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La deliberación en los partidos desaparece

martes 06 de agosto de 2019, 01:00h
Parece un signo de los tiempos, pero uno tras otro los cuatro principales partidos españoles han ido restringiendo progresivamente la deliberación política en su interior. Y el proceso por el cual han acabado haciéndolo es bastante similar. Puesta la fuerza política ante una disyuntiva estratégica, una vez que se elige una opción, el líder ganador emprende una reingeniería ideológica y política, para hacer de la organización un conjunto de fieles inquebrantables, que solo debaten para anticipar lo que se supone que el líder indiscutible piensa.

En Podemos esa disyuntiva se planteó entre la opción más trasversal de Errejón y la más inclinada hacia el leninismo de Iglesias. Pero una vez que ese debate se resolvió en Vistalegre II, la dinámica se hizo implacable hacia la galvanización orgánica y no se detuvo ni siquiera tras la salida de uno de los dos líderes de esa fuerza política. Hoy la crisis de Podemos amenaza con provocar una implosión dentro del propio aparato leal a Iglesias.

En el PSOE la disyuntiva se planteó entre la orientación socialdemócrata de Fernández, Díaz y Rubalcaba, apoyada “desde fuera” por los socialistas veteranos, y la opción más radical de Pedro Sánchez, que buscó en la molestia social provocada por la crisis económica de las bases del partido una plataforma alternativa. Una vez que eso se resolvió en la contienda interna en la que Sánchez venció a la socialista andaluza Susana Díaz, apenas en algunas federaciones del PSOE se ha conseguido resistir el embate del “resistente”. Y, desde luego, todas las instancias políticas nacionales del partido y del gobierno están formadas por personas de entera confianza de Sánchez. Como se quejara Rubalcaba, el resto de las otras sensibilidades han sido desplazadas.

En el Partido Popular la disyuntiva ha reflejado las dos almas de esa fuerza política. Una, liderada por Rajoy y Sáenz de Santamaría, que buscaba anclar al PP en el centroderecha, mientras que la otra, representada principalmente por José María Aznar y su Fundación FAES, deseaba resituar al PP en el conservadurismo puro y duro. Esa divergencia se manifestó en el Congreso donde un joven discípulo de Aznar, Pablo Casado, le ganó la partida a la más centrista Sáenz de Santamaría. Desde entonces, los órganos políticos nacionales del PP han ido desalojando a las otras orientaciones políticas, hasta rodear al presidente del PP de fieles indudables. Como en el PSOE, solo en algunas regiones existen todavía personas y líderes del PP que no responden a esa completa fidelidad.

En Ciudadanos la disyuntiva se ha manifestado más recientemente pero no con menos virulencia. En este caso, aunque la disyuntiva también se puede sustantivar (rechazo rígido a Sánchez y el sanchismo, frente a una posición más equidistante entre PSOE y PP) lo cierto es que su manifestación alude a un giro político de su propio líder, Albert Rivera. Desde el acuerdo programático con el PSOE en 2016, hasta la descalificación bronca del Plan Sánchez y su banda, realizada en las sesiones de investidura, el líder naranja ha dado un giro de 180 grados. El rechazo al sanchismo, sobre todo a partir de la moción de censura a Rajoy que permitió a Sánchez llegar a la Moncloa, ha reorientado por completo la estrategia política de Ciudadanos, tanto en términos de relación con el Gobierno como en cuanto a su política de alianzas. Todo se ha subordinado a la urgencia de sacar a Sánchez del gobierno. Pero este giro radical ha abierto graves heridas entre los cuadros de Ciudadanos más partidarios de mantenerse en una posición centrista y de partido bisagra. La respuesta de Rivera la acabamos de conocer: ampliar su dirección política con personas fieles a su estrategia, para minimizar la presencia de importantes talentos críticos. Incluso a pesar del costo electoral que ello pueda suponer.

En suma, las cuatro fuerzas políticas más importantes del escenario español son hoy espacios donde la deliberación política a nivel nacional ha periclitado. Son ámbitos donde el líder indiscutible se ha rodeado de fieles de su entera confianza.

Importa subrayar que eso no prejuzga la imagen que trate de dar ese líder incontestable. En el caso de Pablo Iglesias puede ser multiforme: pasar de mostrase como un político equilibrado, como apareció en los debates electorales, a convertirse en un líder duro como se manifestó durante las negociaciones para la investidura. Con Pedro Sánchez se percibe que quiere dejar atrás sus rictus más radicales, para dar una imagen de gobernante sensato, capaz de dotar al país de la estabilidad que necesita. Algo parecido sucede con Casado, aunque en este caso parece que ha elegido una táctica bifronte: elige a una voz caracterizada por su dureza, en la portavoz Cayetana Álvarez de Toledo, para reservarse para él la imagen de moderado hombre de estado. Quizás el que se mantiene más encastillado en una posición beligerante sea Albert Rivera.

Ahora bien, cabe preguntarse sobre cuál es la razón por la que las principales fuerzas políticas españolas hayan restringido drásticamente su deliberación interna a favor de la búsqueda de lealtad hacia el líder indiscutible. Y hay que cuidarse de su reflejo en los medios, donde cada diario critica parcialmente a una fuerza política, sin darse cuenta que se trata de un fenómeno que afecta a todas.

Una primera explicación refiere a la fragilidad de esos líderes. Es ante la percepción propia de sus debilidades (conceptuales, por bisoñez, de relacionamiento, comunicacionales) que buscan la seguridad que les otorga la fidelidad de los suyos por encima del talento. Otra explicación guarda relación con la inestabilidad política y la poderosa intuición de que se avecina una crisis grave en la que será necesario un manejo firme del timón.

En cualquier caso, se trata de una expresión adicional de la cultura política de baja calidad que existe en España. Es difícil saber si esta imagen de espacios cerrados y sectarios, que desanimaría a la incorporación de un ciudadano con cierta sensibilidad democrática, no es percibida por sus simpatizantes y votantes como un rasgo que les garantiza seguridad y confianza en los propósitos de su fuerza política preferida. Parece repetirse la vieja historia de una España donde el sectarismo político resulta compatible con el desencanto y el retraimiento de una mayoría social creciente.
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