la fragilidad, la contemplación, el cuidado silencioso, la memoria, la ternura, la espera.
Hoy hace falta una gran libertad para poder existir sin producir. Estar sin justificarse cada minuto. Descansar sin culpa. Callar sin sentirse inútil. No hacer nada sin pedir perdón.
Siempre se puede hacer algo más. Pero muchas veces lo más importante noes multiplicar tareas, sino crecer por dentro. Y para eso necesitamos tiemposaparentemente perdidos que nos devuelvan a lo esencial.





