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La mirada de Néstor Almendros

sábado 13 de julio de 2019, 03:00h
Uno de los primeros españoles en ganar un Oscar, a finales de los años setenta, fue el gran director de fotografía catalán Néstor Almendros (1930-1992). Lo obtuvo por «Días del cielo» (1978), dirigida por Terrence Malick. Con posterioridad, lograría el César a la mejor fotografía por «El último metro» (1980), de François Truffaut. A lo largo de su vida, Almendros tuvo más reconocimientos, pero los dos citados tienen el valor añadido de haberle sido concedidos en los dos países en donde más trabajó, más se le admiró y más se le quiso, Estados Unidos y Francia. En España, en cambio, sólo llegaría a rodar un único filme como responsable de la fotografía, «Cambio de sexo» (1977), de Vicente Aranda.

Su pasión por el cine se inició durante la infancia en su Barcelona natal, continuó tras su exilio a Cuba a finales de los años cuarenta y ya nunca le abandonaría. Fue en la isla caribeña en donde, con varios amigos, realizó sus primeros cortometrajes, a principios de los años cincuenta. Con posterioridad, tras haber estudiado cine en Nueva York y Roma, rodó diversos documentales en Cuba entre 1960 y 1961, en ocasiones como director y en otras como responsable de la fotografía. Esa labor la compaginaba con escritos sobre cine en diversas publicaciones. En aquella época, le deslumbraron las primeras películas de la denominada Nouvelle Vague, en especial «Los cuatrocientos golpes», de François Truffaut; «Hiroshima, mon amour», de Alain Resnais, y «Los primos», de Claude Chabrol, todas ellas de 1959.

Ese deslumbramiento fue decisivo para que en 1961 Almendros decidiera abandonar la Cuba castrista y se fuera a vivir a Francia, en concreto a París. Su sueño seguía siendo el de ser director de cine, pero durante tres años no logró participar en ningún proyecto cinematográfico y tuvo que sobrevivir como pudo, con trabajos que nada tenían que ver con el séptimo arte. En 1964, Almendros estaba prácticamente convencido de que, tristemente, nunca más volvería a rodar, pero un hecho fortuito cambiaría su vida para siempre. Casi por casualidad, estaba un día viendo el rodaje del sketch que estaba filmando Éric Rohmer para la película «París visto por...». El director de fotografía del sketch se había peleado con Rohmer y había dejado el trabajo. Aquel mismo día, Almendros se ofreció a Rohmer y al productor, Barbet Schroeder, diciéndoles: «Yoy soy operador». Le contrataron. Simultáneamente, gracias a la intercesión de Rohmer, empezó a rodar algunos cortometrajes educativos para la televisión, trabajo que desarrollaría hasta 1967.

En aquella época, Almendros llegó a la conclusión de que posiblemente sería más fácil ir encontrando nuevos proyectos como director de fotografía que como realizador, por lo que a partir de entonces optó por desarrollar la mayor parte de su actividad en el cine y en la televisión ya sólo como camarógrafo. Nunca se arrepintió. Su primer largometraje completo como operador jefe fue «La coleccionista» (1967), de Rohmer, con quien trabajaría en varias películas más, al igual que con Truffaut. Siempre que tuvo ocasión, Almendros mostró de manera reiterada la gran admiración que sentía por ambos directores, una fascinación que iba más allá en el caso de Truffaut, hacia quien sentía además un profundo afecto personal.

«Antes de empezar a trabajar con él en "L'enfant sauvage" (1969) sentía una gran aprensión, pues sabido es que los genios suelen defraudar en el contacto diario, pueden resultar ásperos, de trato difícil. Por fortuna, ocurrió todo lo contrario de lo que yo temía. Truffaut era en el trabajo el hombre más amable y equilibrado que se pueda concebir. El humanismo implícito en toda su obra guardaba un perfecto paralelismo con su vida», escribió Almendros en su libro autobiográfico «Días de una cámara», prologado, precisamente, por el propio Truffaut. «Néstor Almendros es uno de los mejores directores de fotografía del mundo», escribió el gran director francés en ese prefacio, hecho también con mucho cariño hacia nuestro compatriota.

Más allá de Francia, ya al otro lado del Atlántico, el director con el que más trabajó Almendros y por el que sentía también un gran aprecio fue el norteamericano Robert Benton, autor de películas como «Kramer contra Kramer» (1979) o «En un lugar del corazón» (1984), fotografiadas ambas por Almendros. Otros realizadores con los que colaboró a lo largo de su carrera, tanto en Europa como en América, fueron Roberto Rossellini, Peter Bogdanovich, Alan J. Pakula, Mike Nichols o Martin Scorsese, entre otros.

Almendros expuso parte de su propio ideario cinematográfico en el mítico programa de Televisión Española «A fondo», conducido por Joaquín Soler Serrano. En la entrevista que le hizo Soler Serrano en 1978, Almendros recalcó que para trabajar como camarógrafo hay que ser «un poco voyeur» y amar «los objetos, las cosas, las personas, los rostros». En cuanto a su trabajo en sí, dijo que era partidario de la simplicidad y la sencillez. «Estoy por la iluminación a base de una luz única, como ocurre en la realidad, porque generalmente la luz viene de un solo lugar», explicó entonces. Una de sus referencias en ese sentido era la obra del pintor holandés del siglo XVII Johannes Vermeer, considerado desde hace tiempo como un maestro de la luz. En el cine hubo y hay igualmente maestros de ese tipo. Y nuestro Néstor Almendros fue también, sin ninguna duda, uno de ellos.
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