A propósito de la muerte de Noelia Castillo, me parece relevante recordar lo que puede ocurrir cuando una idea, o una visión del mundo, se convierte en un dogma dominante que anula cualquier consideración alternativa. Incluso cuando está respaldada por figuras académicas de prestigio, goza de amplia aceptación social, o cuenta con el apoyo de instituciones públicas gubernamentales, y es difundida de forma masiva por los principales medios de comunicación.
Siguiendo a Thomas Sowell, en su “Falacias de la justicia social”, el término eugenesia fue acuñado en 1883 por Sir Francis Galton para describir un programa destinado a reducir o impedir la reproducción de las personas consideradas genéticamente inferiores. Esta corriente de pensamiento no fue marginal ni extravagante durante décadas; por el contrario, contó con el respaldo de influyentes intelectuales. Así, el profesor Richard T. Ely, uno de los fundadores de la American Economic Association y padre de la economía institucional, sostenía que “debemos proporcionar a las clases más desfavorecidas que han quedado rezagadas en nuestro progreso social cuidados de custodia con el desarrollo más alto posible, y segregarlas por sexo y confinarlas para impedir que se reproduzcan”. Ely pensaba estar siguiendo, de esta manera, la lógica que rechazaba el libre mercado, por considerar que el poder del Estado era el instrumento más adecuado para mejorar las condiciones de vida de las capas más bajas. En ese marco, la eugenesia debía ser concebida como un beneficio social más, otro servicio público proporcionado por el Estado.
De manera similar, Irving Fisher, de la Universidad de Yale y considerado uno de los economistas más destacados de su tiempo en Estados Unidos, abogaba por “la prevención de la reproducción de lo peor”. Propuso “aislamiento en instituciones públicas y, en algunos casos, intervenciones quirúrgicas”. También Henry Rogers Seager, de la Universidad de Columbia, afirmó con convicción que era imperativo “cortar con valentía las líneas hereditarias que han demostrado ser indeseables”. Por su parte, Frank Taussig, profesor de economía en Harvard, se sumaba a esa especie de consenso progresista abogando por la segregación de determinados individuos para evitar que “propagan su especie”.
En Inglaterra, nada más y nada menos que el mismísimo John Maynard Keynes participó en la fundación de la Sociedad Eugenésica en la Universidad de Cambridge. Como se habrá notado, la mayoría de estos intelectuales se alineaban con posiciones izquierdistas de la época, aunque también hubo apoyos desde sectores conservadores, como el de los muy relevantes políticos Winston Churchill o Neville Chamberlain. Esto muestra que la eugenesia no fue patrimonio exclusivo de una ideología concreta, sino una corriente transversal que se pretendía avanzada y se presentaba como científicamente avalada, –tal como ahora ocurre con las acciones para detener el cambio climático-, y por tanto moralmente justificada.
Conviene subrayar, con rotundidad, que estos pensadores no se identificaban con el nazismo ni anticipaban sus horrores. Por el contrario, se veían a sí mismos como reformadores sociales comprometidos con el progreso y la mejora de las condiciones de vida. En nombre de la justicia social simplemente creían defender políticas de mejoramiento social; aunque hoy nos resultan profundamente inquietantes. Influenciados en parte por corrientes utilitaristas benthanianas, abogaban por priorizar el bienestar colectivo, sin realizar consideraciones individuales, convencidos de que el fin último —una sociedad más sana, más eficiente y elevada— justificaba implementar medios que implican la restricción severa de libertades fundamentales, para determinadas personas concretas.
En la base de estas ideas se encontraba el llamado “determinismo genético”, según el cual la inteligencia, la conducta o el valor social de los individuos estaban fuertemente condicionados por la herencia. Desde esa perspectiva, limitar la reproducción de ciertos grupos no sólo era aceptable sino deseable para la sociedad vista como un todo.
Estás ideas solo comenzaron a desacreditarse tras las atrocidades cometidas por el régimen nacionalsocialista, que llevó la lógica eugenésica hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, conviene volver a explicitar que no fueron exclusivas de la Alemania nazi. De hecho, sin ir más lejos, en varios de los muy civilizados países nórdicos se aprobaron leyes de esterilización forzosa que permanecieron vigentes, en algunos casos, hasta la década de 1970, afectando a miles de personas. En Groenlandia miles de mujeres, e incluso niñas fueron sometidas a la inserción de DIU sin su consentimiento. En EEUU también hubo leyes de este tipo aplicables a “débiles mentales”.
Hoy, en el siglo XXI, el marco explicativo ha cambiado, pero el riesgo de simplificación persiste, y una vez más la izquierda política se siente atraída por este tipo de credos cuasi-religiosos. Así, en muchos contextos, ahora las diferencias entre grupos tienden a explicarse de forma automática por factores como la discriminación racial, el patriarcado u otras estructuras sociales asimilables, sin admitir fácilmente matices o explicaciones alternativas. Por supuesto, no se trata de negar la existencia de injusticias reales, sino advertir sobre el peligro de convertir cualquier teoría en incuestionable.
La lección histórica es clara, incluso las ideas que nacen con vocación de mejorar la sociedad pueden derivar en consecuencias indeseables cuando se presenta sin espacio suficiente para el debate, la crítica o la complejidad. Por eso, más allá del caso concreto que hoy nos ocupa, –y distinguiendo ente eutanasia y eugenesia–, conviene mantener una actitud vigilante frente a cualquier consenso que aspire a ser absoluto, recordando que el progreso auténtico requiere tanto convicción como, sobre todo, humildad intelectual.





